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Javier Martín

Redactor jefe de la agencia EFE.

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Túnez: el clamor del desencanto

En enero de 2011, y ante el estupor de la opinión pública mundial, una marea de protestas populares sirvió para abatir, en apenas dos semanas, la cruel dictadura del tunecino Zinedin el Abedin Ben Ali, uno de esos tiranos a los que Occidente siempre observó con indulgencia. Cansados de la represión, la pobreza, la corrupción y la falta de horizontes, miles de ciudadanos tomaron las calles con un único y atronador grito —“democracia, libertad y justicia social”—, que repitieron sin descanso hasta que el déspota, abandonado por sus propios aliados políticos, decidió huir a Arabia Saudí.

Siete años después, el primero de aquellos anhelos es casi una realidad. Formalmente, Túnez es a día de hoy un Estado democrático imperfecto, como la gran mayoría. Se ha dotado de una nueva Carta Magna, considerada la más avanzada del norte de África y del mundo árabe musulmán. Aunque todavía carece de un Tribunal Constitucional que vigile y frene la tendencia al neocesarismo imperante en las naciones que se asomaron las primaveras árabes, tanto su presidente, el anciano Beji Caïd Essebsi, como su Parlamento han sido elegidos por sufragio universal tras superar en 2014 una crisis política que casi hace descarrilar su todavía endeble transición. 

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Así fluye el petróleo del Estado Islámico

Un día de mayo de 2006, el diario iraquí Az Zaman abría sus páginas con un titular impactante: "Irak es víctima del mayor robo de su producción petrolera en la historia moderna". Una gruesa denuncia que el periódico fundamentaba en dos razones: la primera, el fraude cometido con los medidores de crudo en las terminales de Basora y Jawr al Amaya, en el sur del país, por las que sale más del 75% del petróleo nacional. La segunda, la apropiación por parte de las nuevas autoridades chíies de los canales y sistemas de contrabando que Uday Husein, el hijo más cruel y excéntrico de Sadam Husein, había usado para vender productos petroleros ilegales durante los seis años que duró el polémico programa de la ONU 'Petróleo por alimentos'.

Según cifras de medios iraquíes y revistas estadounidenses especializadas, cerca de 3.000 millones de dólares se facturaban por esa vía alternativa al año. Alrededor de 1.000 millones más de los que metía Uday en las arcas de su padre. H. C. von Sponeck, uno de los coordinadores del citado programa de la ONU, sacó en 2007 un libro ('Autopsia a Irak', Ediciones del Oriente y el Mediterráneo) en el que aseguraba que el régimen baazista ganaba unos 2.000 millones de dólares anuales con el silencio cómplice de los inspectores y de compañías occidentales que regateaban las sanciones. Más de una década después, aquellas redes de contrabando ideadas por Sadam siguen activas: unas, de la mano de políticos y comerciantes corruptos afines al Gobierno chií de Bagdad; otras, contribuyendo a la financiación y el fortalecimiento del Estado Islámico (EI).

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"Los dirigentes de Arabia Saudí son ricos, fuertes, hábiles y están bien protegidos por EEUU"

Reclinada sobre un confortable sillón de orejas beige, Basma bint Saud asemeja una más de las miles de mujeres emprendedoras que habitan los barrios acomodados de Londres. Morena, de mirada profunda y rasgos equilibrados, maneja diversas inver­siones y desde hace unos meses brega por establecer una cadena de restaurantes en el centro de una de las principales capitales financieras de Europa. Apenas exhibe joyas, más allá de un par de anillos de oro y un amplio brazalete repujado, y solo un elegante pantalón y una camisa de alta costura certifican un estatus social elevado. Hace más de una hora que el mediodía se ha descolgado en los relojes, y en el amplio ventanal de su adosado, recién adquirido en el barrio occidental de Acton, un manojo de rayos de sol quiebra la plúmbea monotonía matutina.

"Perdone que le haya hecho esperar", dice a modo de salu­do mientras deposita el teléfono móvil sobre una mesilla tara­ ceada y alarga un pequeño cuenco con dátiles. "Como debe saber, hoy es viernes y acudimos a rezar a la mezquita. Son sau­díes, los mejores dátiles del mundo", explica. Su sencillez —ajena a cualquier tipo de protocolo—, la cercanía y la afabili­ dad en el trato sorprenden. Más cuando quien comparte con ella un pedazo de su ajetreado tiempo sabe que se trata de una alteza real, la última hija del segundo monarca de Arabia Saudí y actual azote, aunque moderado, del régimen que dirige su tío, el rey Abdulá ibn Abdulaziz. "Es verdad que tenemos muy mala imagen", admite entre risas. "Allí donde vayas, la gente tiene una idea completamente diferente de cómo son los saudíes. Creo que, al contrario de otros como Qatar, carecemos de una buena estrategia de marketing y promoción de marca. Ellos tienen su imagen, tiene a Al Yazira con el que muestran la idea de aquí esta­ mos los árabes modernos, no somos terroristas... pero en reali­ dad compartimos los mismos problemas, no es más que una cuestión de propaganda", afirma la princesa, fundadora de la organización humanitaria Lanterns United Global, con la que difunde su lucha por la igualdad de género, la educación y los derechos en todos los rincones del mundo. Su activismo la ha llevado incluso a asomarse a la frontera entre Turquía y Siria para enviar ayuda médica a este último país, en el que habitó durante años.

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