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José Antonio Pérez Tapias

Miembro del Comité Federal del PSOE.

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Conflicto de poderes, no de lealtades

En la clausura del XIII congreso del PSOE de Andalucía se produjo el insólito hecho de que la recién reelegida secretaria general de los socialistas andaluces se dirigiera al recién reelegido, y por el XXXIX congreso federal ratificado, secretario general del PSOE, en un tono conminatorio que de ninguna manera podía ocultar la amenaza que encerraba el mensaje que emitía. Susana Díaz, desde la tribuna del congreso, profiriendo su discurso desde un atril a sólo unos metros del lugar donde Pedro Sánchez estaba sentado, le espetó palabras de inaudita dureza en un contexto como ese al decirle en tono imperativo que no le obligara a elegir "entre la lealtad al PSOE y la lealtad a Andalucía".

La apariencia del enunciado en cuestión era de sencillo dilema: si hubiera de acatar la posición del PSOE —refiriéndose a la propuesta sobre plurinacionalidad del Estado español plasmada en las resoluciones del último congreso federal—, dejaría descuidadas sus obligaciones en lo que se refiere a la defensa de los intereses de Andalucía, siendo presidenta de la misma. Si se volcara en velar por Andalucía, como sería su compromiso institucional, habría de aparcar la disciplina de partido e ir en contra de toda pretensión de conjugar la plurinacionalidad del Estado.

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Rechazo del CETA (sin "cetafobia")

Cuando el TTIP hizo mutis por el foro, el CETA ocupó la escena. Entre tratados anda el juego. Así, el Tratado de Libre Comercio entre Canadá y la UE toma el relevo como "hermano menor" –comparten los mismos genes neoliberales– del Tratado de Libre Comercio entre EEUU y la UE, una vez que este fue sacado del terreno de juego por el manager Trump, en consonancia con la que es su "estrategia" nacional-capitalista –de ninguna manera alternativa a la globalización en curso–.

El protagonismo ganado por el CETA, que no era el previsto, toda vez que el guión le otorgaba un papel secundario, y en cierto modo parasitario del desplazado TTIP, revela a la vez que su recorrido a este lado del Atlántico no ha sido muy diferente de lo que era la trayectoria del tratado que se preparaba con EEUU. Todo ha sido aprovechar las posibilidades de ocultación de las negociaciones llevadas a cabo tras las bambalinas para que el secretismo permitiera ir trenzando un acuerdo de cientos de páginas hasta depositarlas, con la misma opacidad que han acompañado a su redacción, ante los diputados y diputadas del Parlamento Europeo. Todos los ardides acumulados en su elaboración no impidieron que el debate en el Europarlamento fuera vivo, arrojando un resultado de 408 votos a favor, 254 en contra y 33 abstenciones. Fue significativo cómo se dividió el voto en el grupo socialista de la Eurocámara: 90 votos a favor –entre ellos, en ese momento, todos los de los socialistas españoles– y 80 sumando abstenciones y los más de sesenta en contra, como fue el caso de socialistas franceses, belgas, austríacos, polacos y parte de los eurodiputados socialdemócratas alemanes, italianos o de los laboristas británicos.

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Contra la rebelión, militancia en acción

Recordando a Federico –"A las cinco de la tarde/Eran las cinco en punto de la tarde"– recibí la noticia que a velocidad de vértigo circulaba por las redes, haciéndose eco de lo que nos transmitían los diarios digitales: diecisiete miembros de la ejecutiva federal del PSOE presentaban su dimisión con la intención de forzar a su vez la dimisión de Pedro Sánchez como secretario general del partido. Los dimisionarios, aparcando toda exigencia de lealtad, consumaban así el movimiento conspiratorio que desde días atrás se venía fraguando.

De forma paradójica, una conspiración a la luz del día, conocida por todos en vivo y en directo en esta época nuestra de disfrute de los efectos de la revolución informacional. El objetivo, hacer caer al secretario general del Partido Socialista para que no siga adelante con su propuesta de congreso y de las preceptivas primarias para elegir un nuevo secretario general que habría de precederle, ni con su pretensión de seguir intentando con Unidos Podemos y otras fuerzas políticas un pacto para conseguir un gobierno alternativo al que pueda representar un ejecutivo del PP de nuevo encabezado por Rajoy.

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Diálogo entre socialistas sin líneas rojas

Puede extrañar que reivindique un diálogo sin líneas rojas entre socialistas. Estoy convencido de que hace falta, por más que haya quienes se sorprendan de insistir en tal cosa en relación a los miembros de un mismo partido. O, precisando más, de dos partidos federados, como es el caso, dado que la propuesta tiene que ver fundamentalmente con lo que deben dialogar entre sí PSOE y PSC, toda vez que, de nuevo, una tímida propuesta de los socialistas catalanes respecto a un posible referéndum en Cataluña ha vuelto a provocar que suenen las alarmas en el campo socialista.

