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Amanecer de muertes

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La burocracia española – y las prioridades de los gobernantes de uno y otro color - han ido posponiendo la instalación urgente y necesaria de los servicios de vigilancia costeros para detectar la llegada de pateras y cayucos y así evitar la muerte de tantos hombres y mujeres que buscan un destino menos duro. Un Servicio Integral de Vigilancia Exterior ambulante, sin medios y, por tanto, sin efectividad y el retraso en la instalación de una red de SIVES en todo el litoral se ha ido justificando por distintas razones; el de Arinaga en concreto porque la antena se tenía que instalar en un Espacio Natural Protegido y eso está prohibido en el Plan Especial que lo regula. Como si no fuera mucho más importante salvar una sola vida. En España el PSOE y el PP, y aquí en Canarias el PSOE y CC-PP, andan todo el día cruzándose acusaciones de responsabilidades, o irresponsabilidades, competencias, o incompetencias¬, en torno al complejo fenómeno de la inmigración, y mientras…más llegadas y más muertes. Ni el acuerdo de los Quince, ni el Nuevo Partenariado para el Desarrollo de África, ni la Cumbre de Monterrey, ni el chantaje del Sáhara, ni las pomposas declaraciones de las grandes potencias sobre la urgencia de actuar en África, sabe Dios de que manera, ni las frustrantes acciones diplomáticas, ni… Nada ha conseguido frenar las oleadas de desesperados que se lanzan a la mar en busca de un mundo mejor para ellos y sus familias. Probablemente no sean conscientes de que, si llegan a desembarcar aquí, en este primer mundo, desde ese mismo momento, su esperanza de vida aumenta en casi cuarenta años y aún así, sólo buscan afanosamente poder ahorrar unos euros para ofrecerle otra vida a sus padres, hermanos, esposas e hijos que dejan en los brazos de la miseria del Continente. Sí que son plenamente conscientes de que el riesgo de perder la vida es muy grande y que muchos de los que forman parte de ese colectivo humano de mil quinientos millones de personas que vive en la pobreza más absoluta, acaban quedándose en el mar para siempre, o descansando definitivamente en cualquiera de las playas de esta tierra nuestra, testigos también de la salida de canarios buscando otra vida o de la muerte de otros, como muchos majoreros que morían en el litoral de Arinaga después de llegar hasta aquí en paupérrimas barquillas huyendo de la hambruna y la peste. Si, son conscientes, pero si no mueren en el intento, volverán a arriesgar su vida una y otra vez. Y lo que debe ser un aldabonazo sobre nuestras conciencias, se está convirtiendo en una penosa rutina. Nos estamos acostumbrando a recibir noticias de naufragios y muertes cada día sin darle mayor importancia. Y hay quienes cuestionan que se declare un día de luto en un municipio. El pasado viernes fallecían diez inmigrantes en el Risco Verde, en Arinaga. El espectáculo era sobrecogedor. Una hilera de hombres jóvenes, con apenas treinta o cuarenta euros en sus bolsillos, algunos con billetes para seguir el viaje hacia otras latitudes, con direcciones de esperanza atadas a su cuello, yacían horas y horas en aquel espacio cubiertos por unas sábanas, en la más absoluta de las soledades. Por allí no aparecieron embajadores, ni cónsules, ni responsables institucionales del Estado o de la Comunidad. El levantamiento de los cadáveres no se hizo hasta casi ocho horas después…y ahora, a esperar tres meses a que alguien los reclame y si nadie lo hace, pasado ese tiempo, se procederá a enterrarlos en el más cruel de los anonimatos. ¿Habría sucedido todo de la misma manera si las muertes se hubieran producido por el accidente de una guagua de alemanes, por ejemplo? Y sin embargo, estos muertos también tenían un nombre y una familia, que quedó sufriendo conocedora del riesgo que corrían sus seres queridos y que, posiblemente, ahora estén esperando sus noticias. Venían huyendo del hambre, el desempleo, la miseria, la violencia, las dictaduras opresoras y corruptas…pero a nosotros nos suena muy lejano, aunque quede a la vuelta de la esquina, el que cada día mueran de hambre treinta y cinco mil niños; que catorce millones de niños menores de cinco años mueran anualmente. Nos deja indiferentes muchas veces el que más de veinte millones de niños abandonen sus hogares a causa de la guerra; que tres mil millones de personas, la mitad de los habitantes de la Tierra, vivan con menos de dos euros diarios; que ochocientos cuarenta millones de personas en todo el mundo no dispongan de alimentos suficientes y que novecientos millones, trescientos de ellos niños, pasen hambre. Aunque esté pasando aquí al lado, apenas nos llega el eco de que cuatro mil personas mueren de hambre cada hora; que cada día ocho mil personas se ven obligadas a huir de sus hogares; que entre trescientos mil y quinientos mil niños son forzados a luchar en guerras o que cada año mueren en el mundo veintiún millones de seres humanos por hambre o enfermedades derivadas de la falta de agua potable. ¿No es legítimo que huyan? ¿No es legítimo que quieran llegar hasta aquí? Aunque terminen muriendo en una playa cualquiera de este primer mundo. Anónimamente. En silencio. Clareando. (*) Alcalde de Agüimes

Antonio Morales Méndez *

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