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Xavier Domènech Sampere

Xavier Domènech Sampere es profesor de Historia de la Universidad Autónoma de Barcelona. Es autor de Lucha de clases, dictadura y democracia (1939–1977), Icaria, Barcelona, 2011; y de Hegemonías. Crisis, movimientos de resistencia y procesos políticos (2010-2013), Akal, Madrid, 2014 (en prensa).
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Ley LGTBI: una oportunidad histórica para el cambio social

Este año celebramos el 40 aniversario de la primera manifestación LGTBI del Estado español, que tuvo lugar en un espacio que ha sido siempre escenario de diversidad: la Rambla de Barcelona. Dispersados por la policía con balas de goma, 4000 activistas por la libertad sexual y de género reivindicaron entonces su existencia en el mismo lugar donde hace apenas unas semanas la barbarie quiso negar la vida. Su marcha fue un gesto de afirmación cuyos lemas enlazan con la fraternidad ciudadana vivida después de los atentados del 17 de agosto: "Nosaltres no tenim por, nosaltres som!".

Ahora, después de cuarenta años de intenso activismo contra las estructuras de poder que han perseguido, judicializado y medicalizado sus vidas, el debate entorno las políticas LGTBI entra al centro mismo del Estado, el Congreso de los Diputados. Y lo hace con una ley que recoge gran parte de sus reivindicaciones históricas. El próximo martes, En Comú Podem defenderá en el pleno el Proyecto de ley integral LGTBI (Ley contra la discriminación por orientación sexual, identidad o expresión de género y características sexuales, y de igualdad social de lesbianas, gais, bisexuales, transexuales, transgénero e intersexuales), que ha sido elaborado por decenas de colectivos de todo el Estado, no sólo aquellos integrados en la Federación estatal de lesbianas, gays transexuales y bisexuales, sino también muchas otras entidades y activistas establecidos por el territorio español.

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Victorias y derrotas

El 26J ha resultado claramente una sorpresa. Habrá tiempo para ver en perspectiva que es lo que se ha podido hacer mal o bien en una campaña electoral no esperada y en la que habíamos puesto como principal propuesta la conformación de un gobierno vertebrado por las distintas confluencias. De hecho, la campaña se ha convertido para el resto de actores políticos no en un plebiscito sobre el gobierno realmente existente, el del PP, sino sobre la propuesta que hacíamos. Eso significaba defenderse de múltiples mensajes cruzados precisamente dirigidos contra esta posibilidad. De allí que la principal celebración del PP en la noche electoral –con el grito del “Si se puede” como acto de pura venganza– no era su victoria, sino la derrota de las nuevas fuerzas del cambio. De allí que la principal celebración del PSOE fuera precisamente que no se le hubiera superado electoralmente, era su “victoria”. En un efecto que se multiplicaba también en otros partidos.

En este sentido ha funcionado la activación del temor hacia un gobierno protagonizado por estas nuevas fuerzas. ¿Estos temores se podían superar con una campaña de apenas un mes? Difícilmente, más allá de que haya cosas que hayan funcionado y otras no o que haya problemas de base o no. El problema probablemente es más profundo y no se juega sólo en el terreno de las hegemonías electorales a corto plazo, más cuando la propuesta que se hace no encuentra eco en la formación que propones como principal aliado de ese posible gobierno. Para desactivar ese temor se tiene que apelar a la suavidad, lo que hace que a su vez pierdas señas de identidad anteriores, y esa suavidad en quince días o un mes tiene que actuar contra mil elementos cruzados. Hay dilemas que a veces son imposibles tanto por un lado como por el otro.

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Victòries i derrotes

El 26J ha resultat clarament una sorpresa. Hi haurà temps per veure en perspectiva que és el que s'ha pogut fer malament o bé en una campanya electoral no esperada i en la qual havíem posat com a principal proposta la conformació d'un govern vertebrat per les diferents confluències. De fet, la campanya s'ha convertit per a la resta d'actors polítics no en un plebiscit sobre el govern realment existent, el del PP, sinó sobre la proposta que fèiem. Això significava defensar-se de múltiples missatges creuats precisament dirigits contra aquesta possibilitat. D'aquí que la principal celebració del PP la nit electoral –amb el crit del "Sí se puede" com a acte de pura venjança– no era la seva victòria, sinó la derrota de les noves forces del canvi. D'aquí que la principal celebració del PSOE fos precisament que no se l'hagués superat electoralment, era la seva "victòria". En un efecte que es multiplicava també en altres partits.

En aquest sentit ha funcionat l'activació de la por cap a un govern protagonitzat per aquestes noves forces. Aquests temors es podien superar amb una campanya de tot just un mes? Difícilment, més enllà que hi hagi coses que hagin funcionat i altres que no o que hi hagi problemes de base o no. El problema probablement és més profund i no es juga només en el terreny de les hegemonies electorals a curt termini, més quan la proposta que es fa no troba ressò en la formació que proposes com a principal aliat d'aquest possible govern. Per desactivar aquesta por s'ha d'apel·lar a la suavitat, el que fa que al seu torn perdis senyals d'identitat anteriors, i aquesta suavitat en quinze dies o un mes ha d'actuar contra mil elements creuats. Hi ha dilemes que de vegades són impossibles tant d'una banda com per l'altre.

