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José M. Portillo

Historiador, profesor de la Universidad del País Vasco. Entre el año 2000 y el 2013, por salir de la lista del carnicero de ETA, enseñó en universidades de España, Estados Unidos, México y Colombia. 
Ahora enseña de nuevo en la Facultad de Letras de Vitoria y reparte el tiempo entre el ensayo y la novela. Tanto deambular le ha llevado al convencimiento de que la Historia no es nada si no está en el camino.
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Los límites de la soberanía y el Parlamento de Cataluña

Las leyes aprobadas la semana pasada por el Parlamento catalán exigen algo inaudito para una ley: suponer que la ley puede ser vulnerada apelando a la soberanía popular. En efecto, en el mismo acto de aprobar las leyes de referéndum de autodeterminación y de transitoriedad jurídica, los diputados de JxSí y la CUP (que son quienes en exclusiva han votado a favor de estas leyes) conscientemente vulneraron entre otras la Constitución, el Estatuto de Autonomía, la Ley Electoral, las leyes que regulan el funcionamiento de la Justicia (del Poder Judicial, del Tribunal Constitucional) y las leyes de organización local y territorial. Adviértase que no se trata de leyes que reformen leyes previas (algo normal en cualquier sistema constitucional), sino que se trataba, como advirtieron los letrados de la cámara, de quebrantar deliberadamente leyes adoptadas tanto por las Cortes como por el propio Parlament de Catalunya.

La manera que el President Puigdemont ha tenido de explicar semejante actuación ha sido apelar a la soberanía del pueblo de Cataluña. El único límite que existe según él, su gobierno y la mayoría parlamentaria actual es la soberanía de ese pueblo que se sustancia en ese parlamento en el que, junto a la CUP, tienen casualmente mayoría. Es un lenguaje tan claro y evidente que parece hasta mentira que no nos adhiramos todos inmediatamente a él: ¿cabe algo más democrático que convertir en ley la voluntad del pueblo? Es tan tentador que hasta Ada Colau y Podemos están ahí a un tris de entrarle a la idea y ceder a la evidencia. Si no lo ha hecho ya la primera es porque quiere seguir siendo alcaldesa y si no lo hace Podemos es porque le puede salir la cosa poco rentable más allá del Ebro.

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¡Que viene Sánchez…!

No hay jornada, sobre todo desde que a Susana Díaz le amargaron el día los avales de su rival, sin que la prensa adicta a la andaluza no incluya alguna noticia o artículo de opinión que advierta sobre el peligro de una victoria de Pedro Sánchez en las primarias socialistas. Abismo, ruptura, caos, desaparición… el diccionario se les va quedando escaso. A eso hay que añadir que si Corbyn por aquí, que si Hamon por allá y que si al contrario mira a Schulz y a Renzi, tan moderados. Aparte de que no se sabe muy bien qué es exactamente lo que hay que ver en el líder socialdemócrata alemán y en el centrista italiano, salvo que tampoco gobiernan y que no parece fácil que lo hagan, lo que llama la atención es tanta preocupación por repetir el cuento del lobo con Sánchez.

Porque, veamos, si Sánchez es un radical izquierdista podemizado y plegado a la estrategia de Pablo Iglesias, algo tendrá que reflejarse en el programa de gobierno que propone a su partido. Se llama “Por una nueva democracia” y, sinceramente, además de una fusilada a Tony Judt y la propuesta de una participación más efectiva de los militantes en la toma de decisiones del partido, no se ve por ningún lado el radical distanciamiento con el discurso socialista. Incluso diría que al contrario. Un ejemplo en tema candente, Cataluña. Si siguiéramos creyendo lo que El País quiere que creamos, pensaríamos que aquí viene lo de un pacto con los independentistas, lo del referéndum… Cito: “Partiendo de estos elementos, federalismo, reforma de la Constitución y diálogo sincero, será posible que aquellos que se sienten a la vez catalanes y constitucionalistas, retomen la iniciativa frente a un independentismo irredento que se ha potenciado a partir del argumento del agravio comparativo y el 'no nos dejan decidir'”.   Inmediatamente: “En Catalunya, como en cualquier otro territorio en España y en cualquier sociedad compleja y diversa, la existencia de identidades nacionales diferentes no puede convertirse en un instrumento político de dominación y segregación de unos ciudadanos sobre otros”. ¿Y el abismo? Si lo dijera Rivera, los mismos que nos cuentan el cuento aplaudirían con las orejas.

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El espejo escocés

Hay que ver cómo les gusta a los líderes de Junts x Sí que gobiernan en Cataluña el espejo escocés. Es, como en los cuentos, un espejo mágico que devuelve la imagen que uno quiere ver y que evita mirar hacia otro lado, donde casualmente está la realidad. En el artículo que publica El País firmado por el vicepresidente y el presidente del gobierno catalán se ve una realidad que, supongo, entienden incontestable: ellos están sentados a la mesa de diálogo, quieren acordar pacíficamente cómo abordar las diferencias entre Cataluña y España y están esperando que se sienten los otros, los españoles. Estos, sin embargo y como cabía esperar, son de la peor calaña política y no solamente no acuden al diálogo sino que muestran la vía de la represión a los catalanes para solventar las diferencias: condenas judiciales y, llegado el caso, la fuerza armada.

