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Javier Ruiz

Licenciado en Humanidades por la Universitat Pompeu Fabra (UPF).
Posgrado en Conocimiento del Mundo Animal por la Universidad de Barcelona (UB).
Blogger animalista y escritor, activista por los derechos de los animales, voluntario en proyectos sociales de terapia asistida con animales (perros) en colectivos en riesgo de exclusión social.
En 2016, publicó el ensayo animalista De cómo los animales viven y mueren y la antología De cómo tu perro cambió mi vida (y otros relatos sobre animales).

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Presos y perros en riesgo de exclusión

Hasta hace poco, si alguien hubiese relacionado perros en adopción y presos de cualquier cárcel de nuestro país, nos hubiera resultado muy difícil ver algún tipo de nexo de unión. Sin embargo, en los últimos años las  Terapias Asistidas con Animales (TAA) –sobre todo aquellas que se orientan al beneficio de ambas especies– han forjado un cambio imparable en el que, por lo menos, están implicados educadores caninos, trabajadores sociales, psicólogos y voluntarios.

Aquí, en prisión, todos se conocen por el apellido: está el Martínez, el Cortés, el Sánchez, pero pocos se nos presentan con ese apelativo una vez salen del módulo y se acercan hasta el patio donde realizaremos las sesiones: "Soy Juan", "Soy Daniel", "Soy John"... Es tan extraño que, al principio, ni las educadoras saben de quién les estamos hablando. Así se estira esta primera toma de contacto: hasta diez apretones de manos en un patio para esta nueva edición del programa Obrint Portes (Abriendo Puertas) organizada por la Asociación Al Perro Verde; todos son firmes, intensos, calculados. En el Centro Penitenciario Quatre Camins, como en cualquier otra cárcel, la imagen es imprescindible para sobrevivir en el día a día, ya que, por desgracia, la prisión sigue siendo muy a menudo un espacio de castigo, y pocas veces de reinserción. Y las Terapias Asistidas con Animales son, todavía, otro reducto inexplorado con el que potenciar ese cambio necesario.

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Perros maltratados luchan con niños y adolescentes frente al bullying y la exclusión social

Cuando mi madre accedió a comprarme un perro, ninguno de los dos sabíamos el tremendo error que estábamos cometiendo ni cuánto iba yo a aprender del mismo. Ese error, que es y ha sido mi mejor compañera de cuatro patas, llegó de una  fábrica de cachorros ( puppy mill) de la República Checa, sin impronta, y no fue sociabilizada hasta los cuatro meses. En los años siguientes, Dana, mi perra, pasó por un buen puñado de etólogos y adiestradores que me enseñaron a ver que ella no comprendía las señales de calma, por qué su inseguridad terminó por brotar en una agresividad terrible y que, de adulta, nunca iba a comprender aquellas cosas que le habían robado de cachorro.

En los años siguientes, he compartido mi vida con perros y con gatos: con Argos, al que alguien dejó tirado cerca del CAACB de Barcelona;  con Caos, a quien otro alguien maltrató una vida entera y luego abandonó en una carretera secundaria; con los gatos, tres hermanos de una de tantas camadas fruto de la irresponsabilidad, y con Foc, a quien, durante mucho tiempo, nadie quiso. De todas estas vidas nació un activista por los animales. Hace unos meses mi lucha tomó forma junto a otros compañeros/as y encontró un nombre: Conectadogs, el primer centro de recuperación canina de España, donde trabajaremos por el bienestar de todos aquellos perros que han agotado sus oportunidades y a los que una legislación antigua o mal planteada ha condenado a vivir por siempre en la soledad de un chenil.

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Todo el odio es odio

Hace unos meses, en este mismo blog, leí un artículo titulado Las compañeras vacas. Venía precedido de  una columna homónima y poco afortunada del periodista Quim Monzó sobre las manifestaciones contra la industria láctea del pasado agosto en Barcelona, cuyas líneas rebatió, con gran acierto, la activista Catia Faria. Así pues, yo no vengo a hablaros de por qué es erróneo no ver a la industria láctea como sangrienta –de ningún modo podría hacerlo mejor que ella–, sino por qué es imprescindible aceptar que el feminismo y el animalismo también van de la mano.

A mediados de verano, a Monzó le pasaba en tres párrafos lo mismo que a cualquier hijo de vecino: que no puede saber de todo, y aunque precisaba su pobre experiencia con las vacas, se atrevía a lanzar aserciones a toda mecha, procurando que el lector embarrancase en un nivel estético del texto y no hubiese manera de que alcanzase el ético. De este modo, tildaba de "pobre metáfora" el sangriento proceso de ordeñado automatizado, e incluso la concepción de la vaca como madre, sin saber, quizá, cómo y por qué se las preña constantemente, y se las hiere y se las recluye en espacios ínfimos destinados a la explotación diaria; espacios que distan mucho de las vaquerizas de mediados de siglo a las que alude y que, si bien usaban al animal, tenían la discutible virtud de no abusar hasta el terror.

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