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Pablo García de Vicuña

Profesor de la red pública. Responsable de la Federación de Enseñanza de Comisiones Obreras Euskadi

  • Reacciones a sus artículos en eldiario.es: 6

Neurociencia y educación

“Hay muchas intuiciones que sabemos que funcionan en el aula escolar y ahora la neurociencia las confirma con argumentación  científica”. Escuchar estas palabras de boca de una reputada comunicadora como la Dra. Begoña Ibarrola (“Neurodidáctica. Cómo hacer que nuestros alumnos aprendan mejor”) tengo que reconocer que tranquilizaron la inquietud que sentía en el Palau de Congresos de Tarragona, desde el momento en que dio comienzo el I Congreso sobre neurociencia en el aula. Una disciplina, la neurociencia, de la que había oído hablar, pero desconocía prácticamente todo. Me sonaba a pedagogía profunda, a investigadores/as del cerebro que desde sus experimentos pretenden complicar la labor del profesorado con teorías de laboratorio, difícilmente extrapolables a personas con sentimientos y problemas complejos como los que se ven a diario en los centros educativos.

Pero no era así. El Congreso 'EduMinUp', organizado por el  Collegi Sant Pau Apostol y la Fundació Sant Fructuós, prometía, por tanto, desterrar escepticismos y acercar conocimientos científicos y prácticas educativas. Allí estaba, entre otros ponentes, una comunicadora de la educación que desmitificaba la complejidad de tal disciplina y ofrecía guiños cómplices para acercar a incrédulos e inexpertos cursillistas como yo. Y apoyaba su argumentación la bilbaína Ibarrola transmitiendo varias claves a los más de 600 congresistas para aprender mejor la forma de emocionar al alumnado. (Varios fueron los y las ponentes de ese fin de semana que insistieron en el alto valor de las emociones para conseguir la atención en el complicado proceso de aprendizaje). Citaré sólo las más relevantes: el entusiasmo en la motivación, las experiencias de éxito, la confianza  y la esperanza en el intento de logro, el tiempo para el descanso, la desconexión, el sueño y el ejercicio físico, o la importancia de la memoria, por citar algunas de las más destacadas.

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Razones para una huelga en la educación vasca

Son unos cuantos los años que algunos llevamos en esto que suele llamarse con cierto misterio, negociación colectiva, como para pensar que cuando la administración educativa, patronal de las y los trabajadores dependientes de la red pública vasca, convoca  una mesa de trabajo -tras prácticamente dos años de silencio- no dudemos de que lo hace con intención de aportar novedades, gestionar tiempos, posibilitar acuerdos.

Además, por si aún quedasen personas que hacen de la incredulidad virtud, estaban las palabras de la consejera Uriarte, para convencerlas de su error, exhortando a las organizaciones sindicales convocantes de dos huelgas en este mes de mayo a deponer su actitud y acudir a la negociación. “Se juega mucho la educación pública de este país como para no asistir a la negociación de un acuerdo laboral que sustituya al actual prorrogado”, venían a decir sus palabras. Se trataba de un envite político que ningún sindicato de enseñanza vasco se podía permitir el lujo de esquivar.

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Pido la palabra por la Educación

Pido la palabra por la Educación, porque es el principal instrumento para el progreso humano de las sociedades en un mundo cada vez más cambiante y complejo. Sin educación no hay futuro, ni respeto a los derechos humanos. Sin educación se vulnera la dignidad del ser humano en su más profunda identidad.

Pido la palabra por la Educación, porque es necesario convencer a la ciudadanía de que si es un derecho debe convertirse en una realidad para toda la humanidad. También, por tanto,  para los más de 250 millones de infantes, jóvenes y adolescentes que hoy en día, especialmente en el África subsahariana permanecen sin escolarizar.

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El difícil camino de la innovación educativa

“Las críticas principales que se hacen a la escuela actual son: uno, el enciclopedismo del programa y planes de estudios al que se ha de someter toda actividad didáctica a pesar de la superficialidad de los aprendizajes; dos, el didactismo donde prevalece la instrucción académica por encima de la educación y desarrollo integral de los niños según su edad; tres, la preeminencia de la lección verbal del profesor en detrimento de las actividades, los juegos y el contacto con la naturaleza y el entorno social; y cuatro, el enfoque centrado en el profesor “magister dixit” como fuente de instrucción, disciplina y autoridad”.

