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Pablo García de Vicuña

Profesor de la red pública. Responsable de la Federación de Enseñanza de Comisiones Obreras Euskadi

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Pero, ¿qué tipo de Escuela Pública defiende la Consejera Uriarte?

Hace un par de años me hacía una pregunta similar en otro artículo [“¿Existe escuela pública para el Departamento de Educación?”. El Correo], al hilo de dos lecturas que hablaban de los peligros de la implantación de la ideología conservadora en el mundo educativo. Los dos autores leídos (Owen Jones y Jurjo Torres, desde distintos ángulos) insistían en la amplia gama de recursos utilizados por el capitalismo voraz, una vez oteada una presa tan atractiva -y, hasta cierto punto, virgen- como la educación pública mundial.

La estrategia no por simple resulta menos efectiva. Primero, se trata de generar desprestigio sobre lo público (falta de rendimiento según estándares privados, baja calidad de servicio a la ciudadanía, mezcla de sexos y categorías sociales, escaso interés por la excelencia educativa… Ineficacia en suma, si se atiende exclusivamente a parámetros privados). Después, un paso más sibilino: ofrecer determinadas soluciones a los grandes problemas del sector educativo, siempre desde la oferta privada: idearios de centro -para acabar con la anarquía ideológica reinante-, selección de las familias -para obtener el alumnado deseado-, tecnificación puntera de infraestructura y materiales escolares -para mostrar distancia con la otra escuela-. Educar para el siglo XXI, dicen, cuando lo que pretenden en demasiadas ocasiones es tan solo mantener el prestigio de centros rancios, cuya maquillaje no consigue eliminar el fuerte olor a naftalina.

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'+ x –'

La expresión comercial “Más por menos” está plenamente aceptada en nuestra sociedad. Difícil será encontrar alguien que no haya leído, pronunciado o escuchado este eslogan mercantil. La idea –expresión exitosa del capitalismo más voraz- es sencilla: convencernos de aumentar nuestro nivel de consumo con la garantía de que saldremos beneficiados/as, pese a desembolsar un gasto mayor del inicialmente previsto. En esencia, se trata de una figura retórica (“Pague 2 y llévese 3”, “El 2º producto al -70% de su valor”,…) que pretende avisarnos de que ignorar una premisa que encontramos diariamente en cualquier supermercado o centro comercial nos conducirá inexorablemente al banquillo de los/as pánfilos/as: no haber aprovechado la magnífica oferta que se nos presentaba. Y es que no está el mundo actual para quedar señalado con el dedo y convertirse en objeto de mofa ciudadana.

Además, como vivimos sumergidos/as en un mundo plenamente tecnificado y tuiteado, el eslogan se ha simplificado, en aras de consumir, de un lado, más productos ofertados; de otro, cada vez menos caracteres y desgaste salival. Es el momento del “+ x –“. Cuesta unos segundos más identificar el mensaje, pero quedamos rápidamente satisfechos/as cuando desentrañamos el jeroglífico y nos reconocemos en las redes sociales ¡Estamos en la onda!

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(C)alentando la próxima Mesa Sectorial de Educación

Siempre he pensado que la expresión “tragarse un sapo” estaba vinculada a personas que con cierta responsabilidad política, económica o social se desayunaban una mañana con noticias desagradables que, bien cuestionaban su trabajo cotidiano público, bien eran sorprendidas con decisiones de contrincantes que despreciaban su labor. Pues, no. Resulta que también uno, insignificante gota en el océano ciudadano, puede y debe sentirse obligado a aceptar un hecho que le genera fastidio (“¿Qué hago? ¿La despido con cajas destempladas o me trago el sapo?” 'La Tía Julia y el escribidor', 2016) y debe desayunarse un batracio que nunca se convertirá en princesa (permítaseme la licencia cuentil).