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Recordar a Companys más allá de su muerte

El asesinato de Lluís Companys marca una cesura en la memoria popular del catalanismo de izquierdas de este país. Una herida que ha resultado ser finalmente nacional: un espacio de consenso de la memoria de Catalunya. La muerte en manos del fascismo del único presidente de un gobierno democrático ejecutado en medio de una guerra civil europea que se convirtió en mundial, explica por sí misma el significado que tomó aquella muerte. Pero, yendo más allá, el fin de Companys constituye un antes y un después en nuestro pasado. Toda una historia parece acabar con él. En Catalunya y en España, evidentemente, pero también en Europa.

Un mismo hilo atraviesa la muerte de Machado en Colliure -en febrero de 1939, en el otro lado de la frontera huyendo del franquismo-, el fin del filósofo alemán Walter Benjamin -en Portbou en septiembre de 1940, huyendo en este caso del nazismo-, y el fusilamiento de Companys -en octubre de 1940, fruto de la colaboración de la Gestapo con el franquismo. Guerra Civil y Segunda Guerra Mundial son, en estas historias, inseparables. La conmemoración del asesinato de Companys tiene también, por lo tanto, una dimensión internacional. No siempre exitosa, es cierto: si Europa emergió de este periodo con la instauración de nuevos sistemas políticos que tenían en su ADN constitucional y memorial el antifascismo, este no fue el caso de nuestra tierra.

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Recordar Companys més enllà de la seva mort

L’assassinat de Lluís Companys i Jover marca una cesura en la memòria popular del catalanisme d’esquerres d’aquest país. Una ferida que esdevé finalment nacional: un espai de consens de la memòria de Catalunya. La mort en mans del feixisme de l’únic president d’un govern democràtic executat en mig d’una guerra civil europea que esdevingué mundial, explica per si mateixa el significat que prengué aquella mort. Però, més enllà, la fi de Companys constitueix un abans i un després en el nostre passat. Tota una història sembla acabar amb ella. A Catalunya i a Espanya, evidentment, però també a Europa.

Un mateix fil travessa la mort de Machado a Cotlliure –el febrer de 1939, a l’altra banda de la frontera fugint del franquisme–, la fi del filòsof alemany Walter Benjamin –a Portbou el setembre de 1940, fugint en aquest cas del nazisme–, i l’afusellament de Companys –l’octubre del 1940, fruit de la col·laboració de la Gestapo amb el franquisme. Guerra Civil i Segona Guerra Mundial són, en aquestes històries, indestriables. La commemoració de l’assassinat de Companys té, doncs, també una dimensió internacional. No sempre reeixida, és cert: si Europa emergí d’aquest període amb la instauració de nous sistemes polítics que tenien en el seu ADN constitucional i memorial l’antifeixisme, aquest no fou el cas de la nostra terra.

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Lo que el viento se llevó. El declive de Convergència

La conmoción que ha producido nuestro maestro Yoda particular en su impensable paso hacia el lado oscuro a veces no deja de sorprender. Seré un rara avis, pero como catalán no me siento nada afectado, ni siquiera sorprendido, por el caso Jordi Pujol. Justo cuando se publicaba el segundo volumen de sus memorias en octubre de 2009, con pocos días de diferencia, salían de un furgón policial esposados dos hombres de su plena confianza: Macià Alavedra y Lluís Prenafeta. Las palabras que abrían ese segundo volumen situaban a nuestro protagonista en abril de 1980, en el momento que devenía por primera vez en Molt Honorable. Solo con Prenafeta en el Palacio de la Generalitat, Pujol le confesaba: "Lluís, en estos momentos la Generalitat somos tu y yo". Pues eso, Lluís y él. Más los hijos, el otrora Conseller d’Economia o la sede del partido embargada judicialmente… Una tendencia, no una sorpresa.

Pero es cierto, para quienes Jordi Pujol era el padre de la patria, e incluso para muchos otros que se impregnaron en parte de ese mito, su "confesión" ha causado una profunda perturbación. Se adivina ya en las entrañas de la misma, en la lectura de los mediadores del universo mental convergente, el camino para su metabolización. Para unos, los que nos hablan de su pesadilla personal y familiar, Pujol sacrificó su papel como progenitor en aras de la construcción nacional de Catalunya (sacrificio por el que tanto le debemos), y ahora enmendaría ese abandono inicial inmolándose para solucionar un problema de "herencia" y "familia". Algo, sea dicho de paso, muy "propio". Otros, que intentan construir otro mito incierto, el de Artur Mas, son aún más duros con Pujol. Enfrascados como estaban en la articulación de ese nuevo relato, apuntan a la necesidad de refundar el espacio convergente. Mas inició ya un nuevo camino, cuando revestido con las prendas de Moisés en la campaña electoral de 2012 (nunca un cartel electoral mostró tanto las profundidades de un inconsciente político) nos abrió las aguas del Mar Rojo hacia la nueva tierra prometida. Para muchos de estos comentaristas sería el nuevo Alfa y Omega del mundo convergente y mutatis mutandis de la nueva Catalunya.

