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Buenos días Canarias

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La razón de todo es muy sencilla; mi profesora de Literatura sabía que se aprender a redactar, redactando, mientras que quien me impartió la asignatura de redacción periodística, apenas avanzaba más allá de la teoría y de los ejemplos de quienes llevaban ya mucho tiempo en el oficio. De todas maneras, mientras desarrollábamos, en las mencionadas clases de literatura, la técnica largamente comentada por el escritor Graham Green –acostúmbrate a leer en voz alta aquello que escribes y a escucharlo en boca de otros- no soñaba con escribir la “gran novela”. Sabía, como sé ahora, que me gusta escribir y contar historias y para mí era más que suficiente. Encima, por la querencia que tengo hacia el fantástico admito que sí pensaba escribir un relato de ciencia ficción o con escribir una historia protagonizada por Superman, Spider-man o el Capitán América, aunque viviendo en nuestro país, ambas cosas se me antojaban una empresa casi imposible. Lo que para entonces sí tenia claro, en especial gracias a los buenos profesores de historia universal que había tenido durante buena parte de mi formación –en especial uno de ellos- era lo deleznable que suponía para una sociedad cualquier tipo de censura, de pensamiento, palabra y obra. No quiero decir que todo deba estar permitido, sobre todo viendo los lamentables espectáculos con lo que nos obsequian las televisiones de nuestro país, fiel reflejo de lo que suponía para la plebe las largas jornadas de circo romano, aunque sin pan, todo sea dicho. Hay límites que deben ser respetados, aunque ello no significa que se promueva ningún tipo de censura. También sé que cada uno se auto censura a voluntad, merced a sus creencias, valores y convicciones. Sin embargo, distinto es, o debería ser, el control que desde el poder se ejerce sobre aquello que sucede a su alrededor. El título de la columna pretende homenajear a la película Good morning Vietnam, ácida y corrosiva crítica hacia el férreo control al que se sometió cualquier noticia acaecida durante la guerra del Vietnam por parte de las autoridades norteamericanas. El mayor sinsentido llega cuando el protagonista ni siquiera puede narrar el estallido de una bomba, suceso en el que él ha sido testigo directo. El atentado del 11 de septiembre y los posteriores conflictos bélicos han vuelto a resucitar el miedo a esa censura “oficial” en bien de unos ciudadanos que necesitan todo lo contrario, al tener a sus hijos luchando en una guerra baldía y de difícil solución. Por estos parajes somos mucho menos disimulados. Preferimos alterar la verdad, mentir, engañar, moldear los acontecimientos y negar la evidencia con tal de que favorezca nuestros intereses. Poco importa el promover como candidato al premio Canarias de Comunicación a quien fomenta el racismo, la xenofobia y demás lindezas, con tal de tapar las vergüenzas de quienes han prometido velar por nuestros intereses. Al final, da la sensación de que al ciudadano de a pie no le importa que se le mienta en la cara, mientras tenga sus mínimas necesidades cubiertas. Después, los más jóvenes que luchen por recomponer la situación. Para entonces el problema ya será de otro. Y precisamente desde la comunidad estudiantil es de dónde ha llegado una clara y determinante crítica ante el anuncio de la nominación de cierto articulista de la isla de Santa Cruz de Tenerife, especializado en recrear las proclamas del tristemente recordado Joseph Goebbels, ministro de propaganda del Reich alemán. Los estudiantes de periodismo de la Universidad de La Laguna –los cuales deberán buscar trabajo en otras partes del mundo, por supuesto- fundamentan su rechazo ante tal nominación en que la ley por la que se concede este premio especifica que el distinguido ha de haber destacado por su labor a través de cualquier medio de comunicación impreso o audiovisual difundiendo y profundizando en la realidad canaria en sus aspectos cultural, social y económico, y haber divulgado los valores propios de nuestra Comunidad Autónoma. Imagino que cada uno tiene una visión distinta de la realidad canaria, sus valores y principios. Hasta ahí todos estamos de acuerdo. El problema llega cuando se recurre a tergiversar la historia, falsear los datos y tratar de esconder las miserias propias, debajo de la alfombra del vecino. Flaco favor se hace a la sociedad defendiendo tales principios. Como tampoco se le hace ningún favor queriendo controlar cualquier tipo de actividad que tenga a los ciudadanos de destinatarios finales. Todos los regímenes totalitarios lo han intentado, con mejores o peores resultados y, al final, es la misma sociedad la que se resiente. Incluir a un controlador, censor o algo por estilo es un mal comienzo para la andadura de cualquier institución –sobre todo en nuestra sociedad canaria- demasiado acostumbrada a tratar con personas que gustan de manipular las cosas, sin mayor pudor. Lo sucedido con la jefa de prensa del teatro Pérez Galdós –aquella que se ganó el puesto por su méritos- es un lamentable capítulo, otro, escrito por quienes no sienten el menor respeto por el bagaje profesional de una persona y sólo piensan en proteger sus intereses partidistas y sectarios. Hemos llegado a un escenario en donde todo vale, sin importar lo que el resto pueda pensar, aunque sin la carga moral de las grandes tragedias griegas. Queda claro que situaciones como éstas son un aviso para quienes, como yo, pasan por una facultad tratando de formarse para un futuro profesional que, una vez dentro de él, éste más se asemeja a una batalla campal que a cualquier otra cosa. No obstante, hoy por hoy es lo que hay y me imagino que poco se podrá hacer para que el premio Canarias de Comunicación no acabe en las manos MENOS adecuadas o para que la recién despedida jefa de prensa recupere su legítimo puesto de trabajo. Aunque, todo lo que sube, termina por bajar, y esa ley física no se puede cambiar. Retrasar, quizás sí, pero cambiar, ¡NO! Por lo menos, mi profesora de literatura sí lo hizo bien con nosotros, algo que no puedo decir de algunos otros.

Eduardo Serradilla Sanchis

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