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Sobre este blog

El caballo de Nietzsche es el espacio en eldiario.es para los derechos animales, permanentemente vulnerados por razón de su especie. Somos la voz de quienes no la tienen y nos comprometemos con su defensa. Porque los animales no humanos no son objetos sino individuos que sienten, como el caballo al que Nietzsche se abrazó llorando.

Editamos Ruth Toledano, Concha López y Lucía Arana (RRSS).

Lupita y la revolución

Viñeta del artista Paco Catalán.

Ana Rossetti

Las hembras de las nuevas generaciones se estaban haciendo demasiadas preguntas sobre ellas mismas. Cuando esto sucede, se abren las puertas a la insatisfacción, a las ansiedades, a las dudas, a los sentimientos de vacío y a las crisis de identidad. Los qué, los porqué y los para qué pesaban en sus existencias como grilletes de hierro, incapacitándolas para cualquier determinación.

Las comadres no salían de su asombro. Jamás se hubieran planteado que la vida presentara tales problemas: “Esto les pasa porque han crecido con demasiadas comodidades”, sentenciaban, “se les ha consentido demasiado”. O bien: “Si hubieran tenido que luchar como nosotras para sobrevivir no les hubiera dado tiempo a pensar en tantas majaderías”. O bien: “Todo esto de que están deprimidas son excusas para no cumplir con sus obligaciones. Ya nadie quiere esforzarse ni sacrificarse por los demás”. O bien: “Ya no hay hembras como las de antes, en las jóvenes de ahora solamente hay egoísmo, individualismo y ninguna gana de asumir las responsabilidades correspondientes”.

Y, en fin, toda clase de cosas por el estilo. Se pasaban horas y horas sin lograr manifestar nada más allá del disgusto y la consternación que compartían. Se lamentaban, se indignaban, se preguntaban, se recriminaban, se exculpaban, se perdían en terrenos inseguros, en arenas confusas.

En esas estaban un buen día cuando Lupita, la más joven de entre los jóvenes, irrumpió en el círculo de cavilaciones y quejas, y con todo el descaro lanzó lo siguiente:

— Estamos hartas de humillaciones, de difamaciones, de soportar la inquina de ciertos animales contra nuestra especie. Hartas de las historias mentirosas sobre nuestra conducta. Hartas de infundir recelo y prevención. Hartas de prejuicios y de persecuciones. Hartas, hartas, hartas… Hartas de que nos estén exterminando.

Todas las comadres se quedaron en suspenso, como hipnotizadas por esas palabras que les rebotaban sin penetrar en sus mentes y arraigar en ideas comprensibles. Cuando los gritos de la joven amainaron, la hembra alfa apenas acertó a decir:

— ¿Te refieres a los animales humanos?

Lupita asintió en silencio. Después de haber soltado su furia se había quedado sin habla.

Las cosas son así, no nos engañemos. Los animales humanos desde tiempo inmemorial han fraguado historias terribles sobre los lobos para aterrorizar a sus criaturas y así poder justificar cualquier medida criminal que dictaminen contra ellos. Por supuesto, en la palabra lobo están incluidas las lobas, pues los animales humanos no acostumbran a distinguir lo que no está directamente relacionado con sus intereses, pero si alguna vez se refieren a las lobas en concreto, es para peor: lo hacen para designar a hembras insaciables, vengativas y lujuriosas.

Estas acusaciones no tienen ningún fundamento, y menos la de la lujuria, porque tanto lobas como lobos son capaces de guardar una castidad rigurosa en años de escasez, sean los que sean, hasta que las circunstancias permitan que sus cachorros puedan nacer en condiciones favorables. Si no se dan nunca, antes prefieren morir sin conocer los placeres del apareamiento que traer más penuria al mundo. O sea que hasta un hongo tiene una vida reproductiva más interesante que una manada completa.

