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Pablo García de Vicuña

Profesor de la red pública. Responsable de la Federación de Enseñanza de Comisiones Obreras Euskadi

  • Reacciones a sus artículos en eldiario.es: 8

Para empezar, educación inclusiva

Puedo afirmar sin temor a equivocarme que la inmensa mayoría del profesorado, en esos días previos al inicio de un nuevo curso, ha dedicado un tiempo importante a reflexionar sobre el curso profesional que se le aproxima. Estará expectante ante la eterna duda que tiene sobre sus jefes/as políticos/as, si, por fin, alguien de cuantas personas tienen que tomar decisiones administrativas sobre su futuro, entiende sus razones profundas cada vez que se moviliza y está dispuesto/a a solucionarlas. También se encontrará inquieto/a ante la respuesta que reciba de su entorno social. Pero, sobre todo, estará ilusionado/a por conocer a su nuevo alumnado y ayudarle a continuar/empezar el camino educativo con la máxima eficacia y empatía.

Para entonces, el profesorado habrá valorado ya las iniciativas previstas para cambiar aquello que no ha funcionado el curso anterior con algunos educandos; habrá revisado esas otras que necesitan ajustes para extenderlas al gran grupo y se habrá enzarzado en una fuerte discusión interna sobre la manera más adecuada de llegar a la totalidad del alumnado que tendrá en ese curso nuevo, a punto de iniciar.

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Septiembre en Lakua

Hace ya unos cuantos años que la Consejería de Educación vasca decidió sustituir los exámenes de septiembre por otros en junio (o julio,  si la etapa es universitaria). Tal medida administrativa fue pionera entonces en España, pero cada vez más Comunidades Autónomas están adoptando la misma posición. Ciertamente, poco se ha analizado aún la adecuación de tal cambio en el calendario, que respondió principalmente a criterios de planificación educativa (iniciar el nuevo curso escolar con el alumnado encuadrado definitivamente en el nivel, curso o etapa correspondiente, sin las decisiones y medidas de última hora que provocaba la convocatoria de septiembre anterior) y menos a decisiones pedagógicas (¿tiene opciones reales de recuperación de las asignaturas suspendidas el alumnado que debe prepararlas en apenas 5-10 días?)

Pero, aunque cada vez parece haber más voces discordantes con la opción actual, nadie ha roto una lanza por una revisión de tal decisión. Septiembre ha perdido el calor ambiental de los sofocos estudiantiles para sustituirlo por el agobio enfermizo de la vuelta al trabajo y el anhelo visual de las próximas vacaciones, ostensiblemente señaladas ya en el calendario.

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Sobre la pobreza

-Ya ven ustedes –repuso mi padre-; a pesar de que ustedes (los británicos ) dicen que todos los países son iguales, en España no se dejaría a estos vagabundos tirados en el parque.

-¿Pues qué harían con ellos?- preguntó Roche. 

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Pero, ¿qué tipo de Escuela Pública defiende la Consejera Uriarte?

Hace un par de años me hacía una pregunta similar en otro artículo [“¿Existe escuela pública para el Departamento de Educación?”. El Correo], al hilo de dos lecturas que hablaban de los peligros de la implantación de la ideología conservadora en el mundo educativo. Los dos autores leídos (Owen Jones y Jurjo Torres, desde distintos ángulos) insistían en la amplia gama de recursos utilizados por el capitalismo voraz, una vez oteada una presa tan atractiva -y, hasta cierto punto, virgen- como la educación pública mundial.

La estrategia no por simple resulta menos efectiva. Primero, se trata de generar desprestigio sobre lo público (falta de rendimiento según estándares privados, baja calidad de servicio a la ciudadanía, mezcla de sexos y categorías sociales, escaso interés por la excelencia educativa… Ineficacia en suma, si se atiende exclusivamente a parámetros privados). Después, un paso más sibilino: ofrecer determinadas soluciones a los grandes problemas del sector educativo, siempre desde la oferta privada: idearios de centro -para acabar con la anarquía ideológica reinante-, selección de las familias -para obtener el alumnado deseado-, tecnificación puntera de infraestructura y materiales escolares -para mostrar distancia con la otra escuela-. Educar para el siglo XXI, dicen, cuando lo que pretenden en demasiadas ocasiones es tan solo mantener el prestigio de centros rancios, cuya maquillaje no consigue eliminar el fuerte olor a naftalina.

