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Raúl García Brink

Consejero de Desarrollo Económico, Energía e I+D+i del Cabildo de Gran Canaria.

Un 2018 azul para Gran Canaria

Tras la celebración de la  conferencia global de la ONU sobre desarrollo sostenible "Río + 20", conceptos como "Economía azul" y "Crecimiento azul" comenzaron a hacerse visibles en el discurso político internacional junto con términos afines como "economía verde" y "economía circular".

Los océanos y los mares cubren el 70% de la superficie de nuestro planeta, y ya juegan un papel relevante en la economía global, pero a medida que los recursos terrestres se vuelven más escasos, aquéllos se hacen cada vez más atractivos. La creciente comprensión del potencial económico desaprovechado del mar está impulsando un número creciente de iniciativas que tienen el concepto de "economía azul" en su núcleo. En este sentido, el Cabildo de Gran Canaria ha tomado parte activamente en las últimas ediciones de la Convención del Negocio Biomarino celebradas en Noruega y Canadá.

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El calentamiento global no cabe en la mochila del presidente

“Dependiendo de qué medidas tomen las personas para restringir las emisiones, para el final del siglo podríamos esperar que la temperatura media del planeta suba entre 1,4 y 6 ° C”. Spencer Weart, El Calentamiento Global.

Han pasado ya casi 10 años desde la publicación en castellano del contundente ensayo de Weart sobre la historia del descubrimiento científico del calentamiento global, pero, desgraciadamente, a pesar de los esfuerzos que se han realizado para lograr acuerdos encaminados a mitigar sus efectos, las señales de alarma cada vez más evidentes nos recuerdan la necesidad de intensificar los esfuerzos tanto a nivel local como global. Aunque algunas organizaciones no gubernamentales abogan por no sobrepasar los 1,5 grados de temperatura media global a finales de siglo, existe un consenso científico generalizado de un aumento de 2 grados como límite soportable para el planeta.

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Nos sobra energía

"Canarias es la Arabia Saudí de las energías renovables"

Jeremy Rifkin

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RIP por la Biodiversidad

Y afirmo que es un día triste porque nunca una proposición de ley había alcanzado una oposición tan clara desde todos los ámbitos imaginables: científicos, técnicos de la propia Consejería de Medio Ambiente, colegios profesionales, la universidad, los ecologistas, organizaciones científicas estatales e internacionales... La lista de voces contrarias a esta barbaridad es interminable. Pero interminables también son los intereses particulares que defiende el gobierno de ATI-CC y el Partido Popular, e inescrutables son los caminos que les alejan del bien común de todos los canarios.

Hay que decirlo bien alto: este nuevo catálogo supone un retroceso claro en la protección y conservación de nuestra biodiversidad y se está aprobando en el Parlamento para allanar los obstáculos judiciales con los que se han encontrado algunos megaproyectos como el de Granadilla.

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Barrer debajo de la alfombra

A nadie se le esconde ya la necesidad de gestionar con sentido común unos residuos que pueden convertirse en una fuente de riqueza y el catalizador de nuevos yacimientos de actividad económica. Desde Nueva Canarias hemos venido denunciando el estado en el que se encuentran, día sí y día no, los contenedores amarillos y azules, aunque ésa es sólo la punta de un iceberg al que perdemos de vista desde el momento en que dichos residuos se recogen y se depositan en el vertedero de El Salto del Negro. Y como casi nadie percibe el problema o bien porque no lo ve ?salvo que pase por la circunvalación con frecuencia- o bien porque no lo sufre, no suele ser éste un asunto objeto de debate político o ciudadano. Sin embargo, la gestión de los residuos sólidos urbanos es un problema al que, nos guste o no, debemos enfrentarnos más pronto que tarde, puesto que, por mucho que escondamos la porquería debajo de la alfombra, la colmatación de los vertederos se convertirá a medio plazo en un problema insostenible.