Ay, si tuviéramos en España tan solo un pedazo del gobierno democrático británico que accedió a celebrar un referéndum en Escocia en vez de usar las amenazas y las condenas. En el espejo británico, Cataluña es como Escocia, pero España se parece más a Turquía que a otra cosa. ¿Así de simple? Creo que no, que la cuestión es algo más compleja y la historia puede arrojar alguna luz que, me temo, haga palidecer un tanto la prístina imagen del espejo británico.

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Por ser mujer, candidata a rectora y querer hablar

Hace escasos días en el campus de Vitoria de la UPV/EHU un grupo no muy numeroso de personas impidieron que la única candidata al rectorado de esta institución, Nekane Balluerka, pudiera exponer su programa de gobierno. Tras una pancarta impidieron por la fuerza que la profesora Balluerka accediera al salón de grados del edificio de Las Nieves. Por la fuerza quiere decir literalmente eso, utilizando la fuerza física al tiempo que se gritaban las consabidas consignas tan relacionadas con el mundo académico como Hemendik alde. Nada nuevo, lo habitual.

Sin embargo, creo que es hora de denunciar el contenido profundamente machista de este tipo de actitudes y con ello la enésima falacia de estas revoluciones tuiteras. A Nekane Balluerka no le dejaron hablar por ser mujer, ser candidata al rectorado de la UPV/EHU y presumir que iba a decir cosas que no les iban a gustar a quienes machistamente le impidieron siquiera tomar la palabra. Si Nekane se hubiera llamado Arnaldo, hubiera ido a la universidad a hacer campaña y a decir cosas que a los de la pancarta les parecen el no va más, por supuesto que habría pasado hasta el salón de grados, habría dicho lo que le pareciera bien y quienes estaban el otro día tras la pancarta habrían aplaudido con las orejas.

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Legalidad y legitimidad en el PSOE

Más allá de los fuegos artificiales de las referencias a El País, Telefónica y otros grandes pesos mediáticos y empresariales, la entrevista que Évole hizo a Sánchez en la Sexta dejó sobre la mesa un asunto de la mayor relevancia. Tiene que ver con la  legitimidad de la actual dirigencia socialista para seguir tomando decisiones políticas en nombre del PSOE.

Fuera quien fuera el que le puso los palos en la rueda a Sánchez, lo cierto es que el primero de octubre el secretario general del partido fue desbancado de un modo que recuerda poderosamente al golpe de Estado light (pero por light no menos efectivo) que sacó del gobierno de Brasil a Dilma Rousseff y colocó en su lugar a Michel Temer. Una buena campaña de prensa calienta el ambiente, una jugarreta dudosamente legal deja la decisión en un órgano representativo con cuyos votos ya se cuenta y que le da el barniz de legitimidad democrática y sin un asomo de violencia, voilà, ya tenemos una nueva dirección política.

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Ha ganado el PSOE

“Debacle”, “batacazo” y hasta “menuda hostia, Pedro” se ha dicho y podría decirse del resultado del PSOE en Galicia y Euskadi. Dejarse casi la mitad de los escaños en Euskadi y pasar a tercera fuerza política en Galicia no podría calificarse de otro modo… y van cuatro a contar desde diciembre de 2015. Mal, realmente Pedro Sánchez lo tiene muy mal porque desde que llegó a la secretaría general, no ha visto otra cosa que una constante sangría de votantes que deciden irse a derecha, izquierda o a ninguna parte, no votar.

Y, sin embargo, sostengo que Sánchez tiene mérito. De todos los contrincantes electorales, el PSOE es el único partido que pugnaba contra uno más, contra sí mismo. El suspiro de alivio en Génova la noche del pasado 25 de septiembre no fue nada comparado con el ruido de palmas con las orejas que se oiría en las sedes socialistas de Sevilla, Oviedo, Cáceres, Toledo o Zaragoza. La principal contienda electoral del PSOE no era con el PP o las mareas en Galicia o el PNV o Bildu en Euskadi, sino con el PSOE en las baronías que esperaban un resultado como el producido para comenzar el proceso de desmontaje del escenario que esas mismas baronías construyeron en 2015 creyendo que el tal Sánchez tenía unos hilos colgando de los brazos y las piernas para que ellos movieran el muñeco. Como fue que no, pues a cortar los hilos, a dejar inerme al muñeco y a colocar otro, que es a lo que Susana Díaz fue, según ciertas lenguas, a Zamora la noche anterior al 25S. Como buenos barones, siempre podrían decir que estaban velando armas cuando estaban maquinando como cargarse al jefe.

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Susana, no cuela

La lideresa que quiere asaltar los cielos de Ferraz, o que lo haga de nuevo un mandado (pero esta vez atado en corto), debería tomar buena nota de lo ocurrido en el Congreso de los Diputados. Con ella debería hacerlo la parte del baronazgo socialista tan pendiente de encajar un palo en la rueda de Sánchez, que se andaban olvidando ya de cómo se las gasta la política barroca en este país.

