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Focos

José Saturnino Martínez García

Dr. en Sociología (UAM), Máster en Economía de la Educación (UCIII) y licenciado en CC. Políticas y Sociología (UCM). Ha sido profesor en la Universidad de Salamanca e investigador invitado en la Universidad de Wisconsin (Madison). Fue Vocal Asesor en el Gabinete de J.L.R. Zapatero, entre 2007 y 2011. Actualmente es Profesor de Sociología en
la Universidad de La Laguna. Ha colaborado con diversos medios, como El País, Le Monde Diplomatique, Viejo Topo o Revista de Libros, y sus investigaciones se han publicado en diversas revistas académicas.

Miembro del colectivo Líneas Rojas.

Liberalismo de mamandurria vs. democracia

Esperanza Aguirre ha aportado a la política, además de incontables ranas, el liberalismo de mamandurria. Un liberalismo, que bien entendido, es para los demás. Ella misma, Rajoy, Aznar, Cospedal, Santamaría… y muchos más promotores de las políticas pro mercado en España lo primero que hicieron al finalizar la carrera fue sacarse una plaza de funcionario. Las privatizaciones de Aznar sirvieron para poner a sus amigos al frente de las empresas privatizadas. Esas y otras privatizaciones hemos visto que han sido muy útiles para generar comisiones ilegales y financiar al PP, pero no para mejorar la competitividad y la calidad de los servicios prestados. El liberalismo es para pobretes (para que lo sufran). La gente de buena familia no está para caer en las bajezas de la competencia del mercado, ellos son funcionarios de alto nivel y comisionistas, es para lo que están.

El cogollito madrileño, con sus apellidos dobles, sus hijos y nietos de altos cargos franquistas, medró en la autarquía, protegidos de esas vulgaridades de arriesgar dinero y correr el peligro de hundirse. Por eso el liberalismo de mamandurria es socialista en las pérdidas. Un empresario de mamandurria conseguirá el dinero para su inversión de un banquero amigote y tendrá una cláusula para forrarse si el negocio va mal. El riesgo y las pérdidas son una vulgaridad. Por no hablar de la separación de poderes, eso no es para el clan de la mamandurria: fiscales, magistrados, periodistas…, todos amigotes. Viva la mamandurria liberal.

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El cuerpo de las mujeres

El cuerpo de la mujer genera tensiones en el seno del feminismo. Por un lado, para las feministas liberales y posmodernas el empoderamiento de las mujeres lleva a que ellas son las únicas soberanas sobre su propio cuerpo. Por tanto, nadie puede decirle a una mujer cómo vestirse, cómo bailar, si dedicarse al trabajo doméstico, si sacar partido económico a su propio capital erótico o si ofrecer su capacidad reproductiva a otras personas, a cambio de dinero. Desde este punto de vista, las personas somos libres por tener el derecho a decidir qué hacer, dadas las oportunidades a las que nos enfrentamos. Muchas mujeres preferirían no optar entre trabajos malos y la prostitución, pero dada esa alternativa, debemos respetar a las que eligen la prostitución.

Pero hay otra forma de entender el feminismo. Desde un punto de vista más radical, la cuestión no descansa en la libertad individual. Por dos motivos. Por un lado, lo que queremos no es algo que se nos presente libremente en nuestra mente, sino que es resultado del momento histórico en el que vivimos. Por ejemplo, durante muchos tiempo se empleó la expresión "quien lleva los pantalones" para señalar quien detentaba el poder en una relación afectiva. Ahora las mujeres llevan pantalones, una forma no consciente de acercarse al estatus de los hombres, pero no sé de hombres a los que les haya dado por ponerse falda para reivindicar el estatus de igualdad con respecto a las mujeres. Sin embargo, en muchas épocas históricas los varones vestían con faldas. Somos libres de elegir falda o pantalón, pero no somos libres al decidir el sentido social que en un momento dado se asigna a una u otra prenda.  

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La libertad de expresión en serio

En distintos países estamos viendo cómo se ataca a la libertad de expresión. Unas veces de forma sibilina, con la "realidad alternativa", es decir, inventarse bulos que intoxiquen a la opinión pública. Otras veces metiendo en la cárcel a periodistas, como en Turquía. En España vemos que un tuitero es un ser peligrosísimo, que puede llevar a la humanidad al caos y la destrucción con 128 caracteres, por lo que merece años de cárcel.

En el caso español, el fenómeno es una expresión de nuestra historia anómala con la democracia, o mejor dicho, de nuestra escasa cultura democrática. Uno de los hijos perversos de la dictadura y de nuestras guerras civiles fue ETA. En su momento, estuvo bien proteger a posibles víctimas de ETA de sus amenazas y ofensas. Ver cómo amenazan a un ser querido y después de asesinarlo, quienes han participado en el acto se burlan de tu dolor, debe ser insoportable. Está bien que actúe la justicia. Pero la interpretación ligera de este problema está generando un monstruo censurador.