No es de recibo que una ciudad como Las Palmas de Gran Canaria gestione los residuos de manera anacrónica con unos niveles de reciclaje francamente mejorables y un tratamiento ?por llamarlo de alguna manera- totalmente obsoleto. Si la panorámica que diariamente se ofrece desde la circunvalación ya es de por sí preocupante, los relatos de los vecinos sobre camiones con residuos animales goteando por la carretera de acceso o de roedores que se han convertido en una parte más del paisaje de los barrios colindantes, nos confirman que detrás de los contenedores colmatados se esconde una realidad preocupante por insalubre e insostenible.

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Las Palmas-Copenhagen

Tanto Canarias como España han sido partícipes en las emisiones de gases de efecto invernadero sin que hasta el momento se hayan visualizado medidas efectivas para reducir o mitigar los efectos del cambio climático más allá de los discursos vacíos sobre el desarrollo sostenible. Llevamos prácticamente un década escuchando que vivimos en un planeta frágil y con recursos limitados o que nuestro bienestar no debe hipotecar el de las futuras generaciones, mientras se construía un número desproporcionado de viviendas o no se hacia nada por sacar al archipiélago del furgón de cola en lo que a energías renovables se refiere.

Resulta paradójico comprobar cómo existe un acuerdo "teórico" generalizado acerca de lo que se debe hacer para superar la encrucijada ambiental en la que nos encontramos: desde el cambio de modelo productivo del cemento y el ladrillo hacia uno con un mayor valor añadido pasando por políticas de ahorro y eficiencia energética y de residuo cero. A pesar de ello, la realidad nos muestra cotidianamente la falta de voluntad política para llevar a cabo una trasformación que indudablemente tendrá sus costes, pero que también supone un nuevo yacimiento de actividad empresarial y de empleo. En otras palabras: una parte importante de la ciudadanía está concienciada y existen nuevas tecnologías que permiten un desarrollo más sostenible, pero falta la voluntad política de unos líderes hipotecados por el corto plazo de las elecciones e incapaces de tener la audacia y la visión de futuro necesarios en este escenario post-Kyoto.

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La vida sigue igual

Hasta ahora todo parece seguir el guión habitual tras dos derrotas electorales. Sin embargo, lo que más me llama la atención de la catarsis impulsada por el sector marianista es su falta de credibilidad. ¿A qué se dedicó Rajoy durante la pasada legislatura? ¿Fue rehén, tal y como se nos está haciendo creer, de los aznaristas? En todo este asunto hay cosas que no encajan como, por ejemplo, la pérdida absoluta de protagonismo político de Manuel Pizarro. No parece lógico que Rajoy lo vendiera como el número dos y futuro supervicepresidente económico para después relegarlo al ostracismo. Da la impresión de que Pizarro le fue impuesto a Rajoy del mismo modo que lo fueron Zaplana y Acebes. Pobrecito. Ahora, tras cuatro años de calvario, de no ser el político centrado que realmente era, ha decidido tomar las riendas del partido para retornar a la Isla de los Bienaventurados centristas.

Es la misma estrategia diseñada por el equipo de Aznar en la década de los noventa para llegar al poder, aunque tras la mayoría absoluta se produjo el acto de transformismo político que ya muchos nos temíamos: se desprendió de la piel de cordero centrista y tuvimos que sufrir durante cuatro años el conservadurismo más rancio aderezado con delirios de grandeza en política exterior . Por lo tanto, su centrismo no fue más que una treta, una excusa para alcanzar la mayoría absoluta. Y ahora Rajoy vuelve a repetir la misma estrategia, aunque en este caso le va resultar más complicado llevar a cabo una metamorfosis política mínimamente creíble. Porque si fuera cierto que durante cuatro años anduvo cautivo y desarmado frente al aznarismo, no parece que sea un candidato con los arrestos y la independencia necesarios para dirigir un gobierno. Y si, por el contrario, esta crisis no es más que un proceso de cosmética electoral, mejor es que se vaya buscando un candidato de mayor credibilidad moral y electoral.

