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María Rodríguez

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"Si educas a una chica, educas a toda la comunidad"

"Si me das una vaca, trabajaré con el Gobierno, ganaré mucho dinero y podré devolverte la vaca y comprarte muchas más". Lilian Naserian pronunció estas palabras cuando tenía 20 años. Se las dijo a su tío, un pastor masai, la etnia a la que pertenece. Su tío aceptó la proposición, sin duda era una inversión de futuro. Lilian se fue al mercado a vender la vaca para pagar el primer semestre de su primer año de carrera y poder hacer realidad su sueño: estudiar Magisterio.

"En África enviar a una mujer a la universidad no es una prioridad ni para la familia ni para la comunidad", explica la joven en una conversación con eldiario.es. Sin embargo, ella estaba convencida de la importancia de estudiar para tener un futuro mejor, poder ayudar a su familia e incluso mejorar la situación de su comunidad.

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Las cenicientas de Bamako: el horror de ser empleada del hogar en África occidental

En Bamako, la capital de Malí, así como en las ciudades de la región de África occidental, hay miles de cenicientas. Son niñas de entre nueve y 20 años que trabajan como servicio doméstico en las familias. Se instalan en los hogares, pero duermen en los pasillos, las cocinas o en la terraza. Trabajan durante todo el día, todos los días de la semana, y si las requieren por la noche, las despiertan. Comen las sobras de sus patrones, ganan entre seis y 15 euros al mes. Es frecuente que reciban golpes, insultos, gritos, castigos severos e incluso que sean violadas.

Les llaman las 'bonnes'. Proceden de las zonas rurales donde las oportunidades de prosperar quedan muy reducidas, por lo que deciden trasladarse a las ciudades. Algunas lo hacen obligadas por la familia para que les ayude en los ingresos, teniendo además una boca menos que alimentar. Otras, por decisión propia, huyendo de los matrimonios forzados o, por el contrario, para preparar el ajuar.

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Tres historias del hambre que golpea al país más pobre del mundo

Marliya lleva cinco días hospitalizada. Tiene la mirada perdida en cualquier lugar de la habitación. El médico que la trata dice que está totalmente apática, que es indiferente a su entorno. Sufre un cuadro de edemas generalizado por todo su cuerpo de no más de cuatro años. En los pies, en sus pequeñas piernas e incluso en la cara. La piel se le desgarra y le causa lesiones cutáneas. Pero ella no se queja, no dice ni pío. Marliya sufre malnutrición aunque su cuerpo rechoncho –por los edemas– haga pensar lo contrario. Tras su ingreso en el hospital los exámenes médicos demostraron que, además, sufre malaria. Esto empeora las cosas.

Marliya sufre el tipo de malnutrición al que llaman kwashiorkor y ella presenta todos los síntomas. En el hospital la acompaña su abuela quien cuenta que los edemas están en su cuerpo desde hace un mes. "Pensábamos que se iban a ir espontáneamente, ha sido así otras veces, por eso hemos tardado tanto en traerla al hospital", explica. No es la primera vez que esto le ocurre a Marliya, ya estuvo hospitalizada el año pasado por la misma razón.

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Transición en Burkina Faso: "Haremos todo lo posible para que no hayan muerto por nada"

Se llamaba Gaston. Tenía 35 años y una larga carrera profesional como economista en Burkina Faso. Había ocupado diversos puestos en la empresa privada y organizaciones no gubernamentales como gestor de finanzas y, hace un año, se marchó a trabajar para la Agencia de la ONU para los Refugiados (ACNUR) a República Democrática del Congo dejando a su mujer y a su pequeño de cinco años en Uagadugú, la capital de Burkina Faso. 

Volvió al país durante dos semanas, cuenta un miembro de su familia. Había pedido vacaciones para estar con su familia y la revolución burkinesa le pilló por sorpresa. Sus causas: la lucha por la libertad y la justicia. Y por sus ideales no dudó en salir a las calles de Uagadugú el 30 de octubre. Aquel día falleció.

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Claves para entender las protestas que han derrocado al presidente de Burkina Faso

En la tierra de los hombres íntegros, significado de las palabras Burkina Faso en dos de sus lenguas locales mayoritarias, han rezumado esta semana las voces de muchos burkineses. “Blaise lárgate”, “Artículo 37 intocable”, “Blaise Compaoré es nuestro peor ébola”, gritaban con determinación en las calles de la capital. Exigían la dimisión de su presidente, perpetuado en el poder desde 1987. Trataba de modificar la ley para quedarse, y fracasó. El 31 de octubre las calles celebraban con júbilo su triunfo: Blaise Compaoré anunciaba su dimisión.

Desde que el pasado 21 de octubre el Consejo de ministros, en una reunión extraordinaria, tomara la decisión de que se votaría en el parlamento burkinés un proyecto de ley para modificar la Constitución y, de este modo, el presidente pudiera mantenerse en el poder, los burkineses comenzaron a salir a las calles de Uagadugú, la capital. Primero fueron manifestaciones aisladas y pequeñas barricadas que cortaban las carreteras. El descontento estaba en el aire. El 28 de octubre miles de burkineses salieron, invitados por la oposición, a una jornada de protesta y desobediencia civil.

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