Las lobas jóvenes habían empezado a cuestionarse las retorcidas patrañas que los animales humanos habían propagado a través de los siglos; lo habían hecho con tal habilidad que se habían acabado aceptando entre los suyos. Lobos, lobas y lobeznos estaban convencidos de ser astutos y malignos y, pese a que la realidad demostrase reiteradamente la falsedad de estas afirmaciones, sobrellevaban estas ultrajantes etiquetas con una indiferencia resignada. Las lobas jóvenes por el contrario, creían que ya era hora de ser ellas mismas quienes se definieran y se reconocieran por sus experiencias y no por juicios ajenos, pero se enfrentaban a la estructura incombustible de las tradiciones y sentían impotentes para desmontarla. Eso explicaba el desaliento que se traducía en desgana por fuera y en desasosiego en los adentros de sus corazones.

A raíz de las declaraciones de Lupita, las comadres tomaron conciencia de la gravedad del asunto y decidieron ponerse manos a la obra. Pacientemente abordaron el arduo proceso de deconstrucción a fin de que las nuevas generaciones tuviesen una percepción diferente de lo que significaba ser lo que eran.

Entonces elaboraron un dossier. Solamente pretendían, como he dicho, fijar sus señas de identidad como legado a las generaciones futuras, pero la juventud es muy impulsiva y cuando las lobas jóvenes tuvieron el documento a su alcance decidieron lanzarse a una revolución que pusiera las cosas en su lugar de una vez por todas. Ni cortas ni perezosas, solicitaron embajada a los animales humanos, los cuales aceptaron con curiosidad y rifles, y las lobas, aunque sabían de los poderes de los animales humanos para capturar sin estar presentes y matar a distancia, entraron confiadas en sus territorios con el testimonio de las comadres como única garantía.

Frente a un auditorio humano compuesto por una mayoría de machos y unas cuantas hembras, las lobas jóvenes hablaron de la organización de su sociedad, basada en la cooperación y en la administración equitativa de recursos. Cuando explicaron que la manada hace que sus miembros enfermos o ancianos marquen el paso de la manada para asegurarse de que no queden atrás, y que los enfermos y ancianos, a su vez, se colocan en cabeza de la marcha, no para evitar quedarse rezagados sino para, en caso de emboscada, sacrificarse y así salvar al resto, los animales humanos se revolvieron incómodos, pero respetaron el turno de palabra.

Las lobas tocaron el tema de los cuidados y la conciliación familiar. Resulta que en la manada todos los machos son compadres y todas las hembras comadres porque la crianza se hace en conjunto. En este punto, las orejas de las hembras humanas crecieron como pitas.

— La manada elige un lugar adecuado para que las hembras puedan parir– dijeron. Cuando la madre biológica se aparta de su camada para beber, comer o estirar las patas, cualquier loba o lobo cuida de los cachorros –continuaron las lobas.

Las hembras humanas miraron a los machos de un modo muy particular y los machos se sintieron sumamente atacados.

— Si un cachorro levanta su patita demandando alimento, cualquiera que lo observe se apresura a triturar con sus dientes la comida y a ofrecérsela –continuó Lupita.

Vamos, eso no pasa ni en Suecia. Las hembras humanas estaban visiblemente conmocionadas y los machos ya no pudieron contenerse y soltaron su andanada de rencor:

— ¡Eso es! Os coméis nuestros corderos, nuestras ovejas, nuestros cerdos, nuestros cabritillos…

— ¿Y vosotros no?– respondieron asombradas las lobas.

— Qué tiene que ver– les contestaron– Dónde va a parar…

No se puede dejar hablar a los animales humanos. Tienen siglos de oratoria, de retórica, de falacias, de androcentrismo y de colonización. Son irresistibles. Las lobas volvieron a sus dominios con los rabos caídos y las orejas gachas.

— Es absolutamente necesario– resumieron contritas– que hagamos un curso de master-chef.

— Sí –reconoció Lupita–. Y también tenemos que aprender a comer con cubiertos, servilletas, copas de cristal y manteles y platitos para el pan y flores arrancadas en el centro de la mesa...

Las páginas del memorial que con tanto afán habían redactado las comadres se desperdigaron por el monte y unas cabras se las zamparon.

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El caballo de Nietzsche es el espacio en eldiario.es para los derechos animales, permanentemente vulnerados por razón de su especie. Somos la voz de quienes no la tienen y nos comprometemos con su defensa. Porque los animales no humanos no son objetos sino individuos que sienten, como el caballo al que Nietzsche se abrazó llorando.

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