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Víctor Bermúdez Torres

Profesor de filosofía, escritor y divulgador, activista político, miembro de diferentes asociaciones filosóficas y pedagógicas. También frecuentó, con aprovechamiento, la Facultad de Ciencias de la Información. Es colaborador habitual en Radio Nacional de España y en varios medios de la radio y la prensa regional. Es miembro, por elección parlamentaria, del Consejo Escolar de Extremadura.

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El don

Decía el filósofo Jacques Derrida que un regalo solo es tal si no conocemos quién nos lo hace. Si lo conocemos, ya no es un regalo (o un “don” como dice él), sino una deuda contraída, una forma sutil de incluirnos en el sistema de toma y daca del mercado. Más aún si ese regalo son trescientos veinte millones de euros. Esta es la cantidad que ha donado la Fundación del empresario multimillonario Amancio Ortega para adquirir máquinas de diagnóstico y tratamiento del cáncer en hospitales públicos. 

¿Es legítimo que el sistema de salud pública (es decir, el Estado) acepte donaciones de este tipo para financiar necesidades sanitarias? ¿Qué deudas contrae la sociedad al aceptar estas donaciones? 

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Sánchez, Podemos, y los imaginarios políticos

Imaginaba hace unas semanas Isaac Rosa en este mismo diario una divertida teoría conspiratoria. Rosa imaginaba a los “poderes fácticos” empeñados en resucitar al PSOE ayudados por un coach que proponía seducir a los votantes con un relato fácil pero infalible: el del rey (Sánchez) injustamente destronado por los poderosos (el aparato del partido) que vuelve a recuperar su trono con el apoyo del pueblo (de las bases). Lo de Isaac Rosa era una broma satírica (con la que criticar la falta de visión política del PSOE), pero detrás de la sátira hay algo cierto sobre los imaginarios políticos y su capacidad para lograr y mantener el poder. 

Relatos o imaginarios políticos hay muchos, aunque no infinitos. En nuestro entorno hay dos muy comunes (amén de otros más marginales): el progresista y el conservador, cada uno asociado a ciertas ideas tabús (igualdad, justicia, solidaridad, integración, protección, libertad, autoridad, familia, tradición, mérito...) y a una infinidad de elementos culturales. Según algunos politólogos, los progresistas se identifican con con el rock, el círculo, la poesía o el óvulo, y los conservadores con la música clásica, la línea recta, las matemáticas o el espermatozoide... 

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Religión desde los tres años

Escribía hace poco sobre el lugar casi infinitamente privilegiado que tiene la religión católica en el sistema educativo de nuestro país. Afirmaba – ingenuo yo – que la materia de Religión era, junto a tres o cuatro más, de las pocas que se ofertaban obligatoriamente en todos los cursos de primaria y secundaria (más el primer curso del Bachillerato, donde también es de oferta obligatoria). Pero el otro día me recordaron que la materia de Religión también ha de ofertarse obligatoriamente en los tres cursos de Educación Infantil (de 3 a 6 años). La Religión es, entonces, la única materia del currículo educativo que ha de ofertarse obligadamente desde los tres hasta los diecisiete años. ¡Inaudito!

Esto quiere decir que los alumnos españoles tienen la opción de formarse en Religión católica durante catorce años, si así lo quieren. Para que comparen y se hagan una idea, piensen que muchas materias, obligatorias u optativas (Música, Cultura Clásica, Tecnología, Plástica, Economía, Física y Química –por ejemplo–), son cursadas por los chicos solo durante dos o tres años en la ESO. O que otras optativas, como Filosofía, o Cultura Científica, se ofertan (si se hace, pues no es obligatorio) en un solo curso de la ESO. O que Educación para la Ciudadanía, o Ética, han sido incluso borradas del mapa por la LOMCE (solo la primera de ellas ha logrado ser implantada posteriormente, en un solo curso, y con una sola hora semanal, por iniciativa de la Consejería y el Gobierno de Extremadura).

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Educar en lo común

Uno de los argumentos de los que defienden la escuela concertada es el de proteger a las familias del presunto adoctrinamiento moral de la escuela pública (es decir: del Estado). No porque piensen que adoctrinar sea en sí mismo algo perjudicial, sino porque creen que este tipo de formación moral solo compete a las familias y a las instituciones educativas particulares (colegios privados, iglesias, etc.) que las propias familias escogen. ¿Es razonable sostener esto?

En primer lugar, es cierto que la escuela pública (el Estado) adoctrina. Es más: ¡es que es lo que la escuela pública (y el Estado), hasta cierto punto, deben de hacer! La escuela siempre ha sido (y ha de seguir siendo) la más importante institución transmisora de los valores e ideales que (más allá de las leyes y las transacciones económicas) conforman y cohesionan a una sociedad. Sin esta educación en valores comunes no hay apenas más “comunidad” que la de una simple agregación de individuos.

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Educación concertada en Pionyang

Me había pasado inadvertido, pero me lo recordó, el otro día, un perspicaz compañero: la jornada reivindicativa de la escuela concertada del pasado miércoles fue lo más parecido que se pueda ver por aquí a las típicas demostraciones de adhesión incondicional a una idea o un líder.

Se interrumpieron las clases, se hizo formar a los alumnos en el patio – la mayoría de uniforme y con globos blancos –  y, tras la lectura del consabido manifiesto, se ordenó a los niños soltar los globos mientras restallaban los flashes de la prensa y los aplausos. Una coreografía perfecta. Y una muestra, no menos acabada, de falta de escrúpulos e impotencia por parte de los promotores de la protesta. 

