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Asuntos turcos

Federico Echanove

Que un golpe de estado contra un gobierno elegido en las urnas fracase es siempre, en principio y por principio, buena noticia para los amantes de la democracia. Ahora bien, cuando se conoce, siquiera sea mínimante, la complejidad del caso de Turquia en el contexto del mundo musulmán, y se constata la deriva autoritaria a que el islamista Erdogan estaba sometiendo al país asiático en los últimos tiempos, es inevitable que, junto a ese principio, haya que efectuar consideraciones que pueden conducirnos a una conclusión distinta.

Por otra parte, las vulneraciones de los Derechos Humanos en Turquía siempre han sido moneda corriente, con y sin militares en la presidencia, con y sin Erdogan, y si bien es cierto que de triunfar la asonada la violencia y la estabilidad en Turquía y en toda la zona habrían empeorado, cuando se conocen las primeras informaciones del contragolpe del nuevo sultán otomano, con purgas masivas, no ya en el ejército, sino en la judicatura y en otros importantes órganos del estado, las dudas respecto a si lo que viene ahora va a ser mejor que lo que hubiera traído el golpe se incrementan. Y mucho más cuando al escribir estas líneas uno sigue esperando a ver en las manifestaciones de esas multitudes llamadas a “defender el régimen desde la calle” alguna mujer con el pelo descubierto.

Y es que lo que los acontecimientos de estos días en Turquía vuelven a poner de manifiesto el gran asunto de fondo de si el Islam es compatible o no con la democracia tal como la entendemos en Occidente. Y afinando un poco más, si el llamado islamismo político que se proclama democrático y no yihadista, es compatible con esa misma democracia occidental y con el respeto por los Derechos Humanos. Y, en el caso de Turquía, con el grado de libertad religiosa y la laicidad del Estado que la convirtieron el pasado siglo en un caso excepcional en el mundo musulmán.

Respecto de la primera cuestión, debemos decir que el régimen inaugurado por Mustafá Kemal Attaturk tras la caída a principios del pasado siglo del Imperio Otomano, fue siempre tan receloso, que no solo negó la posibilidad de existir al islamismo político, sino que impuso una estricta laicidad en todo lo público, y sobre todo en la educación, relegando la religión al ámbito estrictamente familiar y privado. Como contrapartida, un férreo militarismo, con el Ejército como guardián del laicismo, y un nacionalismo bastante furibundo, serían las otras dos notas distintivas de un régimen cuyos principales enemigos, además del Islam político, serían asimismo los kurdos y el comunismo.

Y respecto de la segunda cuestión que planteábamos, ojalá que cambien algún día las cosas, pero una vez aparecido en Turquía (a pesar de los militares) el islamismo político del Partido de la Justicia y el Desarrollo (AKP) de Erdogan, no parece que su actuación esté resultando muy acorde con la preservación de las mejores tradiciones de la frágil y peculiar democracia turca, al implantar el Islam en la vida pública y en las escuelas. Del mismo modo que no parece estar muy claro que el nuevo régimen se desprenda de los peores vicios del ataturkismo. De hecho, lo que son las cosas, el partido derechista MHP que muchos expertos consideran heredero de los grupos de choque fascistas que el Ejército utilizaba en operaciones de terrorismo de estado contra comunistas, kurdos y armenios en los años 70 y 80, los llamados Lobos Grises, ha sido uno de los principales apoyos de Erdogan en el Parlamento de Turquía tras el intento de golpe. Y ello por no hablar de otros aspectos de la gestión de Erdogan en estos años, en asuntos graves como el oxígeno proporcionado al Daesh, facilitando la venta del petróleo producido en el territorio que controla. Eso sí, todo con una escenografía que incluye siempre el retrato de Ataturk detrás para que no se le acuse de ir contra el padre de la Turquía moderna.

Mientras, y lo que son también las cosas, el clérigo Fethullah Gülen y su movimiento Hizmet,que en otro tiempo fueron sus principales aliados frente al kemalismo ataturkiano, han sido señalados ahora por Erdogan como los principales instigadores del pronunciamiento militar. Al margen de que este grupo tenga influencia en sectores del Ejército -más difícil de probar será siempre la implicación directa- lo que es obvio es que el nuevo sultán ha aprovechado los hechos (y es inevitable que hayan surgido especulaciones respecto a un posible autogolpe para reforzarse) depurar a los desafectos y discrepantes y deshacerse de ellos en la mejor tradición totalitaria.

Y es una pena porque si se indaga un poco en la trayectoria y bases doctrinales que animan a este movimiento social, al que muchos analistas califican algo despectivamente como una especie de Opus Dei musulmán, y al que Erdogan ha declarado la guerra, se comprueba que hunde sus raíces en la tradición religiosa más dialogante y menos totalitaria del mundo musulmán y de la propia Turquía: misticismo espiritual sufí; es decir, no integrismo y vivencia de la religión como algo privado; diálogo con Occidente y la ciencia; liberalismo; educación y formación (no solo religiosa) como base del progreso de la sociedad. En fin, algo así como lo que la Reforma protestante supuso para la Cristiandad hace cinco siglos y que -¡ojalá nos equivoquemos!- no parece que Erdogan vaya a encarnar.

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