No creo confundirme mucho si afirmo que el párrafo anterior sería suscrito por el cien por cien de cuantas personas se mueven en el entorno actual de nuestra escuela; quizás, si nos ponemos un tanto puristas, encontremos alguien que no sintonice con la última de las razones ofrecidas –probablemente por considerar hoy en día al profesorado con menos autoridad, cada vez, sufrir las acometidas de indisciplina cotidianas en el aula y/o dudar de ser fuente de “algo”-. Incluso podemos encontrar quien se aleje de la tercera crítica, entendiendo que el avance de las TICs y de las redes sociales imposibilita el sentido unidireccional del aprendizaje tradicional.

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Auschwitz y la oportunidad perdida

La pasada semana, mientras la mayor parte de quienes trabajan en el ámbito educativo se encontraban disfrutando de las merecidas vacaciones de Pascua, un centenar largo de estudiantes vascos tenía una experiencia única que difícilmente podrá olvidar durante el resto de su vida. Formaron parte de una expedición vasca encabezada por el lehendakari Urkullu y otros representantes políticos que visitaban los campos de exterminio de Auschwitz con el objetivo de aunar culturalmente dos pueblos –polaco y vasco- víctimas del sufrimiento que la violencia y las guerras provocan.

El acto central de hermanamiento entre estas culturas lo representaban Oswiecim y Gernika, localidades que conocieron en vivo y en directo las atrocidades provocadas por el ser humano en la primera mitad del siglo XX, pero que es consustancial a cualquier otro momento, cada vez que pierde su condición de tal y se transforma en un ser despreciable.

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Reflexiones en Pasión

Estos días vacacionales son muy dados a noticias intranscendentes que pretenden no distraer el tiempo de asueto, sino adaptarse a ese clima de tranquilidad propicio para no estropear sonrisas, bromas intranscendentes y paseos kilométricos. Siempre, sin embargo, hay alguien encargado de contravenir las normas de la buena ciudadanía: hoy Trump, con su madre de todas las bombas; ayer, yihadistas empeñados en boicotear destinos turísticos. Otras noticias, que buscan tranquilizar conciencias en estos días de holganza, a veces provocan la reacción contraria. Ha ocurrido con dos cortos informativos que más que ayudar, han añadido pesimismo e intranquilidad a estas fechas de descanso.

La primera de las noticias que perturbó esta holganza hacía referencia al gasto medio que los y las españolas realizaríamos en Semana Santa (elEconomista.es). Ni más ni menos que 874 euros por persona, un 15% más que el año anterior. El medio online se hacía eco de un estudio del portal Kelisto.es que hablaba –en tono muy aséptico- de que la mayoría de las personas encuestadas pagaría estos gastos sin recurrir a préstamos. Una cierta tranquilidad para quienes pensamos que estábamos de nuevo en el inicio de otra burbuja financiera, cuando la irresponsabilidad de unos cuantos desalmados llevó a muchos otros inconscientes a sufragar con dinero ficticio caprichos inasumibles.

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Un barómetro para descreídos

El segundo de los grupos, el de la resignación, no es nuevo. Lleva mucho, mucho tiempo entre nosotros/as y vive de la desconfianza en que nada de lo que se invente o proponga servirá como mejora de la realidad actual, porque el mundo hace mucho tiempo ya que está descubierto y el reparto del pastel realizado. Suele ver con frecuencia la botella medio vacía y rechaza cuantas opciones de lucha por algo distinto se le plantea. Los y las integrantes de este grupo suelen reconocerse como realistas convencidos/as y se mofan de quienes proponen movimientos de cambio, luchas sociales o acciones reivindicativas con el contundente reproche a ilusos/as utópicos/as. Se agrupan en torno a la socorrida frase del “ las cosas no pueden ser de otra manera”, que resume su nihilista modo de vida. Paulo Freire decía al respecto de esta frase: “Tal afirmación es uno de los muchos medios con los que los dominantes intentan abortar la resistencia de los dominados”. Quienes así ven la vida han llegado a ese convencimiento desde la experiencia personal, cuando sus intentos de innovar les resultaron baldíos, o desde la inoculación religiosa-familiar de evitar el conflicto, tan santificado por nuestras familias que conocieron y sufrieron el franquismo. En todo caso, su esperanza quedó pulverizada en la inmovilidad de un presente aplastante , ante el que conviene no dañar.

Más difuso se presenta el tercer grupo, de mayor dificultad de concreción, aunque sus miembros siguen teniendo un elemento común que les une y que acertadamente ha definido el pensador Zygmunt Bauman en su obra póstuma, “Retrotopía” (Paidós, 2017), y que años antes, el sociólogo Alain Minc (“La Nueva Edad Media”, Temas de Hoy, 1994) había también retratado. Quienes aquí anidan buscan en el pasado la respuesta a los problemas actuales. Lo ya vivido o experimentado por otros/as adquiere para este grupo el carácter de solución. Podemos volver la vista atrás porque es probable que allí se encuentren respuestas desestimadas, que tienen aún recorrido. Con excepciones, aquí se identifican aquellos/as de “ Cualquier tiempo pasado fue mejor”.

