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Cabemos más

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A uno, si quieren que les diga, la realidad cotidiana le demuestra que sí cabemos más. Que cabemos, si lo miramos con objetividad, muchísimos más. Quienes se manifiestan para evitar que el gentío residente se siga multiplicando, no dicen ni mu respecto al desmelenado desarrollismo de la oferta turística, un suponer, que continúa engordando por nuestras costas mayormente a un ritmo vertiginoso pese a todo el paripé de las diversas moratorias. Parece como si esa presión humana, coyuntural pero persistente, no tuviese la menor importancia. Pero, doce o trece millones de turistas al año son una pasada para un Archipiélago como el nuestro. Y el deterioro medioambiental y paisajístico que ese crecimiento constante de la oferta genera debería ser tan preocupante o más que otros movimientos y vaivenes del personal. Entre esos visitantes que nos llegan por los aeropuertos, se encuentran, además, la mayoría de los delincuentes peligrosos y de miembros de las mafias internacionales que siembran con sus actividades el crimen profesional, en todas sus variantes, por nuestros litorales atlánticos. No hay manifestantes ni líderes del “ni uno más” que hablen de esas cosas. Posiblemente, ya digo, cabemos un montón más de lo que podríamos imaginar. Basta con censar el número de casas y de pisos en venta y actualmente deshabitadas en nuestra Comunidad –aunque el de la vivienda sea uno de los máximos problemas al que se enfrenta en canario del común- para comprender que no sólo podríamos admitir el arribo de miles y miles de personas que quisieran instalarse aquí, sino que, incluso, tendríamos lugares más que suficientes donde alojarlas. Aquí lo que hay, a parte de falta de espacio y de un territorio –el tópico, aunque responda a la verdad geográfica no deja de serlo- escaso y fragmentado, es mucha demagogia. Y escasa voluntad política para planear un futuro mínímamente habitable y confortable. Antes de pensar o exigir una ley de residencia, habría que encarar otras normas mucho más sencillas de aplicar, pero que, probablemente, afectarían a los intereses y recortarían las ganancias de muchos.

José H. Chela

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