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Lorenzo Ayuso

Periodista especializado en cine y TV, combina esta faceta con la práctica cinematográfica. Ha dirigido cortos como De-mente (2016) y videoclips para grupos como Dardem o Nostalghia. También puedes haberle leído en Versión Original. Revista de Cine (Rebross). Es un tipo un poco raro.

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'Most beautiful island', la parálisis del sueño americano y otros terrores nocturnos

Según la ciencia, el sueño humano se escaleta en cinco fases diferenciadas. Una vez superada una primera de liviana inconsciencia, el sujeto testado atraviesa otras tres en las que las ondas cerebrales se ralentizan progresivamente, abocándose a una profundidad total, sin movimiento ni actividad corporal. En este tramo del viaje previo al R.E.M., corremos el peligro de quedar desamparados ante nuestros traumas y al antojo de nuestros terrores más profundos. Nuestro cuerpo yace entonces inerte, mientras nuestra conciencia sufre despojada de toda capacidad de reacción. Sin aparente remedio. Sin voluntad.

El llamado sueño americano no deja de ser eso, un sueño, y por lo tanto se rige por esos mismos parámetros. Nos lo demuestra Luciana, la protagonista de Most Beautiful Island y trasunto de su intérprete principal y directora, la actriz española Ana Asensio. Apenas se presenta, la hallamos desvelada, incapaz de destensar los ateridos músculos y entregarse a Morfeo. Durante la siguiente hora, y bajo la promesa de ese anhelo capitalista que acuñara James Truslow Adams, se abocará al horror que sucede antes de alcanzarlo. Eso, claro, si es capaz de abandonar esa etapa de extremada angustia.

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'Sin City 2' llegó tarde y mal y lo paga con su estreno invisible en Netflix

Sin City fue uno de los destinos favoritos para los espectadores españoles durante la temporada estival del año 2005. Estrenada el 12 de agosto de tal año, llenó las salas de aquellos deseosos de contemplar cómo los trazos del universo dibujado por Frank Miller se proyectaban en un plano (hiper)real gracias al andamiaje ofrecido por Robert Rodríguez. En total, algo más de un millón de espectadores en sus dos meses y medio en cartel, que al cambio se traducen en 4,9 millones de euros de recaudación. Si lo sumamos al resto del montante mundial, la bolsa final se acercaba a los 159 millones de dólares, que resplandecían ante los 40 millones en los que se presupuestó su realización. Las arcas de la Ciudad del Pecado estaban más que saneadas.

No debía sorprender un balance tan positivo para el filme, que ya había epatado a una platea tan (en apariencia) escéptica como la del Festival de Cannes, de donde regresó con el Gran Premio Técnico que reconocía su "potencia visual". En un esmerado ejercicio de caligrafía audiovisual, la traslación del comic homónimo (de tres de sus tomos, hablando con propiedad) invitaba a su audiencia a sumergirse, como presa de un agudo síndrome de Stendhal, en el mundo de bitonalidad extrema que Frank Miller plasmara sobre el papel. Un mundo de alto contraste en lo estético y lo moral, de líquidos blancos nucleares y negros abismales, concebido como interpretación paroxista de los tropos del género noir. Un mundo que parecía irrepresentable en otro formato que no emanara de la tinta.

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