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Jon Cuesta

Periodista por vocación, soñaba con contar historias desde los 6 años y llevo en activo desde que me licencié en 2005. He trabajado en prensa regional y ya como freelance para varios medios de comunicación audiovisuales y escritos. Actualmente colaboro realizando reportajes y documentales para el canal latinoamericano Telesur y otros proyectos que me permiten trabajar en lo que más me gusta: África y el periodismo.

El dilema de un pueblo de Kenia devastado por la sequía: deforestar o morir

Una leyenda transmitida de padres a hijos relata que, hace casi 300 años, varios jóvenes de la etnia jie se adentraron en el valle de Tarash en busca de un buey que habían perdido. Allí encontraron a una anciana que recogía fruta de los árboles y quedaron impresionados por las riquezas naturales del lugar que acababan de encontrar. De vuelta a su comunidad, comentaron su descubrimiento a otros jóvenes de la zona y decidieron instalarse allí, atraídos por la abundancia de las riquezas de aquel lugar.

Era el inicio del pueblo turkana, el mismo que hoy se agarra a la vida en una tierra inhóspita y seca de 68.680 kilómetros cuadrados en el norte de Kenia, en la frontera con Sudán del Sur, Uganda y Etiopía. Salvando alguna lluvia esporádica y corta, la región ha visto desaparecer sus temporadas de lluvia casi por completo durante los dos últimos años.

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"Cuando vi que era una niña lloré; no quería que fuese mutilada"

Lucky. Afortunada. Un nombre significativo para una niña que el azar quiso que naciera en España. Su madre, Asmahaan, vivía hasta hace poco atemorizada por una guerra interminable, la de Somalia. Residía en Merka, una ciudad portuaria a unos 100 kilómetros de Mogadiscio hasta el año pasado en manos de los extremistas de Al Shabab. Asmahaan consiguió huir, y las carambolas del destino la situaron en Madrid, donde recientemente ha pedido protección internacional.

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Ser homosexual en África: "Decían que iban a librarse del diablo con nuestra muerte"

Patrick disfrutaba del día en compañía de su novio en el interior de su pequeño apartamento de una habitación en Kampala, la capital de Uganda. Todo era perfecto hasta que un amigo suyo entró por sorpresa en su casa sin avisar y se encontró a la pareja en situación cariñosa e íntima. "A partir de ahí se desató el infierno para nosotros", recuerda Patrick –nombre ficticio para proteger su seguridad–. El que era su amigo comenzó a gritar y a alertar a sus vecinos de la situación. "Decía que yo era el mismo diablo y que merecía ser linchado".

El bullicio atrajo al lugar al propietario de la casa, que vivía en la zona, mientras muchos residentes del barrio se acercaban y le insultaban por haber alquilado su propiedad a un homosexual. "Para intentar limpiar su nombre, el dueño se justificó diciendo que nunca había sabido que éramos gays y que podían prendernos fuego, pero lejos de su apartamento". La multitud, contagiada por un ataque de ira colectivo, forzó a la pareja a quitarse la ropa hasta dejarles completamente desnudos. "Nos ataron juntos, espalda con espalda, y nos arrojaron un líquido que por su olor enseguida identifiqué como queroseno".

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Laetitia, la tutsi secuestrada que no supo durante años que el genocidio había acabado

La encontramos sentada en una silla. Se muestra sosegada, tranquila, aliviada. Sabe que la vida ya no puede maltratarla más. El destino será incapaz de deparar más sufrimiento que el de sus propios recuerdos. Sus ojos, cansados quizá de ver tanto horror, dejaron hace tiempo de funcionar, como un mecanismo de protección ante la realidad. Ella se empeña en seguir viendo, aunque sea a través del tacto, y tras pedirme que me acerque, pasa sus manos lentamente por mi cara. "Pareces un chico guapo", me dice. Enciendo la grabadora. Ambos estamos ya listos para conversar.

Antes del fatídico genocidio que arrasó Ruanda en 1994, Laetitia Umuraza era una niña de 7 años que vivía junto a sus once hermanos en la región de Nyaruguru, muy cerca de la frontera con Burundi, en una zona muy montañosa y eminentemente agrícola. Allí, al sur del país, la gran parte de la población era tutsi, aunque nunca habían existido conflictos de carácter étnico. "Todos vivíamos juntos y sin ningún problema", recuerda Laetitia. "Recuerdo que antes de que empezara el genocidio yo ni siquiera sabía si era tutsi o hutu".

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El héroe del genocidio ruandés: "En Ruanda me quieren vivo o muerto"

Paul Rusesabagina conducía por la nacional cuatro camino de Bruselas cuando un coche rojo con cinco africanos en su interior le adelantó a toda velocidad. Tras ponerse delante de su coche, redujeron bruscamente la marcha. "Traté de adelantarles, pero cada vez que lo hacía cambiaban el sentido para impedírmelo". Finalmente, volvieron a disminuir la marcha y le indicaron que pasara. Paul invadió el carril contrario para adelantar y el coche rojo volvió a acelerar, imposibilitando la maniobra de adelantamiento. "Me estrellé contra un camión y mi coche quedó totalmente destrozado", recuerda. "Escapé de la muerte de puro milagro".

Han pasado ya 20 años del genocidio de Ruanda, y también se cumplen 20 años desde que Paul Rusesabagina ha estado esquivando la muerte. La historia de Rusesabagina, que hoy tiene 59 años, inspiró ‘Hotel Ruanda’, quizá la película más famosa sobre el genocidio ruandés. En el infierno del 94, Paul salió vivo de aquella masacre de muerte y destrucción. Dos años después, tuvo que hacer las maletas y marcharse de Ruanda por hablar más de la cuenta sobre las actividades del Gobierno.

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La voz del genocidio ruandés: "Decíamos que eran los enemigos, que no debíamos vivir con ellos"

Era un día normal de mayo de 1994 en Kigali. Los cadáveres se amontonaban con una terrorífica naturalidad, y la muerte se había normalizado de tal manera que formaba ya parte del paisaje cotidiano en la capital de Ruanda. Valerie Bemeriki, una de las presentadoras estrella de la Radio Television Libre Des Mille Collines, tenía por aquel entonces 38 años, y fue personalmente a felicitar a un grupo de jóvenes que habían masacrado a toda una familia tutsi. "Vuestro trabajo es un ejemplo para la juventud", les dijo. "Era necesario matar a esta gente y lo hicisteis". Solamente tenía una queja. El padre de la familia había sido asesinado de un tiro en la cabeza. "Deberíais haberle cortado en pedazos".

Hoy, 20 años después, una señora bajita de mal aspecto camina con dificultad por el patio de la prisión central de Kigali, apoyada en un bastón. Calza unas zapatillas deportivas y viste un uniforme naranja, el mismo color que llevará todos los días de su vida hasta que la muerte le libere de la cadena perpetua. Valerie Bemeriki pasa las horas encerrada en este lugar desde 1999, año en que fue detenida en el sur de Kivu, en la República Democrática del Congo, y trasladada a Ruanda bajo acusaciones de planificación de genocidio, incitación a la violencia y complicidad en varios asesinatos. Bemeriki se escondía en el país vecino desde julio de 1994, cuando se vio obligada a huir de Ruanda después de que Paul Kagame y las tropas del Frente Patriótico Ruandés ocuparan el país y pusieran fin al genocidio. Hasta el momento de su detención, Bemeriki estaba incluida en la lista 100 personas más buscadas que el Gobierno elaboró tras el genocidio ruandés.

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