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Babel

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El trabajo comenzó pronto, y así el ladrillo les servía de piedra y el betún de argamasa. Mas Dios confundió su lenguaje, de tal manera que no entendía cada cual el de su prójimo y desde aquel punto se desperdigaron por la tierra y dejaron de edificar la ciudad. La torre de Babel según las sagradas escrituras, Génesis, capítulo 11, versículos 1-9. Para quienes asistimos a las clases de religión que nos impartían en el colegio, la historia de la torre de Babel simboliza la osadía, soberbia y atrevimiento del ser humano, en su empeño por desafiar la autoridad de un ser superior. Con la construcción de la mentada torre, el hombre quería alcanzar el mismo cielo, algo reservado para los puros de corazón y que hubieran demostrado una rectitud durante su vida mortal. Afirmaciones así dan qué pensar visto el comportamiento del ser humano desde su misma gestación, pero no entraré en mayores consideraciones. De ser así, el cielo debe estar bastante poco poblado, mientras que su antónimo debe padecer los problemas de saturación de buena parte de nuestro mundo. Volviendo al tema que nos ocupa, y aceptando que el ser humano es una criatura imperfecta y dada a los excesos, el otro punto por el que se menta a la hercúlea construcción es por el principal efecto del castigo divino para con los hombres: el nacimiento de los idiomas que pueblan el mundo. Según el relato bíblico, después de aquello los hombres no pudieron entenderse entre ellos y se marcharon cada uno por su lado. Tampoco hay mucha variación con lo que pasa en la actualidad. Piensen en una empresa cualquiera o en los gallineros en los que se han convertido los parlamentos de nuestra geografía. Todos hablan en mismo idioma, pero nunca terminan entendiéndose. Y es de esas dos premisas de las que se valen el escritor y guionista Guillermo Arriaga y el director Alejandro González Iñárritu para crear una película como Babel. Ambos son conocidos por realizaciones como Amores Perros y 21 Gramos, dos películas que demostraron el talante y la validez del nuevo cine mejicano –algo que también están dejando claro directores como Guillermo del Toro y Alfonso Cuarón-. De todas maneras, Babel es un proyecto que se aleja de lo que solemos ver en las pantallas y por varias razones. Por un lado, y siguiendo las raíces de la misma historia, Babel está hablada en siete idiomas distintos –japonés y japonés para sordos, inglés, castellano, francés, bereber y árabe-. Por otro, no hay un protagonista absoluto de la historia, salvo las relaciones humanas, sino cerca de una docena, viviendo en tres continentes distintos y estando todos relacionados de una manera tan casual como caprichosa. Es, por tanto, una película que necesita de un grado de concentración al que cada día están menos acostumbrados los espectadores. Tal dificultad no desmerece en nada el magnífico trabajo del director y los actores, pero la realidad y el momento que vive el séptimo arte en nuestro país es el que es. Puede que el mayor acierto de Babel sea el demostrar que, si bien los idiomas son un handicap en la comunicación, no son el único ni el que más problemas le acarrea al ser humano. Sólo hay que ver la penosa actitud que demuestran los compañeros de viaje de la pareja de turistas americanos compuesta por Richard y Susan –Brad Pitt y Cate Blanchett- quienes, a pesar de la que la segunda esté herida de bala en medio de las montañas de Marruecos y muy lejos de un hospital, prefieren marcharse antes que demostrar un poco de solidaridad. La cara opuesta de la moneda es Anwar, el guía marroquí, quien le da al desesperado Richard la única esperanza en medio de un terreno tan baldío y apartado del mundo como en el que se encuentra. Anwar le ofrece a Richard su humilde casa, un poco de té para beber y el apoyo de quien sabe lo que es vivir en el siglo XIX cuando en el la otra parte del mundo se vive en el siglo XXI. La negativa del guía de aceptar el dinero que le ofrece el americano, justo antes de que se marche en un helicóptero camino del hospital, demuestra que la honradez y la coherencia personal se encuentran donde menos lo espera uno y no tienen que ver con la posición social ni con el poder que se ostente. Cualidades como esas, ni se compran, ni se enseñan, por mucho que algunos se empeñen en decir lo contrario. En otro extremo del mundo, Amelia, la encargada del servicio doméstico de la pareja Susan y Richard, verá como su privilegiada posición como emigrante con permiso de trabajo en los Estados Unidos, se hace pedazos por no lograr dejar a los hijos de la pareja el día que debe asistir a su hijo en Méjico. Cierto es que la actitud de su sobrino Santiago, interpretado con la soltura habitual por otro de los abanderados del cine mejicano, Gael García Bernal, no ayuda mucho. No obstante, el drama que vivirá la leal Amelia, refleja, sin ningún género de dudas, la precaria realidad de quienes atraviesan el Río Grande para trabajar en la tierra prometida que son los Estados Unidos. La tercera de las historias, es más radical y complicada, no sólo por desarrollarse en el Japón contemporánea, lleno de referentes que escapan para buena parte de los occidentales –salvo los otakus, devoradores de todo lo que llega del país del sol naciente- sino por las circunstancias en las que vive la protagonista Chieko. Ésta es una joven sordomuda que, tras la muerte de su madre, no logra entenderse con un padre tan distante como ella y que guarda un terrible secreto sobre su conciencia. Lo increíble es ver cómo un fusil regalado por Yasujiro, padre de Chieko a su guía bereber, tras una partida de caza en las montañas del Atlás, desencadena toda la acción sobre la que se sustenta Babel. No es de extrañar que, para quienes disfrutan con las narraciones bien hilvanadas y donde nada está puesto al azar, los 142 minutos que dura Babel se conviertan en una experiencia apasionante y de las que no se olvidan fácilmente. Lo que queda claro es que la incapacidad del ser humano por convivir en paz y armonía, empeñado en salirse con la suya a cualquier precio es una torre mucho más alta y compleja de superar que cualquiera de las representadas, a lo largo de los siglos, por los pintores más prestigiosos. Lo peor del caso es ver que las actitudes de buena parte de los protagonistas de Babel –las malas, en este caso- son más comunes que el comportamiento de Anwar. Hasta que eso no cambie, quedarán no una, sino muchas torres por derribar, mucho más altas que la Torre de Babel.

Eduardo Serradilla Sanchis

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