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Chirac y el cambio climático

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El Programa de la ONU para el Medio Ambiente nació en 1972. Aquella cumbre de Estocolmo estuvo precedida por una carta que Mansholt envió al presidente de la comisión de la CEE, advirtiéndole que nuestro modo de producir (¿el capitalismo?) y la supervivencia del ser humano en el planeta eran incompatibles a largo plazo. Desde entonces, las grandes empresas contaminantes acallaron las voces acusadas de catastrofistas. Nada demuestra, decían, una relación entre la contaminación del medio ambiente y el cambio climático. Pasaron 35 años de deterioro implacable. Ahora casi nadie niega las conclusiones de los científicos, pero hasta última hora intentaron comprar algunos de ellos con 10.000 dólares. Eso denunció el periódico británico “The Guardian”. El intento de corromper corresponde a la derechista organización estadounidense American Enterprise Institute (AEI), fundada por la compañía petrolera ExxonMobil, relacionada con el presidente George Walker Bush. A cambio de la pasta, los científicos debían escribir artículos señalando los errores cometidos por el IPCC en el informe recién publicado. Ben Stewart, de Greenpeace, realizó el siguiente comentario: “Son los vicarios de la Casa Blanca en los últimos estertores de la campaña negando el cambio climático. Han perdido la batalla científica, han perdido la batalla ética. Y lo único que les queda es una maleta llena de dinero”. El informe intergubernamental sostiene que hay un 90% de probabilidades de que el calentamiento del planeta se deba a la actividad del hombre. Suficiente como para aprobar leyes universales y medidas contundentes capaces de detener o aminorar sustancialmente la emisión de gases venenosos. Digan lo que quieran las petroleras y las empresas de automóviles, que ya encontraron una abogada defensora en la alemana Merkel. Acogiéndose a las leyes del mercado, argumentan que ellos, la oferta, responden lealmente a las exigencias de la demanda. Pasan así la responsabilidad del desastre climático a los consumidores. La idea de Chirac, crear una especie de ministerio global de Naciones Unidas capaz de enfrentarse el cambio climático, no es una tontería. El entusiasmo de la ministra Cristina Narbona parece comprensible. El escepticismo, sin embargo, tiene asiento dados los precedentes recientes. La ONU fue incapaz de detener la guerra de Irak, tampoco condenó la ocupación de Somalia por parte del ejército etíope, y el Tribunal Penal Internacional (TPI) en el que tantas esperanzas se pusieron aparece impotente para abordar casos de genocidio, delitos contra la humanidad y crímenes de guerra. Una especie de gobierno ecológico de Naciones Unidas necesitaría el apoyo incondicional de todos los países, especialmente de quienes más contaminan, la capacidad de legislar en materia de cambio climático y fuerza para hacer cumplir sus decisiones por encima de las normas nacionales y el poder de las transnacionales. Demasiados obstáculos por superar en las actuales circunstancias de las relaciones internacionales, aunque estemos llegando al “limite de lo irreversible”. El sistema camina con la venda puesta en los ojos hacia otra catástrofe. Como casi siempre. Y, como siempre, habrá que hacer esfuerzos por evitarla. Al fin y al cabo se trata de voluntad política. ¿O no

Rafael Morales

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