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Muerte o gloria

Publicamos el conjunto de columnas de opinión que Iñaki Ochoa de Olza escribió para Campobase. A través de ellas se puede conocer a Iñaki, que más allá de su condición de alpinista, nos muestra una filosofía de vida que merece la pena descubrir. Éste es el 'legado de Iñaki'

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“Algunos escaladores van al Everest con la actitud de hacerlo o morir. Algunos lo hacen, otros mueren y también hay quien consigue ambas cosas." La frase es anónima, y bien parece la aguda reflexión de algún taciturno escalador anglosajón después de unas pintas de cerveza. Aunque no le falta razón, la verdad es que ya lo dijo con bastante más gracia aquel famoso torero: "Hay gente pá tó." Otros sentencian, despectivos y rigurosos, que el monte más alto del mundo se ha convertido en un circo. Se rasgan las vestiduras y lo vocean a los cuatro vientos en documentales, libros y revistas, para ascender, un año más, la misma ruta normal de los años anteriores, dormir en las mismas tiendas montadas por otros, asegurarse sobre cuerdas fijas instaladas por otros, mientras culpan a las comerciales de todos los males del himalayismo.

Quizás se olvida que las expediciones comerciales no nacieron en el Himalaya sino en los Alpes, hace más de dos siglos. Entonces un señorito de clase alta podía contratar a un pastor local para que le guiara en ese mundo hostil, y hoy en día se puede hacer lo mismo con la salvedad de que el pastor no nació en Chamonix o Zermatt, sino en el valle de Khumbu. Y esto saca de quicio a más de uno.

En Asia existen 14 cumbres de 8.000 metros y más de 170 de 7.000. El Everest (y el Lhotse) en primavera, el Gasherbrum II en verano, el Cho-Oyu y el Ama Dablam en otoño están masificados por numerosas expediciones, algunas de ellas comerciales guiadas, que son el objeto de las críticas. También están repletos de gente el Aneto, el Mont Blanc o el Aconcagua, pero casi nadie se queja, lo que nos induce a pensar que la aparición de estas expediciones ha terminado de destrozar el mito de que al Himalaya sólo pueden ir los elegidos.

La proliferación de las expediciones comerciales es consecuencia tanto de la bonanza económica como del efecto que cientos de películas, conferencias y libros tienen sobre el aficionado. Resulta poco consecuente la queja de masificación cuando ésta se produce por parte de los beneficiarios de la comercialización de tales productos.

Entre las expediciones comerciales, algunos hacen un trabajo digno y honesto. En cambio, otros de los más ‘prestigiosos’ líderes de algunas agencias internacionales son alcohólicos, refugiados o ex convictos que, sin ser malas personas, disfrutan de aquel mundo sin leyes. En las laderas de los Himalayas ha habido robos, engaños y tropelías de toda índole. Y no es menos cierto que algunas expediciones comerciales prometen algo imposible: guiar, en el sentido ‘alpino’ del término, a más de 8.000 metros de altura.

De cualquier modo, el principal problema de las expediciones a estas montañas es vender una gloria que no es tal. El Everest, tal y como se escala hoy en día, es el más fácil de todos los ochomiles, sin dejar de ser muy arriesgado. Ello se debe a las trampas que se utilizan en su ascensión: sherpas, oxígeno embotellado y cuerdas fijas hasta la cumbre. Muchos de quienes pisan la cima no serían capaces de subir por sus propios medios a ninguno de los ochomiles ‘bajitos’.

¿Dónde está pues la gloria de convertirse en el alpinista numero dos mil en subir al Everest? Uno puede sentir una gran satisfacción personal pero no irán por ahí los tiros del desarrollo del himalayismo de élite. Las expediciones comerciales no están libres de culpa por definición. Pero no es toda suya. Es peor tener todos los medios del mundo y carecer de creatividad, imaginación y fantasía, los motores que impulsan la aventura humana.

Columna publicada en el número 4 de Campobase (Junio 2004).

 

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