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'+ x –'

La expresión comercial “Más por menos” está plenamente aceptada en nuestra sociedad. Difícil será encontrar alguien que no haya leído, pronunciado o escuchado este eslogan mercantil. La idea –expresión exitosa del capitalismo más voraz- es sencilla: convencernos de aumentar nuestro nivel de consumo con la garantía de que saldremos beneficiados/as, pese a desembolsar un gasto mayor del inicialmente previsto. En esencia, se trata de una figura retórica (“Pague 2 y llévese 3”, “El 2º producto al -70% de su valor”,…) que pretende avisarnos de que ignorar una premisa que encontramos diariamente en cualquier supermercado o centro comercial nos conducirá inexorablemente al banquillo de los/as pánfilos/as: no haber aprovechado la magnífica oferta que se nos presentaba. Y es que no está el mundo actual para quedar señalado con el dedo y convertirse en objeto de mofa ciudadana.

Además, como vivimos sumergidos/as en un mundo plenamente tecnificado y tuiteado, el eslogan se ha simplificado, en aras de consumir, de un lado, más productos ofertados; de otro, cada vez menos caracteres y desgaste salival. Es el momento del “+ x –“. Cuesta unos segundos más identificar el mensaje, pero quedamos rápidamente satisfechos/as cuando desentrañamos el jeroglífico y nos reconocemos en las redes sociales ¡Estamos en la onda!

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(C)alentando la próxima Mesa Sectorial de Educación

Siempre he pensado que la expresión “tragarse un sapo” estaba vinculada a personas que con cierta responsabilidad política, económica o social se desayunaban una mañana con noticias desagradables que, bien cuestionaban su trabajo cotidiano público, bien eran sorprendidas con decisiones de contrincantes que despreciaban su labor. Pues, no. Resulta que también uno, insignificante gota en el océano ciudadano, puede y debe sentirse obligado a aceptar un hecho que le genera fastidio (“¿Qué hago? ¿La despido con cajas destempladas o me trago el sapo?” 'La Tía Julia y el escribidor', 2016) y debe desayunarse un batracio que nunca se convertirá en princesa (permítaseme la licencia cuentil).

Ocurrió la mañana del caluroso domingo pasado, mientras disfrutaba de un café en una terraza veraniega. El sapo –con perdón-, era la entrevista con Olatz Garamendi,  viceconsejera de Administración y Servicios del Departamento de Educación del Gobierno vasco, aparecida en el diario El Correo. El titular de la noticia ya prometía juego: “La huelga no está justificada, los profesores (supongo que también se refería a las profesoras) tienen buenas condiciones laborales”. Y la respuesta a la primera pregunta de la periodista, negando los recortes educativos, confirmaba lo esperado: la Administración educativa vasca vive en una realidad paralela a la que percibimos diariamente más de 25.000 profesionales de la educación pública autonómica.

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¿Y por qué no educar desde la política (pública)?

Sin ánimo de agotar el interesante binomio política-educación tratado en el anterior artículo, estas líneas pretenden tratar un asunto que quedó sin valorar entonces: la política educativa.

No descubro nada nuevo al mencionar que el fin del monopolio que durante siglos la Iglesia mantuvo sobre la educación se puede cifrar en la eclosión de las revoluciones liberales, a fines del siglo XVIII en Europa y América. La consolidación de los estados nacionales trajo consigo una primera acción que modificaría definitivamente el sistema de enseñanza-aprendizaje. Los nuevos sistemas educativos, configurados desde entonces como universales y obligatorios, buscarán afianzar un doble objetivo: la formación de ciudadanía y la preparación técnica para el mundo del trabajo.

