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Octavio Salazar

Catedrático de Derecho Constitucional de la Universidad de Córdoba, investigador especializado en igualdad de género y nuevas masculinidades. Autor, entre otros, de los libros 'Masculinidades y ciudadanía. Los hombres también tenemos género' (Dykinson, 2013) y 'Autonomía, género y diversidad: itinerarios feministas para una democracia intercultural' (Tirant lo Blanch, 2017)

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¿Para cuándo un pacto feminista contra el machismo?

Aunque a muchas y a muchos les haya sorprendido, a mí me ha parecido profundamente honesta la posición de Unidos Podemos con respecto al Pacto de Estado contra la violencia de género. Su abstención debería servir para poner en evidencia no su oposición a las medidas que el resto de grupos han apoyado sino la desconfianza hacia un instrumento que también en mi opinión deja mucho que desear.  Más allá de las carencias concretas que se pueden detectar en el texto, muy especialmente la que supone excluir del mismo concepto de violencias machistas determinadas prácticas que provocan la subordinación de las mujeres, el mismo concepto de “pacto de Estado” se presta a una utilización perversa, lo cual, dado el panorama político que tenemos, no debería resultarnos nada extraño.

Es evidente que los Estados, cuando se enfrentan a determinados problemas que son estructurales y que generan consecuencias negativas y hasta dramáticas para la convivencia, necesitan articular un consenso político desde el que abordar ciertas cuestiones que, de entrada, deberían estar al margen del debate partidista. Algo, por otra parte, ciertamente ilusorio en unas democracias dominadas por partidos que suelen construir sus discursos y sus legitimidades más sobre la lógica del adversario que sobre dinámicas cooperativas.

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'Su mejor historia': la historia contada por las mujeres

En un mundo como el cinematográfico, prácticamente monopolizado por los varones, y en el que por tanto imperan los relatos androcéntricos y los esquemas narrativos en los que las mujeres apenas son personajes accesorios y siempre articulados en función de sus compañeros heroicos, cada día se hace más necesario, urgente diría yo, contar con otras miradas. Las de aquellas a las que la cultura, al menos la mayoritaria y comercial, sigue relegando al papel de musas y difícilmente encuentran acomodo en los espacios que el patriarcado reserva a los genios masculinos.

Solo de esa manera se podrán ir construyendo otro tipo de relatos y por tanto de imaginarios colectivos que superen al fin los esquemas más rancios del patriarcado. Para ello, insisto, es necesario que cada vez haya más mujeres contando historias, ofreciéndonos su visión de la vida, aportándonos esa otra mitad que falta en la pantalla.  Porque solo cuando la cultura deje de legitimar las estructuras jerárquicas del sistema sexo/género será posible avanzar de verdad hacia una efectiva igualdad. Mientras que sigan fallando los resortes culturales –y por tanto, educativos y socializadores– las leyes, las políticas y los planes de igualdad lograrán resultados tibios, que además serán fácilmente derogables por la fuerza incontrolable de lo que nos entra por los ojos y a través de las emociones.

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Rafael Hernando: el hombre que no deberíamos ser

Siempre que en algunas jornadas se plantea el interrogante sobre lo que significan las “nuevas masculinidades” –un término que a mí al menos me genera el rechazo propio de las etiquetas que no transcienden lo políticamente correcto y que en este caso incluso pueden seguirle el juego al patriarcado–, me resulta muy complicado precisar en qué consiste ser un hombre “nuevo”. Resulta mucho más fácil, como en tantos otros debates complejos, especificar lo que en todo caso no debería formar parte de un nuevo entendimiento de la virilidad, despojada al fin de lastres machistas y dispuesta a transitar por senderos en los que sea posible la equivalencia de mujeres y hombres. En este sentido, resulta tremendamente didáctico usar referentes de la vida pública para señalar justamente lo que no debería ser un hombre del siglo XXI. Un territorio, el de la vida pública, que todavía hoy está  casi enteramente poblado por sujetos que visten cómodamente el traje de la “masculinidad hegemónica” y que lógicamente están encantados de ser la parte privilegiada del contrato.

Si alguna consecuencia positiva podemos extraer del debate que tuvo lugar en el Congreso hace unos días con motivo de la moción de censura presentada por Unidos Podemos es, además de confirmar lo necesitado que está el Parlamento de voces contundentemente feministas como la de Irene Montero, el magnífico ejemplo que nos ofreció una vez más el portavoz del Grupo Parlamentario Popular sobre el tipo de varón que debería estar fuera de la vida pública y al que ningún joven debería aspirar a parecerse. Como es habitual en él, y como supongo que así lo espera el público que le aplaude y que comulga con su chulería misógina, Rafael Hernando demostró que uno de los ejes esenciales de la subjetividad masculina dominante es el desprecio de las mujeres, la negación de su individualidad y autoridad, así como la necesidad de empequeñecerlas a ellas para que nosotros podamos vernos el doble de nuestro tamaño natural. Algo que ya nos descubriera con su lucidez preclara Virginia Woolf a la que me imagino que Hernando y su fratría de iguales no tienen entre sus lecturas de cabecera.

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El cine es cosa de hombres

Hace apenas unas semanas se publicaba un reportaje en el periódico El País en el que, con el título  “Cine contra viento y marea”, se hacía un diagnóstico de nuestra industria cinematográfica en estos momentos de crisis. El lector que llegado de un “planeta” lejano se acercara al reportaje podría fácilmente sacar la conclusión de que el cine español es cosa de hombres y que las mujeres en él son apenas la excepción que confirma la regla. De entrada, en la fotografía central que lo ilustra aparecen ocho directores de cine y una sola directora, como también es solo una mujer, Iciar Bollaín, la que ofrece su testimonio junto a una larga lista de colegas varones. Además se incluía el listado de películas españolas a competición en el festival de cine de San Sebastián, en el que observamos que de un total de 16 títulos solo 3 han sido dirigidos por mujeres. Y es curioso también como dos de esas tres producciones no sean películas de ficción sino documentales, lo cual nos abriría un interesante debate en torno a las causas de por qué en los últimos tiempos parecen ellas las más proclives a realizar ese tipo de cine. Una opción que tal vez tenga que ver con los obstáculos que siguen encontrando en una industria en la que continúa reflejándose con contundencia el patriarcado.

Aunque a estas alturas debería ser una obviedad, no está mal recordar en estos tiempos de “neomachismo” que el patriarcado se proyecta no solo en unas determinadas relaciones de poder en nuestras sociedades sino también en un determinado orden cultural basado en una diferenciación jerárquica entre hombres y mujeres. A partir de una serie de binarios que durante siglos han dominado nuestra percepción de la realidad – masculino/femenino, público/privado, producción/reproducción, razón/emoción- y de la consagración del hombre como referencia de lo universal, el patriarcado ha prorrogado la subordinación de las mujeres. Una posición que, pese a todas las conquistas que los países democráticos se fueron alcanzando en el siglo XX, se mantiene como demuestran los datos objetivos que nos continúan enfrentando el lugar privilegiado de nosotros frente al precario, y en muchas ocasiones invisible, que ocupan ellas.

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