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Drogas y educación

Esta semana han coincidido dos propuestas políticas aparentemente antagónicas pero, en cierto modo, complementarias. De un lado, la Federación de grupos cannábicos de Extremadura ha pedido a los partidos políticos abrir el debate sobre la legalización de la marihuana. De otro lado, el gobierno extremeño ha presentado un proyecto de ley para la prevención del consumo de alcohol en menores. Parecen cosas distintas, pero no lo son tanto.

Empecemos por lo segundo. Es cierto que el consumo compulsivo de alcohol por parte de adolescentes se ha convertido en un hábito que empieza a ser percibido con asombrosa naturalidad. Algo similar podría decirse (aunque en mucha menor medida) con respecto al consumo de drogas como el cannabis. Esto es, desde luego, muy preocupante. El asunto está en cómo frenar esta tendencia. La simple represión es inútil. Reforzar la vigilancia para que se cumpla la ley a rajatabla y no se vendan alcohol y otras drogas a menores tampoco es la solución definitiva: la vigilancia nunca es total, acaba por relajarse y  – más tarde o temprano – se vuelve a las andadas.

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Defender la risa

Sé que he escrito este artículo ya muchas veces. Y más que me faltaron. Lo escribí (o lo quise hacer) cuando aquello del concejal Zapata, cuando lo otro de los Tirititeros, cuando el asuntillo de Javier Krahe, cuando las múltiples querellas contra El Jueves, cuando lo de más allá con el cantante de Def con Dos, cuando la señora detenida por llevar en el bolso las terribles siglas ACAB (“All Cats Are Beautiful)... Pues bien, ahora le ha tocado a una joven tuitera, Cassandra Vera, a la que le han pillado un alijo de chistes en su twitter sobre el magnicidio de Carrero Blanco – la mano derecha del último dictador de Europa occidental – ocurrido hace 44 años. Como ven, el listón de los chistes no permitidos por la ley ha vuelto a bajar sustancialmente. Y yo, a tener cada vez más miedo. Miedo por vivir en un país donde el Estado te puede procesar y encarcelar por contar un chiste. O ya puestos por firmar – ¿por qué no? – un artículo como este.

 

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La renta básica y la izquierda minúscula

Se acaba de publicar en español el libro de Rutger Bregman, Utopía para realistas (Ed. Salamandra), una defensa (una más) de la renta básica universal desde posicionamientos liberales. El argumento es simple. Si la sociedad ha de hacer algo por paliar la pobreza (y ha de hacerlo, según el autor, porque las consecuencias de la pobreza son muy caras) lo mejor es, como repite el viejo adagio liberal, que e l dinero esté en el bolsillo de los pobres y no en el del Estado y sus costosos servicios sociales. Nada de paternalismo estatal – dice Bregman – . Si alguien sabe lo que es la pobreza y cómo paliarla este es el pobre. Le damos el dinero que le toca (la renta básica) y él sabrá mejor que nadie qué hacer con el.

No logro estar de acuerdo, por principio, con esta concepción liberal de lo que es la libertad individual (tampoco con la de igualdad – la renta básica que defienden Brugman y otros se ofrece igualmente a ricos y a pobres –). El clásico concepto liberal de libertad negativa entiende la libertad como un “dato” primitivo, un estado natural que hay que proteger (sobre todo de la injerencia estatal). Pero esto es un error. La libertad individual no es un hecho del que partir, sino más bien un derecho (y una “competencia”) que conquistar (y que aprender). Ningún individuo es, por principio, un ser libre cuya libertad haya que proteger del paternalismo del Estado. Ser libre no consiste en satisfacer nuestros deseos sin encontrar obstáculos, sino – sobre todo – en asegurarnos de que esos mismos deseos han sido concebidos libremente. Y a eso, a ser el dueño de las ideas y los sueños que gobiernan nuestros deseos, se aprende en la escuela y en la vida ciudadana, esto es, en el seno del Estado. Por eso, no basta con proporcionar una renta básica a todos para librarnos de la desigualdad y sus consecuencias. Hace falta Estado. Hace falta política. ¿Pero qué política?

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Menos policía y más filosofía

Los filósofos más optimistas piensan que todo el mundo actúa, siempre, bajo la creencia de que lo que hace es lo mejor que (a cada momento) puede hacer. Nadie hace el mal a sabiendas.

Incluso el que roba o mata cree que – dadas las circunstancias –  elige la mejor opción. Nadie es, pues, culpable de nada. Todos suponen comportarse lo mejor posible. Hasta el tirano más terrible cree estar haciendo el bien a sí mismo, a su Pueblo, a la Humanidad entera. El que perjudica a los demás con sus decisiones es el que está convencido de que el logro de sus fines particulares – cueste lo que cueste – es lo mejor que le puede pasar al mundo. Su razonamiento está probablemente equivocado; pero él no lo sabe

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La cuestión del cuestionario sobre los deberes escolares

Vuelve, por enésima vez, la polémica en torno a los deberes escolares. Y, por extraño que parezca, lo que se discute no es si los deberes son útiles o no para el aprendizaje ( ¡que es lo que habría que discutir!), sino si esto de los deberes es o no es una cuestión discutible. Así de absurda es la cosa.

Para algunos sindicatos docentes (PIDE, ANPE, CSI-F) la discusión en torno al valor didáctico de los deberes y su eventual regulación no es una cuestión que se deba someter al escrutinio público, ni tan siquiera al de la comunidad educativa, pues – según ellos –  esto supondría una intromisión intolerable en el trabajo de los profesores. Por eso se niegan obstinadamente a que este asunto salga a la luz y (a manera de cortina de humo) generan polémicas absolutamente artificiosas.

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