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Ampliación del aeropuerto de Los Rodeos por Domingo Ramos Gutiérrez

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Hoy los campos infinitos han dado paso a una realidad bien distinta: el boom tecnológico, el progreso, la sociedad de la comunicación, el concepto de mundo global y sin fronteras?; ideas, todas ellas, que más allá de divergir, convergen en un planteamiento de construcción y avance desmesurado, siempre en busca de una felicidad, auspiciada por el cemento, que jamás ha aparecido. Campos y cosechas fueron el rasgo idiosincrásico de la zona que nos ocupa. San Lázaro y Camino de la Villa, así como El Rodeo en su conjunto, vivía por y para la tierra. Sus tristezas, íntimamente ligadas a las malas cosechas, venían de allí, al igual que sus alegrías. El esfuerzo de hombres y mujeres del terruño, sacho en mano y derramando ríos de sudor sobre la tierra, permitió que sus familias lograsen el sustento. No obstante, en la actualidad la clase política se olvida de lo más nuestro y, de la mano de algunas otras mentes irresponsables, que gustan de enarbolar la bandera del progreso, traicionan a diario nuestras raíces, apostando por el asfalto y el hormigón en detrimento de lo rústico. Esos, que idolatran la urbe e incluso se avergüenzan de su pasado, son los que siguen exigiendo más y más infraestructuras, carreteras y cemento; pues desde su óptica ahí está la evolución. Esas personas, hombres y mujeres que van por la vida de urbanitas, que nacieron y han vivido en la ciudad más pura y hoy son empresarios sedientos de riqueza u ostentan una profesión que les permite vivir, son los que se olvidan del campesino y de lo que no va con ellos mismos. La historia de San Lázaro y del barrio de El Carmen parece dictaminada desde hace tiempo, y aunque los más escépticos nunca creyeron que el asunto tomase los tintes actuales, amparándose en la palabra que un grupo de impúdicos ávidos de votos dio hace algún tiempo, poco a poco van vislumbrando que las viejas tesis aportadas por algunos y lo que sucede ahora no son cuestiones inconexas. Sin embargo, no por todo ello y porque un barrio sea humilde se puede dejar vapulear. Llevar a cabo una actuación como la que se va a realizar en 22.852 metros cuadrados de la zona más fértil de nuestra isla es ya de por sí un atentado contra nuestro patrimonio natural, pero más si cabe lo sería de erigirse esta ampliación aeroportuaria en un mero inicio del proceso de crecimiento del aeródromo lagunero, que podría acabar arrasando 300.000 metros cuadrados en posteriores ampliaciones; o lo que es lo mismo, acabar sepultando bajo un terraplén los barrios de San Lázaro y de El Carmen. De este modo, un sinnúmero de voces se han alzado a lo largo y ancho de toda la geografía tinerfeña, exclamaciones de protesta que tratan de aportar un granito de arena para frenar el descalabro que va camino de materializarse. Los ciudadanos comprometidos, que son muchos, hacen un llamamiento desesperado a la cordura para evitar que se expropien dieciocho fincas; que los barrios vecinos de San Lázaro y El Carmen queden incomunicados; que un número considerable de vecinos de ambos núcleos tengan que convivir, de forma inexorable, con aviones aparcados cual automóviles a la puerta de su casa, así como con la contaminación acústica y atmosférica que estos producen. Pero claro, los planteamientos anteriores nada tienen que hacer ante las ideas de los progres que proclaman que "el Aeropuerto de Los Rodeos se ha quedado pequeño", que "Tenerife aboga por su ampliación", que "un barrio no es nada en comparación con todo un pueblo", que "es muy fácil quejarse sin soluciones"? ¡Dejémonos de subterfugios amigos! Todo esto no son sino excusas nimias para justificar de alguna forma la ampliación incomprensible de una infraestructura que debe anquilosarse en cuanto a su crecimiento, pues su expansión en las últimas décadas ha sido tal que ha agotado el terreno disponible, a priori, para su ampliación. Nuestra isla presenta dos aeropuertos, uno situado en una zona de tierras de una fertilidad sublime y el otro escoltado por eriales. La solución es, a todas luces, sencilla. Sin embargo, vivimos en un contexto social de comodidad y de desprecio natural, que es el que lleva a que algunos ejerzan una defensa a ultranza del maldito crecimiento de Los Rodeos; por un lado el sector acomodado se opone a recorrer algunos kilómetros más y el grupo de los grandes empresarios, escudándose en los pequeños, fuerzan la situación con el ojo puesto en sus arcas. Todo esto cuando el hecho de que seamos la única isla de nuestro Archipiélago con dos opciones aeroportuarias debería ser el motivo que nos permitiese preservar mejor la naturaleza, convirtiendo el TFN en simple aeropuerto auxiliar de su homólogo sureño. De este modo, partirían de él los vuelos más demandados, pudiéndose incluso ampliar sobre los terrenos militares o sobre la vieja terminal. Por su parte, el Reina Sofía acabaría de completar las necesidades en esta materia que tiene Tenerife por medio de las ampliaciones pertinentes, sin que ello suponga un estancamiento económico para la parte norte de la isla, ya que entonces, de ser ineludibles, se pondrían en liza otras opciones vitalizadoras. En síntesis, el pueblo tinerfeño se halla ante un debate absurdo, en el que los términos naturaleza y comodidad parecen tener un duro litigio, en el que cada vez se entrevé, de forma más clara, un injusto vencedor. Según dicen, todo tiene su sentido porque construir grandes aeródromos y enterrar nuestros campos bajo hormigón es bueno para nuestro planeta, es crecimiento, está de moda, ¡es el progreso!

Domingo Ramos Gutiérrez

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