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¿Despolitizar la educación?

“La política es el arte de buscar problemas, encontrarlos, hacer un diagnóstico falso y aplicar después los remedios equivocados”

Probablemente esta curiosa cita del inmortal Groucho Marx será suscrita por más de una persona. Unas lo harán saturadas por el hartazgo que supone la inagotable información sobre la corrupción instalada en nuestro sistema político. Otras, las más puristas, porque con angelical visión pretenden tratar la política como una práctica humana que contamina cualquier cuestión que roza, hasta hacerla inservible; la educación, por ejemplo.

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El Supremo y la educación segregada

El mundo educativo con cierta e indisimulada osadía, suele vivir de espaldas a las resoluciones, sentencias y demás producción jurídica que ofrecen diariamente las distintas instancias de nuestro complejo sistema judicial. Probablemente, salvo en el propio saber que bebe del aprendizaje jurídico expreso –donde la mayoría de tales decisiones son estudiadas y desmenuzadas en un análisis exhaustivo- el resto de la comunidad educativa no tiene en la Justicia más interés que el que emana de su condición de ser un poder –o contrapoder en sentido “montesquieniano”- para conformar la condición de ciudadanía.

Es cierto, sin embargo, que la proliferación en los últimos años de noticias judiciales, consecuencia de la abultada presencia de delitos de corrupción entre nuestra clase política, nos ha familiarizado a la mayoría social con términos como suplicatorio, recurso de casación o voto particular. Una vez más, la realidad viene en ayuda de la propia docencia, a la hora de hacer aprehensibles términos excesivamente teóricos. (Hace unos años, la juventud identificaba con precipitada inocencia el Tribunal Superior de Justicia del País Vasco con “Doce hombres sin piedad” -la película de Lumet que encumbró a Henry Fonda-, o al fiscal general del Estado con el Perry Mason televisivo. Tal era la lejanía con la que los asuntos judiciales se percibía en su propia realidad cotidiana).

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Neurociencia y educación

“Hay muchas intuiciones que sabemos que funcionan en el aula escolar y ahora la neurociencia las confirma con argumentación  científica”. Escuchar estas palabras de boca de una reputada comunicadora como la Dra. Begoña Ibarrola (“Neurodidáctica. Cómo hacer que nuestros alumnos aprendan mejor”) tengo que reconocer que tranquilizaron la inquietud que sentía en el Palau de Congresos de Tarragona, desde el momento en que dio comienzo el I Congreso sobre neurociencia en el aula. Una disciplina, la neurociencia, de la que había oído hablar, pero desconocía prácticamente todo. Me sonaba a pedagogía profunda, a investigadores/as del cerebro que desde sus experimentos pretenden complicar la labor del profesorado con teorías de laboratorio, difícilmente extrapolables a personas con sentimientos y problemas complejos como los que se ven a diario en los centros educativos.

Pero no era así. El Congreso 'EduMinUp', organizado por el  Collegi Sant Pau Apostol y la Fundació Sant Fructuós, prometía, por tanto, desterrar escepticismos y acercar conocimientos científicos y prácticas educativas. Allí estaba, entre otros ponentes, una comunicadora de la educación que desmitificaba la complejidad de tal disciplina y ofrecía guiños cómplices para acercar a incrédulos e inexpertos cursillistas como yo. Y apoyaba su argumentación la bilbaína Ibarrola transmitiendo varias claves a los más de 600 congresistas para aprender mejor la forma de emocionar al alumnado. (Varios fueron los y las ponentes de ese fin de semana que insistieron en el alto valor de las emociones para conseguir la atención en el complicado proceso de aprendizaje). Citaré sólo las más relevantes: el entusiasmo en la motivación, las experiencias de éxito, la confianza  y la esperanza en el intento de logro, el tiempo para el descanso, la desconexión, el sueño y el ejercicio físico, o la importancia de la memoria, por citar algunas de las más destacadas.

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