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El corderito pascual

El Domingo de Pascua, que marca el fin de la Semana Santa, celebra la resurrección de Cristo asando inocentes corderos, paradójicamente convertidos en símbolo del pecado humano por una tradición cristiana que tiene su origen en el Éxodo, segundo libro de la Biblia.

Publicamos una fábula de la poeta Ana Rossetti sobre esa inocencia traicionada.

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Un cordero liberado por un activista.

Un cordero liberado por un activista.

Por desobediente, por desatender los silbidos de mi amo, por escapar de los perros vigilantes. Por la primavera y la alegría que retoza entre los tréboles; por los invitadores trinos de los pájaros; por el vuelo de un insecto como ruta invisible y tentadora… Por lo que sea que fuera, me extravié.

En el despeñadero, inmóvil, detenido en mi caída: aquí estoy.

Las zarzas enroscadas como erizos, como una red punzante. El hambre aprieta, la sed ahoga y el miedo es una amapola arrancada.

Las sombras del día alargan sus dominios; la soledad acude. Anochece.

Avanzan las tinieblas por el valle, se apagan los destellos de la hierba y mis balidos.

El temblor de las estrellas. El aullido del lobo en el pavoroso silencio de la noche. El merodeo sigiloso de las alimañas. El frío suave de la brisa nocturna.

Este es el castigo que merezco.

Por desobediente.

Pero tu dueño no te abandonará, me dice la esperanza.

Ningún mal te ha de suceder, porque su amor lo conducirá hasta ti.

Anhelante te buscará por los bosques y las grutas. Trepará por los riscos, se descolgará por los desfiladeros, oteará desde las ramas de los árboles… No descansará hasta tenerte con él.

Confía en su amor, me dice. En su indesmayable y fiel amor.

Él me ama, sí. Él me ama.

Y yo confío, confío, confío, confío…

¡Aleluya! Mi dueño ha venido y me ha salvado. En sus protectores brazos me ha acogido; la ternura de sus manos se ha teñido con mi sangre.

Sus dedos sacan de mi cuerpo las espinas y su fuerza me sostiene.

Me habla, me susurra y sus palabras se abren como refugios, resplandecen como lirios; tan dulces como la manzanilla silvestre, son sus palabras de perdón y de consuelo.

Mi dueño me conforta y me absuelve, ¡aleluya!

¡Aleluya! Sí, gritad conmigo: ¡aleluya!, porque yo estaba perdido y él me ha encontrado. Me alejé de él y él se ha llegado a mí. Desoí sus afanes cuidadosos y él escuchó mi angustia. Procuré mi daño y desprecié mi vida pero él me ha rescatado de la muerte.

Alegraos porque él es mi amado, él es mi dueño, él lo es todo para mí. Y yo me recuesto sobre su pecho como en un prado fragante.

¡Aleluya! ¡Aleluya! Alegraos y regocijaos conmigo

Con palmadas de alborozo reciben al pastor en el tibio calor del hogar. Sobre la mesa de la cocina, la familia examina al corderito. Él no entiende el idioma de los seres humanos pero percibe en los rostros la bienvenida.

-Qué hermoso es y qué rollizo está- calibra la esposa. En su mirada hay todo un sistema de pesas y medidas.

-Es el mejor del rebaño- proclama el esposo con orgullo.

La hija hunde los dedos en los rizos del corderito y piensa cuánto tiempo tendrá que esperar para que llegue el invierno.

-El cuello, los puños… y quizás hasta un gorrito- calcula.

El corderito está contento.

El corderito no entiende lo que dicen.

El corderito no sabe que mañana es Domingo de Pascua Florida.

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