Ocurrió la mañana del caluroso domingo pasado, mientras disfrutaba de un café en una terraza veraniega. El sapo –con perdón-, era la entrevista con Olatz Garamendi,  viceconsejera de Administración y Servicios del Departamento de Educación del Gobierno vasco, aparecida en el diario El Correo. El titular de la noticia ya prometía juego: “La huelga no está justificada, los profesores (supongo que también se refería a las profesoras) tienen buenas condiciones laborales”. Y la respuesta a la primera pregunta de la periodista, negando los recortes educativos, confirmaba lo esperado: la Administración educativa vasca vive en una realidad paralela a la que percibimos diariamente más de 25.000 profesionales de la educación pública autonómica.

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¿Y por qué no educar desde la política (pública)?

Sin ánimo de agotar el interesante binomio política-educación tratado en el anterior artículo, estas líneas pretenden tratar un asunto que quedó sin valorar entonces: la política educativa.

No descubro nada nuevo al mencionar que el fin del monopolio que durante siglos la Iglesia mantuvo sobre la educación se puede cifrar en la eclosión de las revoluciones liberales, a fines del siglo XVIII en Europa y América. La consolidación de los estados nacionales trajo consigo una primera acción que modificaría definitivamente el sistema de enseñanza-aprendizaje. Los nuevos sistemas educativos, configurados desde entonces como universales y obligatorios, buscarán afianzar un doble objetivo: la formación de ciudadanía y la preparación técnica para el mundo del trabajo.

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¿Despolitizar la educación?

“La política es el arte de buscar problemas, encontrarlos, hacer un diagnóstico falso y aplicar después los remedios equivocados”

Probablemente esta curiosa cita del inmortal Groucho Marx será suscrita por más de una persona. Unas lo harán saturadas por el hartazgo que supone la inagotable información sobre la corrupción instalada en nuestro sistema político. Otras, las más puristas, porque con angelical visión pretenden tratar la política como una práctica humana que contamina cualquier cuestión que roza, hasta hacerla inservible; la educación, por ejemplo.

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El Supremo y la educación segregada

El mundo educativo con cierta e indisimulada osadía, suele vivir de espaldas a las resoluciones, sentencias y demás producción jurídica que ofrecen diariamente las distintas instancias de nuestro complejo sistema judicial. Probablemente, salvo en el propio saber que bebe del aprendizaje jurídico expreso –donde la mayoría de tales decisiones son estudiadas y desmenuzadas en un análisis exhaustivo- el resto de la comunidad educativa no tiene en la Justicia más interés que el que emana de su condición de ser un poder –o contrapoder en sentido “montesquieniano”- para conformar la condición de ciudadanía.

Es cierto, sin embargo, que la proliferación en los últimos años de noticias judiciales, consecuencia de la abultada presencia de delitos de corrupción entre nuestra clase política, nos ha familiarizado a la mayoría social con términos como suplicatorio, recurso de casación o voto particular. Una vez más, la realidad viene en ayuda de la propia docencia, a la hora de hacer aprehensibles términos excesivamente teóricos. (Hace unos años, la juventud identificaba con precipitada inocencia el Tribunal Superior de Justicia del País Vasco con “Doce hombres sin piedad” -la película de Lumet que encumbró a Henry Fonda-, o al fiscal general del Estado con el Perry Mason televisivo. Tal era la lejanía con la que los asuntos judiciales se percibía en su propia realidad cotidiana).

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Neurociencia y educación

“Hay muchas intuiciones que sabemos que funcionan en el aula escolar y ahora la neurociencia las confirma con argumentación  científica”. Escuchar estas palabras de boca de una reputada comunicadora como la Dra. Begoña Ibarrola (“Neurodidáctica. Cómo hacer que nuestros alumnos aprendan mejor”) tengo que reconocer que tranquilizaron la inquietud que sentía en el Palau de Congresos de Tarragona, desde el momento en que dio comienzo el I Congreso sobre neurociencia en el aula. Una disciplina, la neurociencia, de la que había oído hablar, pero desconocía prácticamente todo. Me sonaba a pedagogía profunda, a investigadores/as del cerebro que desde sus experimentos pretenden complicar la labor del profesorado con teorías de laboratorio, difícilmente extrapolables a personas con sentimientos y problemas complejos como los que se ven a diario en los centros educativos.

