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Asco y vergüenza

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En estos meses en los que el mundo se está agitando como una coctelera, la corrupción ahoga a las naciones y tu vida tiene valor según quien seas, uno se pregunta que está fallando.

Al fin, los pueblos han dicho basta y han salido a las calles a plantarle cara a los dictadores. Pero, cuando miro hacia Europa o a la ONU y veo la indiferencia que muestran los superlíderes hacia esas protestas, lo poco que les importan las vidas perdidas, los derechos humanos y el estado de esos gobiernos, empiezo a perder la alegría que sentía porque por fin, parecía que algo iba a cambiar, por fin, las cosas iban a ponerse en su sitio, iban a ganar los buenos, como en las películas.

Pero la esperanza desaparece cuando me doy cuenta de qué es lo que realmente les importa. El precio del petróleo, las relaciones con sus aliados (respeten o no los derechos humanos) y la venta de armas.

Me lleno, sin quererlo, de asco y vergüenza. Me pregunto cuánto tiempo podremos seguir bajo la dictadura del oro negro, y no puedo evitar preguntarme si los líderes mundiales, los inversores y demás señores importantes, se habrán dado cuenta de que se han convertido en seres despreciables, repugnantes, que miran desde sus sillones de cuero como miles de personas mueren en las calles mientras de reojo observan lo que de verdad les importa, si esas revoluciones les afectarán y las consecuencias que tendrán en el precio del petróleo.

Le pondría a cada uno de ellos un plato lleno de petróleo para almorzar con un licorcito de petróleo para acompañar y de postre un helado de petróleo. A ver si así se dan cuenta de una vez de que el petróleo no se come.

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