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Falsedades en la desmesura

En España ha sido populista hasta el gato. ¿A qué viene seguir esgrimiendo la acusación de populismo como mantra estigmatizador, tratando de presentar a determinados partidos, rotulados como populistas, fuera de lo que se define como orden democrático? Está claro que la pretensión de tal descalificación es excluir –los tildados como populistas se sacan, además, abusivamente del campo de los 'partidos constitucionalistas'-. Si eso lo hacen determinados partidos desde la autopercepción de que son los consagrados para velar por el buen funcionamiento del sistema, habida cuenta que en campaña electoral se trata de recortarle los espacios a los adversarios, el colmo de tal afán de exclusión es que sea impulsado por un diario de tirada nacional, otrora con fama de progresista, que pone el mensaje de su línea editorial bajo titular tan expresivo como éste: "Una gran impostura". Toda la argumentación va dirigida a hacer ver que Podemos, y ahora su aliada IU, contaminada al coaligarse, es un partido que para nada es de fiar, con un populismo tan proclive a la ductilidad, además, que hace que la propuesta política que representa sea una impostura de grueso calibre, es decir, una falsedad inductora de engaños de lamentables consecuencias.

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Crímenes terroristas desde la marginalidad del odio

"Unidos contra el odio" rezaba una de las pancartas llevada por algunos ciudadanos a la Plaza de la Bolsa de la capital belga en la jornada de luto tras los atentados terroristas que tuvieron lugar en ella. En medio del dolor por la treintena de víctimas mortales y los más de doscientos heridos que provocaron, atravesando la rabia por la destrucción causada y a la vez que aceptando cívicamente las medidas de seguridad aplicadas en una ciudad que trataba de recuperar su aliento ciudadano y su vida cotidiana, el contenido de dicha pancarta aportaba una pincelada de enorme lucidez.

De forma certera, situar el odio como uno de los factores del terrorismo yihadista era pintar fino en el cuadro de los análisis que reclama una acción terrorista que actualmente, sumándose a la lista negra de otras que ya hemos padecido en Nueva York, Madrid, Londres y París -más las que han tenido lugar en Sira, Irak, Líbano, Pakistán, Nigeria...-, es reivindicada desde el fundamentalismo político-religioso del DAESH o el mal llamado Estado Islámico.

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Cuando el pacto deviene en blindaje

El pacto del PSOE con Ciudadanos reviste especiales características que, poco a poco, se van revelando a medida que pasa a cumplir nuevas funciones. El texto de un acuerdo tan prolijo y tan detalladamente elaborado, en cuya redacción los dos partidos, según confiesan los equipos negociadores, se emplearon a conciencia -¡quién lo diría mientras aún se confiaba en que fuera verosímil la posibilidad de un pacto por la izquierda!- no se limita a ser el objeto de consenso entre dos partidos que pactan apoyar al candidato socialista a la presidencia del gobierno, sino que dicho acuerdo desempeña otras funciones antes no explicitadas, una vez pasado el capítulo de una investidura que se pronosticó imposible a la vista de las circunstancias concurrentes. Entre esas funciones hay una que destaca sobremanera en la nueva fase política, la que ha quedado abierta hasta el próximo 2 de mayo como fecha límite para convocar nuevas elecciones si entretanto no hay otra propuesta de investidura que pudiera resultar exitosa, y esa función no es otra que la de servir de blindaje al mismo PSOE -autoblindaje, podemos decir- para bloquear toda posible deriva a un pacto por la izquierda que, por fuerza en tal caso, habría de contar con Podemos.

A sangre y fuego, como se diría en épocas de cultura épica y mentalidad heroica, fue rubricado el pacto que Pedro Sánchez, como Secretario General del PSOE, y Albert Rivera, como líder de Ciudadanos, firmaron en el Congreso de los Diputados con sobredosis de ritual. Muchos pudieron pensar que la ceremonia era de una ostentación excesiva, mas eso era plausible como apreciación crítica si sólo se tenían en cuenta las inmediatas sesiones de investidura. Si, por el contrario, se constata ahora que el pacto había de tener un más largo recorrido por caminos otrora inescrutables, entonces se entiende mejor la sobreactuación en la sala Constitucional del Congreso. Se estaba firmando una estrecha alianza para acometer sin fisuras la procelosa etapa que habría de venir. Ello exigía que el pacto, por más que contuviera elementos de factura neoliberal -además del espinoso tema de la supresión de las diputaciones provinciales-, muy hábilmente introducidos por Ciudadanos en el documento que el PSOE también asumiría como propio, quedara sellado para el futuro inminente como documento inamovible. No se iba a decir a los interlocutores de izquierda que no había nada que hablar, pues eso sería más que incorrecto, pero sí parece que estaba previsto que el pacto firmado operara como dique compacto para frenar todo deslizamiento hacia la izquierda, salvo la hipótesis de que desde esa izquierda plural alguien lo acepte, con algún añadido para dar cobertura a la correspondiente abstención.

