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Aprender en cabeza ajena

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He oído decir de todo sobre Garzón sin que casi nadie repare en lo que importa; o sea, si se ha movido, en el caso concreto de la corrupción política, a partir de pruebas o de indicios claros. Por lo visto, importa menos que haya personas o tramas dedicadas al saqueo de las arcas públicas que si Garzón actúa por cuenta de los psocialistas, como antes lo acusaran éstos de hacerlo por la del PP. Y cuando se trata de superar esa explicación de sus quereres sucesivos, o alternativos, se recurre a la psicología de barra de bar. Nunca a la posibilidad de que lo mueva su idea de lo que son las obligaciones de un juez ni de que sea cierta la comisión de los delitos investigados. Curioso.

No conozco a Garzón ni sé cómo es, pero a nadie se le oculta que los ambiciosos no se meten en fregados que irriten a los poderosos de un país donde está demostrado que ésa no es la vía para colmar ambiciones. Vivimos en una sociedad con tan mala conciencia que reprueba más a Garzón por tomarla que a quienes se llevaron la caja para casa. Éstos incluso son admirados por su habilidad y hasta se les envidia por haber estado en el lugar y el sitio adecuado para alzarse con los cuartos. Son quienes complacen al poder los que prosperan de verdad si se limitan a perseguir robagallinas.

En cuanto a que impulse a Garzón la vanidad o su desmedido afán de notoriedad, tampoco sé qué decirles. Sin duda, de algún sitio sacará la fuerza con que seguir dale que te pego. Pero volvemos a lo mismo: le venga de donde venga el impulso, lo que interesa es si sus actuaciones tienen fundamentos sólidos, si están bien razonadas sus investigaciones y si se atienen a la estricta legalidad.

Esto es tan evidente en un Estado de Derecho que sorprende que sea apenas tenido en cuenta al enjuiciar su labor y el papel que ha asumido Garzón. Se debe, en buena medida, a que las carajeras políticas pervierten la realidad y embotan el sentido común al politizar los partidos la Justicia, mediante su desastrada utilización para beneficiar o evitarle perjuicios a sus expectativas electorales. Es lo que hace el PP, como lo hiciera en su día el PSOE, al ver en las actuaciones contra individuos de su partido operaciones para destruir la organización. Así, ampara a sinvergüenzas sin caer en la cuenta de que, de culminar los procesos con sentencias condenatorias, éstas se extenderán al conjunto del partido a ojos de una opinión pública a la que no se ha enseñado a diferenciar y cada vez más convencida de que todos los políticos son iguales.

Felipe González cometió el error de no proceder orgánicamente contra cuantos, de Juan Guerra a Roldán o Barrionuevo, metieron la mano o la pata al dar por sentado que el objetivo era el PSOE; ahora Rajoy repite suerte protegiendo a imputados, con lo que se arriesga a que sus eventuales condenas castiguen políticamente al partido. En el afán de no darle bazas al contrario, olvidan, unos y otros, que son los individuos quienes delinquen, no las instituciones; ni las organizaciones, salvo que su objetivo sea delinquir.

Creo que a la larga saldrá perjudicado el PP, como le ocurriera al PSOE. Rajoy no es, pues, de los que escarmienta en cabeza ajena. O no lo dejan, que también pudiera ser. Deberían los populares canarios pensárselo. Si los psocialistas canarios no aparecieron involucrados en los feos asuntos del PSOE, varios peperos isleños destacan en el censo nacional de vergüenzas de su partido. Los imputados son individuos, sí, pero la organización se ha solidarizado con ellos y eso tendrá consecuencias.

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