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'Año Uña'

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Pues debo decirles que, de hacerlo, se perderían una de las propuestas más interesantes, naturales y sinceras de cuantas han llegado a las pantallas en los últimos años. Y es que si hay una palabra que pueda definir una película como Año Uña es la naturalidad y la sinceridad que desprende la misma idea. Como muy bien me comentaba su director, Jonás Cuarón, después de la presentación de la películas a los periodistas acreditados en el festival de cine de Helsinki Rakkautta & Anarkiaa “las fotos que forman la narración de la película no se tomaron pensando en lo que luego se convirtieron. Yo me pasé un año sacando fotos y, al final, surgió la idea de ordenarlas y lograr que todas juntas contaran una historia. Además, admito que la idea se le ocurrió a mi novia Eireann”. Sea como fuere, Año Uña, si bien empezó siendo un experimento visual de dos personas relacionadas con el mundo de la imagen terminó siendo un viaje iniciático entre dos personas y dos conceptos de entender la vida. Jonás Cuarón, además de ser el hijo del director Alfonso Cuarón, ya había realizado tres cortos antes de embarcarse en un proyecto como el de Año Uña, mientras que su novia, Eireann Harper, licenciada en Historia del Arte, había sido la responsable de la co-escritura del guión del segundo de los cortos de Jonás, titulado Un disparejo. Aparentemente, Año Uña narra el amor imposible entre Diego, un adolescente mejicano de catorce años, y Molly, una estudiante americana enamorada de Méjico de una manera muy distinta al resto de muchos de sus paisanos de los Estados Unidos. Para Molly, Méjico no es el gran patio de recreo para quienes cruzan la frontera en busca de diversión, bebida y alguna aventura amorosa. Méjico es un lugar que merece la pena ser descubierto, sentido y vivido en el más amplio sentido de la palabra. Por eso, tras una primera experiencia, acompañada por personas de distintos países además de una amiga de los Estados Unidos, Molly decide regresar para ver aquellos lugares que como estudiante de intercambio no pudo ver, entre ellos la emblemática basílica de Nuestra Señora de Guadalupe. Y será en el segundo viaje, a escondidas de sus padres, donde Molly no sólo conozca una parte de Méjico invisible para quienes solamente buscan una gran juerga, sino a Diego y a su familia. El encuentro entre los dos personajes de esta historia dará lugar a un juego de pensamientos en donde, cada uno, verá la realidad según su punto de vista. Para Diego es la oportunidad perfecta para demostrarle a la recién llegada todo su atractivo masculino, plagado de hormonas que pugnan por manifestarse. Para Molly, Diego y su familia son el refugio perfecto para dejar atrás una opresiva relación con uno de sus profesores, amén del ambiente familiar y las propias presiones que se deben soportar cuando uno está a punto de finalizar sus estudios. Además, la espontaneidad y sinceridad de un Diego que todavía no conoce muy bien cómo comportarse delante de una mujer, a pesar de tener novia, terminan siendo un componente irresistible para una Molly cansada de tanta hipocresía. Como muy dice la joven, “a esta edad los hombres aún son dulces y atractivos, y son capaces de pensar en algo más que en una sola cosa. Después pierden todo su atractivo”. Entre medias, cada uno vivirá experiencias que lo irán marcando, en especial en la vida de Diego, y que terminarán formando parte de su existencia. El último intento de Diego por conquistar a Molly, escapándose un día hasta Nueva York para poder verla, supone un acto de entrega que, desgraciadamente, ya no es común entre las personas que habitan en nuestra sociedad. Puede que sea un gesto inútil, pero les enseña una valiosa lección a los dos, a la vez que sirve de broche final de una historia que transcurre entre las cuatro estaciones del año, marcada por viajes, vida y muerte, alegrías y tristezas y una uña que termina por darle problemas a Diego. La gran virtud de Jonás Cuarón y de Eireann Harper, responsables ambos del montaje de los cientos de imágenes que forman la película, es haber logrado darles a dichas imágenes una coherencia narrativa que sirva de apoyo para los diálogos y los voces en off que nos narran las distintas situaciones escondidas detrás de aquellas imágenes fijas. Y, como dije antes, se logra con una total naturalidad, robándole a la realidad momentos congelados, los cuales encajan a la perfección con las palabras que estamos escuchando. Además, Año Uña sirve para confrontar los estereotipos que, desde ambos lados de la frontera, se tiene de los mejicanos y los norteamericanos. Esto queda claro al escuchar los pensamientos de los personajes secundarios que pululan alrededor de Diego y Molly, caso de la madre de Diego, de su abuela, o de Katie, la amiga de Molly. Al final, Año Uña es un fresco de la realidad que se vive en un país con Méjico, contada por sus mismos protagonistas y por personas, como Molly, que llegan hasta allí buscando algo. En cierta manera, Molly es la gringa que, como otros muchos compatriotas suyos a principios del siglo XX cruzaron el Río Grande a la busca de un nuevo horizonte. Ciento es que Molly regresa a su país y a su ciudad, pero, también es cierto, que siempre permanecerá unida a Méjico. Con Año Uña, Jonás Cuarón demuestra que, con una buena historia de partida, contada de manera sincera y sin necesidad de artificios, se puede construir una película que transmita un torrente de sentimientos, los cuales puedan ser entendidos por alguien de una mentalidad tan alejadas de ellos como puede ser un habitante de Finlandia, y también para quienes compartimos lazos y nexos de unión con los habitantes de un lugar como Méjico. Ya lo saben, si se enteran de que en algún sitio, encuentro o festival, se proyecta una película llamada Año Uña, no dejen de ir a verla. Les aseguro que no les decepcionará.

Eduardo Serradilla Sanchis

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