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Carnavales

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Fracasaron tras la inesperada victoria de Zapatero, pues el invento necesitaba un Gobierno del PP en Madrid. No habían contemplado la eventualidad y el triunfo del PSOE los cogió en bragas. Ahora es el momento de intentar algo parecido porque es bueno para los negocios y en eso andan. Del Carnaval nacionalero al otro. El montaje del Parque de Santa Catalina ha taponado, por así decir, al Museo de la Ciencia. Una alegoría del desprecio por la cultura que ya demostrara Soria cuando intentó cerrarlo. Propuso, recuerden, destinar Elder a pinacoteca. Pensó que los artistas le aplaudirían entusiasmados, pero nuestros plásticos (y plastas) consideraron que no vale desnudar un santo para vestir a otro y no pudo el macho salirse con la suya. Hay quienes consideran que el Carnaval ha derivado hacia un tercermundismo de aquí te espero. El dinero que se entierra en la fiesta contribuye a disimularlo. Pero la cutrez es como el corcho que siempre vuelve a la superficie con su nata hortera. El paisaje desolador de la mañana siguiente permite observar tanto la falta de civismo creciente de los carnavaleros como la impotencia (o la desidia) municipal para impartir una cierta pedagogía ciudadana. Tres semanas, tres, duran los carnavales que, a efectos de cierre al ciudadano de gran parte del parque, son varias más. Los carnavales se han convertido en imposición a quienes no participan de la fiesta, que, de hecho, son invitados a marcharse de la ciudad. En especial, para los vecinos de las zonas agraciadas que han de soportarlos porque no pueden huir. Son muchos los que se van de viaje o tiran para el Sur en esas fechas; si pueden. Los demás, a aguantar el ruido estruendoso que les impide descansar de noche. No hay ordenanza que valga y han de andarse con ojo, no vayan a toparse con algún carnavalero desmandado y poseído de la permisividad de las celebraciones. Las quejas son inútiles. A alguien se le ocurrió una vez, hace años, que unos buenos carnavales proporcionan votos y todo cede ante eso. Ya ni siquiera se habla de aquel Parque de la Música ideado para jolgorios multitudinarios que liberen al resto de la ciudad, en especial al Parque de Santa Catalina y alrededores.

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