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La post-censura

Mentir, no ya sin costes, sino encima con beneficios, es una parte de lo que caracteriza a la post-verdad. Pero eso siempre estuvo ahí. En España por ejemplo, tuvimos nuestra dosis de post-verdad con el atentado del 11-M, pues nadie de quienes defendieron que era una conspiración liderada por el PSOE tuvo problemas, es más, les ha ido bien vendiendo periódicos, libros o consiguiendo votos. Quizá lo novedoso de la post-verdad es su "democratización" aparente gracias a Internet. Ya no son necesariamente poderosos grupos mediáticos o políticos, sino gabinetes de comunicación que conocen bien la dinámica de la viralidad en las redes sociales, y que la saben convertir en dinero. Ha cambiado la distribución de basura, pero no su producción.

El éxito de la post-verdad pone por completo en cuestión el optimismo ilustrado sobre la construcción de la esfera pública, ese espacio de libertad e intercambio de argumentos, en el que florece el bien común y la verdad, gracias a la racionalidad que compartimos por ser humanos. La post-verdad pone de manifiesto que nuestros alineamientos no tienen mucho que ver con los hechos, ni con las evidencias disponibles ni con la racionalidad ni con nuestras ganas de conocer, sino que son el resultado de la voluntad de dominar a quienes son distintos, o sienten distinto, una voluntad movida por el miedo, la avaricia u otros sentimientos poco ejemplares. Los argumentos malos, basados en el insulto, la tergiversación, la mentira… suplantan a los argumentos buenos, basados en la evidencia, la coherencia, la racionalidad… una especie de ley de Gresham de la conversación.

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El sentido del terrorismo

En el debate sobre terrorismo, la derecha ha sido exitosa al limitar el debate a dos ejes de oposiciones significativas: libertad vs. seguridad, y "nosotros civilizados" vs. "ellos bárbaros". Si a estas tensiones añadimos la venganza por motivos personales, tenemos resumidos casi todos los argumentos del cine y series de acción mainstream. Es decir, la industria cultural machaca con contundencia en que no escapemos a estos dilemas, o en todo caso, que el dolor personal legitima el recurso a la violencia.

Frente a estas estructuras de significado en las que nos movemos casi sin darnos cuenta, como no nos damos cuenta de que estamos rodeados de aire o hablamos en prosa, conviene colocar también algunos datos. Por un lado, con diferencia, la mayor parte de las víctimas del terrorismo islamista son musulmanes, por lo que cuesta entender que si es un choque de civilizaciones se dediquen más a matarse entre ellos. Pero tampoco está muy claro qué quiere decir "ellos", cuando, por ejemplo, la violencia entre chiíes y suníes se cobra muchas más víctimas que la violencia entre musulmanes y cristianos. Por otro lado, dado el gran número de musulmanes con los que convivimos, si tuviésemos un problema con gran parte de ellos, y no con una minoría infinitesimal, Occidente estaría ardiendo, no solo por atentados, también por "kale borroka" y otros problemas de orden público. No es el caso.

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¿Por qué plagiamos tan poco?

Las evidencias de que el Rector Magnífico (por protocolo) de la Universidad Rey Juan Carlos, Fernando Suárez, ha plagiado me suscitan una gran duda: ¿por qué plagiamos tan poco en la Universidad? Por lo que se ve, plagiar permite acumular méritos y honores sin castigo ni sanción, luego la elección racional sería plagiar sin fin. Es más, me asalta otra duda: ¿por qué investigamos en la universidad? Parte del tiempo de trabajo del profesorado universitario está dedicado a la investigación, pero es evidente que una proporción nada desdeñable no investiga. ¿Cómo es posible que ser un chorizo y/o un vago salga a cuenta, pero que una parte importante del profesorado cumpla con sus obligaciones más allá del sentido razonable del deber?

Que haya tanto profesorado que investiga y se esfuerce en dar sus clases no es coherente con lo que predice la teoría de la elección racional, que se ha impuesto en el diseño de políticas públicas como la verdad revelada, por su coherencia con la ideología neoliberal. Teoría e ideología coinciden en señalar a los seres humanos como racionales y egoístas ("maximizadores de su bienestar") y que, por tanto, si diseñamos adecuadamente los incentivos, las personas harán lo que queramos. Una psicología que no va mucho más lejos del perro de Paulov. Pero con el diseño actual de incentivos en la vida universitaria, el profesorado que nos esforzamos en investigar, casi sin recursos, y en preparar nuestras clases, somos perros de Paulov tontos. El perro listo es el Rector Magnífico.

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Libertad, capitalismo y porno

¿Se puede ser actriz porno main stream y activista feminista? Amarna Miller, actriz porno, considera que sí, pero muchas feministas creen que no. Para abordar este debate conviene separarlo en dos debates, uno sobre la libertad y otro sobre el tipo de sociedad en el que queremos vivir.