Menos mal que para eso está el escenario. Si estuvieron atentos al mismo podrán haber advertido que a poquito que fuercen la máquina de su raca-raca se van a encontrar con la siguiente paradoja: la línea roja que le trazaron a Sánchez para poder ser investido presidente del Gobierno se la van a tener que comer con patatas para permitir que lo sea Rajoy. Como buen conocedor (o, al menos, practicante) de la tradición política barroca de esta monarquía, el presidente en funciones ha logrado el mágico resultado de que lo que es no lo parezca y de que lo que parece ser no sea. Ya no es malo, ni moralmente reprobable, ni un atentado contra el orden constitucional y la unidad de España pactar con fuerzas que propenden con tanto énfasis como cinismo al independentismo de una parte del patrio suelo. Al contrario, es bueno, es razonable, es lo que conviene a España.

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Ah, era el sorpasso (pues haberlo dicho antes)

Ahora parece que se va entendiendo todo esto un poco más. Qué ilusos, y qué idiotas sobre todo, quienes en algún momento creímos que se trataba de otra cosa, de aprovechar un resultado electoral desde luego no óptimo, pero sí viable para desapalancar al PP y abrir, aunque fuera durante unos meses y a media altura, las ventanas del país.

Pues no. Se trataba de buscar una segunda vuelta donde, una vez comprobado que Podemos por sí mismo no da mucho más de sí, y comprobado que las mareas marean que da gusto, buscar el caladero electoral de IU como atún hambriento. Se lo dejaron de postre el 20D porque les pareció pecata minuta ante el atracón que se iban a dar y cuando han visto que los cielos están pelín más lejos de lo previsto es cuando se acuerdan del manjar que dejaron en la nevera “para por si acaso”.

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Indignado: irritado, enfadado vehementemente

Esa es la definición de indignado y puedo asegurar que es exacta. Así es como me siento y como creo que se sentirán a día de hoy otros muchos españoles. Irritado y enfadado con el partido al que voté y con los partidos con los que a estas alturas debería ya haber formado un gobierno que nos saque del fondo de la caverna. Han sido incapaces de ver más allá de la puerta de la sede de cada uno de esos partidos y contemplar el país. Las cuentas se las están rindiendo a sus respectivas ejecutivas y a sus equipos de asesores electorales, pero no a quienes les dimos el voto para formar un gobierno que pivote sobre bases sustancialmente diferentes de lo que hemos conocido en los últimos cuatro años. El nuestro es un régimen parlamentario y tiene la ventaja de que permite que no gobierne el partido más votado, aunque para ello es necesario que los demás partidos salgan de sus sedes, dejen un momento de echar cuentas electorales y se pongan de barro hasta el cogote.

A pesar de que las pasadas elecciones marcarán la alteración del sistema de partidos en España no parece que vayan a marcar la modificación de la política. Esta sigue siendo una política confesional, como si el país llevara este designio en su ADN. Confesional en el sentido de que tanto los partidos que estaban como los que acaban de llegar entienden igualmente la política como la plasmación de una ideología, la suya. Y no, la política no es eso. No lo debería ser ni cuando se tiene mayoría absoluta, pero en ningún caso cuando el panorama es como el actual. En ese caso la política se convierte en un arte, no en una técnica. Es el arte de crear un ecosistema político que trascienda la ideología propia y genere un gobierno a partir de esa transgresión. A nuestros partidos, viejos y nuevos, ese paso les da vértigo, tanto que han sido incapaces siquiera de iniciarlo.

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¿Es revolucionario destrozar una biblioteca?

Ni aunque tenga en primera fila Mein Kampf. Podría terminar aquí este artículo, pero me temo que se precisa alguna explicación ulterior. Hace días que en la UPV/EHU se ha desarrollado unas dizque jornadas revolucionarias con ocupación de espacios (aulas, normalmente destinadas a la docencia) y, como remate, de edificios completos. La solución por parte del equipo de gobierno ha sido la habitual: antes de que me lo rompan, lo cierro. Dicho de otro modo, a los trabajadores de la universidad nos dan fiesta algunos estudiantes (y algunos que no lo son). Nada nuevo, lleva pasando desde hace la tira. Antes de verme en los papeles, lo que sea. El problema de esta estrategia es que al final puedes verte igualmente en los papeles, porque hace falta ser ingenuo para creer que quienes propulsan de verdad estos actos se habrán de conformar con que cierres el chiringuito.

Es lo que ha pasado en el campus de Álava. El responsable universitario, el vicerrector de campus, ha actuado con la mejor fe posible. No es peloteo, entre otras cosas porque de peloteo es de lo último que tengo ganas con este equipo rectoral, pero es verdad. Ha tratado de negociar con los que promovían estas protestas, ha aguantado lo indecible, ha estado por todo el campus tratando de evitar lo peor… hasta le han echado pintura encima por ello. El vicerrector ha podido así, jugándosela personalmente, evitar lo peor, los ataques personales, pero la realidad es que los sedicentes revolucionarios han hecho lo que les pedía el cuerpo: atacar la biblioteca.

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