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Canarias, independencia y democracia por Octavio Hernández*

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Mientras el PSOE en Tenerife se desmorona en algún punto entre el juicio de los ciudadanos y el juicio de los tribunales, Santiago Pérez pretende un deslinde maniqueo y sobado entre izquierda y derecha. Un deslinde falso, porque la izquierda no es el PSOE y la derecha no es el independentismo, por más que agite el avispero de las grandes generalidades ideológicas que a buen seguro alimentarán las pasioncillas de algunos catetos. Yendo al grano, para mi la cuestión es qué vamos a hacer Los Verdes de Tenerife en los municipios donde el PSOE pierda la mayoría y obtengamos representación, un escenario que se sitúa ya para nosotros en el plano de las tareas inmediatas, alejadas de cualquier grandilocuencia facilona. No espero que me responda, pero precisa explicación. Y es que el verdadero, auténtico y concreto problema del PSOE en Tenerife no son los editoriales de El Día, ni el abuso con fines reaccionarios y retrógrados de la extendida identificación entre independencia y emancipación. El problema objetivo que tiene su partido es que nuestra derecha sólo ocasionalmente ha necesitado al PSOE para apuntalar su poder, tarea a la que el PSOE se ha entregado siempre con insultante fidelidad; pero la derecha se ha bastado siempre a sí misma para hacer su propia política. De tal suerte que el PSOE sólo ha gobernado para la derecha y con esa función, asumida como una profunda convicción por sus dirigentes y una profunda servidumbre por sus delfines, ha orientado la labor opositora donde no gobierna. Esto explica la antológica esquizofrenia expresada por Alemán, mientras Santiago Pérez toca la lira de su contradicción ontológica entre la esencia y la apariencia de sus creencias: “Hay razones más que sobradas para que los canarios aspiremos a tomar las riendas de nuestros asuntos. Siempre lo he creído intelectualmente y lo he sentido afectivamente”. Las aspiraciones de los canarios en el PSOE son materia intelectual o afectiva, porque la materia real de su actividad política es defraudar continuamente en la práctica, con los hechos, esas aspiraciones. Aparentar socialismo en la oposición y sustanciar capitalismo en el gobierno, simular democracia en demanda de poder y ejecutar tiranía en su ejercicio. Palabra gruesa esta de tiranía, pero créanme, en Tenerife llamar tiranos a alcaldes socialistas no ofende al diccionario. La gente está harta de ser aplastada con soberbia y burlada con hipocresía por los compañeros de viaje de Santiago Pérez. Por eso, aunque la derecha tinerfeña atraviesa una creciente pérdida de apoyo social, el PSOE no se erige en la autoridad moral alternativa. Porque no la tiene. Porque no lo es. Hay dicotomías falsas que convocan banderías útiles para hacer creer a los incautos que en nuestro régimen político isleño hay contienda por el cambio donde, en realidad, sólo existe sucesión de continuidad. A un lado, proclama Santiago Pérez, la izquierda defensora de la democracia española con el derecho de autoafirmación canaria a través de un sufragio equitativo; al otro, la derecha promotora de una independencia antidemocrática cuya pretendida soberanía archipelágica viene menoscabada por un sufragio excluyente. Y en medio, el territorio en disputa de la Ley electoral y la reforma del Estatuto de Autonomía. ¿Y tú con quién estás?, parece sugerir: ¿con el PSOE o con CC-PP? ¡Qué bueno sería si fuera tan sencillo y transparente! Pero no. La insistencia del PSOE en que bajando porcentualmente las barreras electorales se abrirá la esclusa a la marea del pluralismo y las instituciones a las fuerzas políticas extraparlamentarias, el autoproclamado patrocinio del PSOE sobre las aspiraciones rupturistas de los partidos y movimientos excluidos en este sistema político, es de una falsedad rayana en el insulto. Porque no son las barreras electorales las que impiden la presencia en el parlamento de otras opciones, sino la Ley D’Ont contemplada en el régimen electoral general que no pueden regular las comunidades autónomas, como todas las cuestiones esenciales para la soberanía española, sino el Estado. Las barreras electorales no determinan la exclusión de esos partidos, pero sí complican el acceso del PSOE al juego de las mayorías en su triunvirato electoral con CC y PP, donde todos los gobiernos nacen bicéfalos. Los Verdes no nos prestamos a esa farsa. El PSOE no nos representa. Su posición acerca de la reforma no nos tendrá como aliados. Porque sólo nos quiere como rehenes de su interesada política de alternancia con y en la derecha, para alcanzar una posición de hegemonía en el triángulo de poder forjado entre representantes públicos, empresarios y periodistas, que es el pacto constituyente del régimen político autonómico canario y el verdadero obstáculo para la existencia y vitalidad democrática en el mismo. No rehuyo, para terminar, la cuestión de la independencia. Podemos coincidir en que ningún sistema constitucional puede mantener abierto indefinidamente el proceso constituyente en un capítulo tan esencial como la articulación territorial del Estado. Pero no es menos cierto que en el caso español, la españolidad, el nacionalismo español, en cuanto argamasa para tapar ese agujero es pura lechada y no el hormigón armado que necesitaría España para contener en el ámbito de su soberanía las aspiraciones nacionales insatisfechas, alentadas precisamente por el carácter abierto de la descentralización autonómica. Hay algo de histórico en esta anemia de la españolidad, que se contagió al “cuerpo de nación” del Estado cuando el franquismo consagrado a sangre, fuego y púlpito a su defensa e integridad hizo que la gente dejara de sentirse orgullosa de ser española, orgullo que es exclusivamente republicano en nuestra historia contemporánea. Hablo solamente de las nacionalidades ibéricas, porque Canarias, con un estatus colonial no reconocido aún oficialmente, es harina de otro costal. La apertura autonómica se cerrará, qué duda cabe, tarde o temprano. Pero el federalismo no va a satisfacer las aspiraciones democráticas de autogobierno de las comunidades de origen, porque solamente es el cierre de la descentralización que urge al Estado para resistir la desintegración de su soberanía frente a las demandas soberanistas que desbordan el autonomismo. El federalismo, en suma, no viene para satisfacer la autodeterminación de Canarias, sino la de España. El federalismo del PSOE, la Administración Única del PP y el Pacto de Estado de CC son tres versiones de un mismo programa nacional español que, por supuesto, requiere cercenar radicalmente cualquier tentativa de secesionismo, aunque ésta se exprese con exquisita calidad democrática. La fidelidad española de Santiago Pérez –ahí quiero llegar y termino- no sólo es igual a la del PP, sino que cuenta además con la complicidad necesaria de CC. Por ello, la utilización que hace de las estridencias editoriales de El Día para marcar supuestas diferencias entre dos bandos opuestos a izquierda y derecha en nombre de la democracia, encubre una identidad fundamental entre las políticas de CC, PP y PSOE, en cuanto partidos cuyo origen y destino obedece a la estructura territorial y política establecida en 1978, sólo diferenciables por el grado de asimetría que cada uno está dispuesto a admitir en ella. Ese grado de asimetría, donde Los Verdes hoy podemos encontrarnos temporalmente pero no mezclarnos con el PSOE, nunca ha sido esencial ni determinante en los últimos treinta años para los objetivos de conservación de este sistema político, por más editoriales estridentes que publique El Día con el afán provocativo de quien, minado ya por la edad inexorable, se hace notar intentando contener en vano, en la atención del público lector, la vida finita que, sin embargo, escapa. * Portavoz de Los Verdes en Tenerife.

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