Empecemos por el de la libertad. El planteamiento de Miller entronca con el liberalismo, que entiende que una persona es libre si nadie interfiere en cómo organizar su vida. Nadie es más maduro que uno mismo para saber lo que le conviene. Defender lo contrario es paternalismo o soberbia moral. La libertad así entendida goza de gran predicamento, pues es la que mejor casa con una sociedad organizada en torno al mercado. El mercado es la institucionalización perfecta de este tipo de libertad: si dos adultos en plenas facultades están de acuerdo en realizar un trato, nadie puede estar en contra. De aquí deriva estar a favor de la prostitución, los vientres de alquiler, trabajar los domingos, acabar con las jornadas laborales máximas, con los salarios mínimos, etc.

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Seamos comprensivos con la reválida

Max Weber decía que el objeto de la sociología es captar el sentido de la acción social. Y que la forma más sencilla de realizar esta tarea tan compleja es suponer que la gente es sensata y por tanto hay que buscar la lógica de lo que hace desde su punto de vista. Es lo que se conoce como sociología comprensiva. Si somos comprensivos con la reválida, podremos entender mejor por qué existe y cuáles serán sus efectos. Ser comprensivo no quiere decir justificar ni solidarizarse, simplemente entender.

La racionalidad en el lado del Ministerio de Educación está en cumplir con los objetivos fijados por la Unión Europea para 2020. Uno de estos objetivos es reducir el abandono educativo temprano. Muchos han dicho que la LOMCE aumentará el fracaso escolar, pero eso es porque no se han leído la letra pequeña de las estadísticas de la UE. Se considera que está en abandono educativo quienes no estén estudiando (sea lo que sea) o que no tengan un título educativo de "nivel 3". Aquí está el truco. La ESO es de nivel 2, pero la FP Básica es de nivel 3, así que quienes obtengan este título no estarán en abandono educativo, aunque no tengan el título de ESO.

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Ganó la socialdemocracia

Los debates en campaña electoral o esta semana en la Sesión de Investidura, han dejado un claro ganador: la socialdemocracia. Esta conclusión puede parecer contra intuitiva, con un PSOE que no deja de perder diputados y un movimiento socialdemócrata en crisis en Europa y sin seguidores claros por el resto del mundo. Un PSOE al que Podemos critica por ser poco socialdemócrata. Pero la socialdemocracia no es un partido. Es un ideario del siglo XIX, con el planteamiento de que mientras llega el fin del capitalismo, o para que no llegue, conviene no dejar al libre mercado a sus anchas. Conviene reconocer que el mercado de trabajo no es un mercado como el de patatas. La patata no deja de ser patata si el kilo está a un euro o a diez. Pero una persona no tiene las mismas posibilidades de desarrollarse como ser humano si trabaja cuarenta horas semanales por 646€ mensuales en un trabajo monótono y alienante, sujeto a la voluntad de quienes tienen dinero, o si ingresa una renta de 4.000€ al mes que le ha dejado en herencia su familia.

Para una vida digna y autónoma, se necesitan ciertas condiciones materiales que el mercado por sí mismo no garantiza. El movimiento obrero, entre la insurgencia y la moderación, logró que el Estado y el capital se viesen obligados a reconocer esta realidad, asegurando la vejez, la salud y la educación, así como ciertos mínimos de subsistencia material. Los cuatro partidos más votados afirman compartir este ideario. No es poco. En otros países, como EEUU o muchos países de América Latina o Asia, está firmemente arraigado en buena parte de la población el credo liberal, según el cual, el mercado y la familia deben ser las instituciones que resuelvan estos problemas. La idea de que garantizar la posibilidad de la vida humana no es cosa del Estado, que debe limitarse a garantizar el derecho de propiedad privada, pero no de vida propia. El Estado no puede dar la felicidad a la ciudadanía, pero sí puede empoderarla. Así se evitan las injerencias arbitrarias de los poderosos, y se puede decidir con autonomía qué vida llevar, sin estar sujetos a los vaivenes de la fortuna de nacer en una determinada familia o con ciertas capacidades u oportunidades. La libertad solo es posible si se dan las condiciones materiales para ejercitarla.

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Esperando a Jon Nieve

La ficción Juego de Tronos [aviso spoiler] puede ayudarnos a interpretar algunos de los dilemas políticos en los que vivimos desde hace seis meses: o pactamos con el enemigo, o estamos todos muertos. El personaje de Jon Nieve llega al convencimiento de que entre todos los enemigos a los que se enfrentan al norte del Muro, los peores con diferencia son los Caminantes Blancos. Si quiere enfrentarse con un mínimo de posibilidades de éxito, debe lograr pactos contra-natura, con enemigos a muerte por cientos de años. Digamos que en el primer intento fracasa por una sublevación de sus subordinados, que no entienden tales acuerdos, pues no son conscientes de la naturaleza del Gran Enemigo.

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