Pero no era así. El Congreso 'EduMinUp', organizado por el  Collegi Sant Pau Apostol y la Fundació Sant Fructuós, prometía, por tanto, desterrar escepticismos y acercar conocimientos científicos y prácticas educativas. Allí estaba, entre otros ponentes, una comunicadora de la educación que desmitificaba la complejidad de tal disciplina y ofrecía guiños cómplices para acercar a incrédulos e inexpertos cursillistas como yo. Y apoyaba su argumentación la bilbaína Ibarrola transmitiendo varias claves a los más de 600 congresistas para aprender mejor la forma de emocionar al alumnado. (Varios fueron los y las ponentes de ese fin de semana que insistieron en el alto valor de las emociones para conseguir la atención en el complicado proceso de aprendizaje). Citaré sólo las más relevantes: el entusiasmo en la motivación, las experiencias de éxito, la confianza  y la esperanza en el intento de logro, el tiempo para el descanso, la desconexión, el sueño y el ejercicio físico, o la importancia de la memoria, por citar algunas de las más destacadas.

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Razones para una huelga en la educación vasca

Son unos cuantos los años que algunos llevamos en esto que suele llamarse con cierto misterio, negociación colectiva, como para pensar que cuando la administración educativa, patronal de las y los trabajadores dependientes de la red pública vasca, convoca  una mesa de trabajo -tras prácticamente dos años de silencio- no dudemos de que lo hace con intención de aportar novedades, gestionar tiempos, posibilitar acuerdos.

Además, por si aún quedasen personas que hacen de la incredulidad virtud, estaban las palabras de la consejera Uriarte, para convencerlas de su error, exhortando a las organizaciones sindicales convocantes de dos huelgas en este mes de mayo a deponer su actitud y acudir a la negociación. “Se juega mucho la educación pública de este país como para no asistir a la negociación de un acuerdo laboral que sustituya al actual prorrogado”, venían a decir sus palabras. Se trataba de un envite político que ningún sindicato de enseñanza vasco se podía permitir el lujo de esquivar.

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Pido la palabra por la Educación

Pido la palabra por la Educación, porque es el principal instrumento para el progreso humano de las sociedades en un mundo cada vez más cambiante y complejo. Sin educación no hay futuro, ni respeto a los derechos humanos. Sin educación se vulnera la dignidad del ser humano en su más profunda identidad.

Pido la palabra por la Educación, porque es necesario convencer a la ciudadanía de que si es un derecho debe convertirse en una realidad para toda la humanidad. También, por tanto,  para los más de 250 millones de infantes, jóvenes y adolescentes que hoy en día, especialmente en el África subsahariana permanecen sin escolarizar.

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El difícil camino de la innovación educativa

“Las críticas principales que se hacen a la escuela actual son: uno, el enciclopedismo del programa y planes de estudios al que se ha de someter toda actividad didáctica a pesar de la superficialidad de los aprendizajes; dos, el didactismo donde prevalece la instrucción académica por encima de la educación y desarrollo integral de los niños según su edad; tres, la preeminencia de la lección verbal del profesor en detrimento de las actividades, los juegos y el contacto con la naturaleza y el entorno social; y cuatro, el enfoque centrado en el profesor “magister dixit” como fuente de instrucción, disciplina y autoridad”.

No creo confundirme mucho si afirmo que el párrafo anterior sería suscrito por el cien por cien de cuantas personas se mueven en el entorno actual de nuestra escuela; quizás, si nos ponemos un tanto puristas, encontremos alguien que no sintonice con la última de las razones ofrecidas –probablemente por considerar hoy en día al profesorado con menos autoridad, cada vez, sufrir las acometidas de indisciplina cotidianas en el aula y/o dudar de ser fuente de “algo”-. Incluso podemos encontrar quien se aleje de la tercera crítica, entendiendo que el avance de las TICs y de las redes sociales imposibilita el sentido unidireccional del aprendizaje tradicional.

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