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Javier Ruiz

Licenciado en Humanidades por la Universitat Pompeu Fabra (UPF).
Posgrado en Conocimiento del Mundo Animal por la Universidad de Barcelona (UB).
Blogger animalista y escritor, activista por los derechos de los animales, voluntario en proyectos sociales de terapia asistida con animales (perros) en colectivos en riesgo de exclusión social.
En 2016, publicó el ensayo animalista De cómo los animales viven y mueren y la antología De cómo tu perro cambió mi vida (y otros relatos sobre animales).

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Todo el odio es odio

Hace unos meses, en este mismo blog, leí un artículo titulado Las compañeras vacas. Venía precedido de  una columna homónima y poco afortunada del periodista Quim Monzó sobre las manifestaciones contra la industria láctea del pasado agosto en Barcelona, cuyas líneas rebatió, con gran acierto, la activista Catia Faria. Así pues, yo no vengo a hablaros de por qué es erróneo no ver a la industria láctea como sangrienta –de ningún modo podría hacerlo mejor que ella–, sino por qué es imprescindible aceptar que el feminismo y el animalismo también van de la mano.

A mediados de verano, a Monzó le pasaba en tres párrafos lo mismo que a cualquier hijo de vecino: que no puede saber de todo, y aunque precisaba su pobre experiencia con las vacas, se atrevía a lanzar aserciones a toda mecha, procurando que el lector embarrancase en un nivel estético del texto y no hubiese manera de que alcanzase el ético. De este modo, tildaba de "pobre metáfora" el sangriento proceso de ordeñado automatizado, e incluso la concepción de la vaca como madre, sin saber, quizá, cómo y por qué se las preña constantemente, y se las hiere y se las recluye en espacios ínfimos destinados a la explotación diaria; espacios que distan mucho de las vaquerizas de mediados de siglo a las que alude y que, si bien usaban al animal, tenían la discutible virtud de no abusar hasta el terror.

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