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La reunión que pudo ser

Atravesó la enorme sala de reuniones, repartiendo sonrisas de compromiso a derecha e izquierda. Acompañaba su caminar hacia la mesa desde la que presidiría la reunión, con leves gestos de cabeza, agradeciendo su presencia a las y los asistentes. Pero sus intentos por disimular la decepción que le suponía la escasa respuesta obtenida a esa convocatoria, resultaban poco creíbles. -“¿Por qué tan reducida presencia? ¡No ha habido fallos en una convocatoria que hemos realizado con mimo! ¡Con más de tres semanas de antelación!¡Si sospechasen con qué premura andamos en el día a día!-

La excitación iba creciendo pareja al asombro que le producía avanzar apenas hacia la ansiada mesa presidencial -¡Vengo rodeado de todo mi equipo, Alazne, María, Francisco! ¡Hasta Celia ha tenido la deferencia de anular un par de actos comprometidos, para dar realce a nuestra reunión! ¿Será la hora de la convocatoria –en plena digestión vespertina- la que ha provocado este desastre? ¡Sí, sí, desastre! ¿Cómo calificar si no las escasas siete presencias institucionales? ¡Son más de veinte las firmantes del acuerdo que tanto costó cerrar! ¿Dónde se han quedado? ¿Por qué esta soledad? ¿Se trata de un desplante?”-

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A vueltas con la calidad del profesorado

Llevamos ya una larga temporada en la que los temas de educación ocupan buena parte de las tertulias mediáticas de este país. Si no es competir sobre los resultados PISA es aportar opinión fundada –o no- de las necesidades y ventajas del pacto educativo. Cuando se araña la primera capa de esmalte aparecen pequeñas grietas en tal unanimidad sobre la conveniencia del adjetivo a colocar junto al término pacto: ¿político? ¿social? ¿solo uno de ellos? ¿ambos a la vez? Y mientras tanto, pasan los días, envejecemos y la educación vasca sigue su propio derrotero, teóricamente ofrecer el mejor servicio posible a la comunidad a la que atiende.

Jaume Funes, escritor, psicólogo y periodista, con muchos años de experiencia en el ámbito de la docencia en cualquiera de sus formas (reglada, no reglada, de adultos, adolescentes,…) recordaba recientemente en una conferencia impartida en Bilbao ('Educar en la adolescencia', CCOO Irakaskuntza) que educar es acompañar al alumnado en su proceso de enseñanza-aprendizaje sin exageración, mostrando la humanidad del y de la docente, sus aciertos y limitaciones; nuestra ventaja sobre el discente no es la sabiduría, sino el control de la experiencia. No podemos seguir pretendiendo demostrar que somos fuente inagotable de información cuando las enciclopedias y, especialmente la wikipedia (cuando no el Rincón del Vago), nos adelantan por la izquierda y por la derecha.

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¡Aquellas chiquilladas!

Cada vez es más frecuente, al menos para quienes peinamos canas hace años, recordar nuestros sucesos de juventud con esa nostalgia creciente que nos rodea de buenos recuerdos y aísla las malas experiencias. En reuniones cincuentonas, siempre aparece alguien que recupera del olvido escolar a la Señorita Pilar, que solo se diferenciaba de tu madre por el color de la bata, o a Don Domingo, quien suplía sus carencias profesionales con la vara, su bigote irreproducible y ese tratamiento de Vd. que nunca entendimos. Suele ser habitual también en estos “revivals” ese suspirito estilo “¡Qué tiempos aquellos!” que, tras un silencio general, invita a iniciar conversaciones más actuales.  En ocasiones, las menos, hay quien recuerda alguna anécdota relacionada con trastadas de compañeros/as, o a Miguelito y a Begoña que eran los más “guays” o los más pelotas. Prácticamente nadie menciona esa mala experiencia, aquella larga temporada de miedos y noches sin dormir que suponían ciertas chiquilladas.

Y es que no podía ser de otra manera. Cuando veíamos en las aulas ciertas actitudes de algunos/as “compas” con otras/os, sólo cabían dos opciones: participar de la chanza y aumentar la sensación de ridículo que  la víctima iba adquiriendo en su soledad o alejarse de esos actos, guardando siempre la imagen de alguien independiente. La tercera posibilidad, la más valiente, la de ayudar a la víctima y enfrentarse con los/as acosadoras/es, esa sólo estaba,  por desgracia, al alcance de héroes maduros.

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