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El Comité del disputado pacto

Muchos de los cargos más conspicuos del PSOE decían que era el partido que más se parecía a España. La afirmación, a pesar de su vacuidad política, daba juego para recabar votos con aspiraciones de mayoría, a ser posible absoluta. Los tiempos para tal lema electoral quedaron atrás. Mucho ha cambiado España y mucho debe cambiar el PSOE. Precisamente lo que está ocurriendo en el tiempo presente, tras los endiablados resultados de las elecciones generales pasadas, con su esperada dosis de acrecentado pluralismo político, es que el Partido Socialista tiene que proponerse cambiar en serio; de lo contrario, no sólo dejará de parecerse a España, sino que dejará de tener un papel relevante en la política española.

¿Hacia dónde encaminarse para ese cambio? Eso es lo que se dilucida a la vez que el PSOE tiene que resolver qué hace ante la insoslayable cuestión de cómo y con quién se forma un gobierno de España en la legislatura recién comenzada. El peligro que le acecha es que, ante los dilemas planteados, a quien acabe de parecerse sea en verdad al famoso asno de Buridán, cuyo triste final fue morir de hambre al no decidirse por ninguno de los dos montones de heno que ante sí tenía para comer. La indecisión mata, como puede experimentar el PSOE en sus propias carnes si no toma la decisión adecuada y, como consecuencia, se deja arrastrar pasivamente a unas elecciones anticipadas en las que sus cuentas en cuanto a resultado en votos pueden salirle muy mal.

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Por un pacto federal: razones frente a presiones

Carles Puigdemont, el sorpresivo candidato que ha sucedido al candidato ladeado -Artur Mas ya se puso de perfil en la lista electoral-,  es ya presidente de la Generalitat de Cataluña. Hay que reconocer que un acuerdo, aunque haya sido in extremis, entre Junts pel Sí y la CUP para sacar adelante un gobierno para Cataluña, entraba en lo probable, al menos. ¿Por qué tanto extrañarse? Sabemos que la chapuza parlamentaria que ha dado paso a tal salida del bloqueo en que se hallaba la situación política catalana no es muy honorable, ¿pero sorprende? La verdad es que no debiera sorprender, por más que pueda considerarse que todo ello tiene componentes de huida hacia el lado del expresidente Mas -ha hecho época su expresión de "dar un paso al lado"- y de inmersión total de la CUP en sus propias contradicciones internas. Al mesiánico Mas le ha salido la jugada de evitar para su formación política el trago de unas elecciones anticipadas, aunque sea al precio de aparcar su candidatura a la presidencia de la Generalitat catalana. Y la CUP ha conseguido apear a Mas de dicha presidencia, a la vez que comprometer al nuevo gobierno que salga a políticas sociales más consistentes, aunque ello haya sido dejándose la coherencia democrática en los entresijos de una negociación culminada en una opacidad contraria a los procesos asamblearios que son su seña de identidad.   

Resulta que en el nuevo contexto que se ha dibujado, una vez que hay gobierno de signo independentista en Cataluña, hay quienes insisten en la crítica al "derecho a decidir". Si desde el independentismo sostienen que ya pasó el momento en que eso era pertinente, están por otro lado los que lo rechazan descalificándolo como secesionismo encubierto o asimilándolo de manera improcedente a derecho de autodeterminación. Se pasa por alto precisamente que los que mantenemos esa propuesta lo hacemos en consonancia con algo que es esencial a las democracias constitucionales: conjugar el principio democrático de participación de la ciudadanía en todo aquello que le afecta con el principio de legalidad que obliga al respeto a las leyes que nos damos -la combinación de liberalismo y democracia radical tan lúcidamente expuesta por el filósofo Habermas, por ejemplo-. En virtud de esa conjugación abogamos por abordar, en el marco de un proceso de reforma constitucional para el cual tendría que ser paso previo, la necesidad de proceder a consultar a la ciudadanía catalana el modo de encarar para el futuro la relación de Cataluña con el Estado español. Dado que es en Cataluña donde la actual estructura territorial del Estado se halla cuestionada hasta un nivel muy elevado de deslegitimación, es obligado atender a la voluntad que exprese su ciudadanía en las urnas para orientar la misma reforma constitucional que se pretende.  Una matizada observación hay que añadir en medio del debate: se puede hacer un buen discurso contra el "derecho a decidir", pero eso no implica acierto en la decisión que se adopte respecto a Cataluña.

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Carta a Pedro Sánchez: Debemos lograr un pacto de izquierda

Estimado compañero Pedro:  

Estamos de acuerdo en que el PSOE, tras las elecciones del pasado 20 D, pasa por un momento crucial. Sabemos que los resultados no fueron buenos para el partido, pero los 90 escaños conseguidos en el Congreso de los Diputados, que sitúan al Grupo Socialista como principal fuerza de izquierda en el Parlamento español, implican una posición que obliga a asumir con coherencia programática y coraje político lo que del PSOE esperan quienes han puesto en él su confianza.  

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