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Conchabeo festivo-primaveral

Sin embargo, en ciertos casos se da la paradoja de que no todas las celebraciones son para todo el mundo. A veces no le queda a uno más remedio que reflexionar sobre la conveniencia o no de asistir a ciertos eventos festivos, especialmente cuando se es un cargo público. En primer lugar, por razones estéticas o, si me lo permiten, porque no solamente se debe ser honrado, sino que también hay que parecerlo. Y, por otro lado, porque no se puede defender la independencia de las instituciones públicas de boquilla, mientras se muestra uno sin vergüenza ni escrúpulos morales en saraos organizados por empresarios.

No quisiera que se me interpretara mal: siempre he defendido la libertad como un derecho fundamental del individuo, pero también entiendo que la propia responsabilidad moral del que ocupa un cargo público debe ser el instrumento idóneo para ejercer un cierto autocontrol sobre aquellas actividades que tienen una repercusión pública. Sí. Estoy profundamente convencido de que la ciudadanía debe exigir y reivindicar un comportamiento que no nos conduzca a pensar que existen oscuras conexiones entre los intereses públicos que compartimos todos los ciudadanos, y los intereses particulares de algunos empresarios.

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Reestructuración insostenible

En primer lugar, porque al margen de las luces y sombras de su gestión, Cristina Narbona demostró ser, al contrario que sus predecesores, una persona competente y capaz de enfrentarse al sector más desarrollista del gobierno. Y ahora no toca eso. El discurso de investidura ya anunciaba la intención de recurrir a la inversión en infraestructuras para capear el temporal de la recesión. Lo que ahora toca es la aplicación laxa de la legislación medioambiental, especialmente en lo que a Declaraciones de Impacto Ambiental se refiere. Así, pues, algunos estarán frotándose las manos con la actual restructuración ministerial, principalmente aquellos que han apoyado el desatino insostenible de Montilla, Clos y compañía: si se cumplen las previsiones del Plan Estratégico de Infraestructuras y Transporte, en el 2020 nos habremos convertido en el Estado con mayor número de kilómetros de carreteras y autopistas por habitante del planeta. ¿Alguien duda a estas alturas sobre quién ha ganado la batalla?

Mejor hubiese sido crear una potente Vicepresidencia de Sostenibilidad, tal y como se ha hecho en otros países, pero la crisis financiera e inmobiliaria ha desbancado la moda del calentamiento global. Pero se equivoca quien piense que las previsiones del Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático o del Informe Stern son únicamente un capricho pasajero. Y la recesión que se pronostica por el cambio climático será mucho más demoledora que la actual si no se produce una apuesta global por la sostenibilidad.

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Cara y cruz de la recesión

La actual recesión hunde sus raíces en el desaforado crecimiento del sector inmobiliario jaleado por unos bajos tipos de interés, cuyo incremento no han podido soportar una parte importante de los compradores estadounidenses. La crisis financiera ha obligado a realizar sucesivas inyecciones de dinero desde los bancos centrales, aunque no queda claro cuál es la auténtica naturaleza de esta medida, si no es más que un parche provisional o si realmente tendrá un efecto duradero. Sin embargo, la inquietud que produce una posible parálisis de la economía a nivel internacional debería hacernos reflexionar sobre el modelo de desarrollo sobre el que se ha sustentado nuestra economía en las últimas décadas.

Salvando las distancias, el estallido de la burbuja inmobiliaria en los EE.UU. es un claro aviso para navegantes. Llevamos años escuchando el discurso de la necesidad de diversificar la economía, de invertir en conocimiento e investigación, de desarrollar una economía con valor añadido. Pero, como todos bien sabemos, la realidad ha sido otra bien distinta. Incluso a Zapatero se le vio el rejo durante uno de los famosos debates electorales televisados cuando insistió en defender las bondades de la inversión en infraestructuras como solución a un posible estancamiento de la economía. Y es que al final parece que no hay otras alternativas distintas a las de los equipos médicos habituales, es decir, el hormigón o las carreteras.

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