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Municipalismo y rupturas constituyentes: ¿1931: 2.0?

Decía Marx hablando de la revolución aquí que “España no ha adoptado nunca la moderna moda francesa, tan en boga en 1848, de comenzar y acabar una revolución en tres días. Sus esfuerzos en este línea son complejos y más prolongados. Tres años parece ser el plazo mínimo que se impone el país a sí mismo, mientras que el ciclo revolucionario se extiende a veces hasta nueve”. Si uno contempla esta afirmación escrita en 1854 a la luz del ciclo 1931-1939, y el más reducido de 1936 a 1939, no deja de sorprender, a pesar de que se refería al pasado y no al futuro. En el mismo sentido, la eclosión del 15-M, que parecía anunciar en sus inicios una transformación revolucionaria inmediata, debe enmarcarse en un ciclo largo de gran transformación política. Si ya muy pronto pareció que su irrupción apenas tendría efectos en el sistema político institucional, mutando en una y mil iniciativas a nivel sociopolítico, lo cierto es que en este ciclo largo donde estamos inmersos todavía nos quedan muchas más irrupciones por ver. De hecho, su emergencia se inscribió en el marco del ciclo electoral que se inició con las municipales del 22 de mayo de 2011 y terminó con la victoria del PP (aunque sería más preciso hablar en este sentido de la derrota del PSOE, ya que el partido conservador apenas había incrementado su número de votos desde 2008), el 20 de noviembre de 2011. Entre ese momento y el actual hemos vivido un interregno donde de forma invisible millares de microcambios, pequeñas decisiones, mil acciones, se pueden hacer evidentes de nuevo en el espacio político en el nuevo ciclo electoral que ahora reprendemos. Nada será en este sentido igual a como fue.

Prácticamente en el mismo momento que Marx escribía sus análisis sobre el carácter de las revoluciones en la piel de toro, otro pensador y político Pi y Margall, el único socialista en España según el propio Marx y posteriormente presidente de la Primera República, desarrollaba los principios de su futuro "constitucionalismo revolucionario". Su intento no era otro que el de impulsar una revolución donde “no sólo es necesario acabar con la actual organización política, sino también con la económica; que es indispensable, no ya reformar la nación, sino cambiar la base”. Para ello, recogiendo una tradición muy anterior, partía de un federalismo que tenía como raíz el municipio como forma de reconstituir una sociedad libre entre iguales desde del núcleo más básico y cercano del poder institucional.

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Suárez: Entre el palacio y la calle

El 29 de enero de 1981 Suárez presentaba su dimisión como presidente. Se había quedado solo. La UCD, el partido que el mismo había puesto en pie, era poco más que un avispero para su fundador. Los militares lo querían sí o sí fuera del gobierno. Pero fue sobre todo el deterioro de su relación con el Rey lo que acabó por dar la puntilla final a su presidencia. El último gran desencuentro se había producido poco tiempo atrás a cuenta de la elección de Armada como segundo jefe del Estado Mayor del Ejército. Suárez se negaba a aceptar el nombramiento del que posteriormente se convertiría en el Elefante Blanco del 23F, pero finalmente la voluntad del rey se impuso por encima del que poco después dejaría de ser presidente. Se buscaba un golpe de timón ante un proceso de cambio político demasiado abierto y nuestro pequeño Maquiavelo quedó absolutamente abandonado. Primero por los suyos y después por el propio pueblo que, según nos cuentan, lo seguía a pies juntillas, cual flautista de Hamelin, fascinado ante un político de tamaña osadía. En su nueva aventura, con la creación del CDS, sólo consiguió dos diputados en las elecciones de 1982. De hecho, a pesar de todos los mitos, cuando en 1985 se realizó una encuesta del CIS en la que se preguntaba a quién se debían las libertades, sólo un 13% de los ciudadanos apuntaron a nuestros dirigentes, mientras que un 55% las atribuía a las movilizaciones populares.

La leyenda de Suárez contiene elementos de una construcción precaria. Ahora mismo estamos bañados en ella, como una forma específica de reedición del mito de la transición, tan intensa como su crisis real en nuestro presente. Su construcción hagiográfica es de todas formas tardía en relación con la propia articulación memorial de la transición y establece una relación compleja con la misma. Más cuando muchos de los constructores del mito de la transición fueron, ya en los años ochenta, sepultureros políticos de Suárez. Fue precisamente desde su olvido personal, a partir de una enfermedad que afecta precisamente a la memoria, que empezó su activación.

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