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Armas olvidadas

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En fin, la sustancia en cuestión parece que es fosgeno. Para los profanos como yo: un agente químico que ataca los pulmones, y que se utilizó por primera vez durante la Primera Guerra Mundial. El fosgeno se guardó en una caja metálica que, en teoría, debería haberse remitido a un laboratorio especial, preparado para destruirlo o conservarlo, según las necesidades. Pero algún funcionario olvidó mandar el paquete. Y, después, los años cayeron sobre la caja metálica, y los sucesivos funcionarios pensaron que allí había papeles, que no debían ser muy importantes a juzgar por el caso que se les hacía. Hasta que alguien decidió reestructurar los departamentos y desmantelar las oficinas de los inspectores de armas, cuyas dependencias se van a cerrar, y en la mudanza apareció el gas mortal. Es lo que tienen las mudanzas, que nos sacan los trapos sucios que creíamos olvidados, igual que los trajes que ya no nos caben. Lo cierto es que el tal fosgeno no es ninguna broma, aunque se utiliza para la fabricación de plásticos y pesticidas, a temperatura ambiente se convierte en venenoso. Afortunadamente, parece que el archivador donde estaba no registró ningún escape. Todo esto lo comprobaron los equipos especiales que se desplegaron con gran alarma por el edificio de la Primera Avenida neoyorkina en cuanto se hizo el hallazgo. El inmueble se desalojó y se hicieron todo tipo de mediciones sobre la toxicidad del ambiente. Todas negativas, afortunadamente, porque quince años de exposición a un tóxico ya hubieran dado algún síntoma, se supone. Este episodio podría quedarse en una simple anécdota motivo de chiste y chanza si no fuera por la cantidad de víctimas (más de 77.000 civiles muertos) que yacen al pie del maldito letrero de "armas de destrucción masiva", que se esgrimió para justificar la guerra de Irak. Que las únicas armas que argumentaron la invasión y destrucción de un país entero se hayan encontrado arrinconadas y olvidadas en un despacho, quince años más tarde de haberlas localizado, es vergonzoso en todas sus lecturas. Sabemos que la leyenda de las armas sólo fue un pretexto, pero hasta las excusas deben trabajarse.

Esperanza Pamplona

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