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Cien años de docencia del Instituto Pérez Galdós

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El Instituto Pérez Galdós acaba de cumplir su primer centenario el pasado día 4 de febrero del año 1916, cuando fue publicado oficialmente por Real Decreto, el centro que primeramente se llamara Instituto General y Técnico de Las Palmas. Anhelado por la ciudad y sus intelectuales desde mucho tiempo antes (1844). Las clases educativas dieron comienzo en octubre de ese mismo periodo, iniciándose con el primer curso de bachiller en la provincia de Las Palmas. La celebración de este centenario la hace todo el claustro de profesores de dicho centro de Enseñanza Secundaria, en la que ha emprendido la loable tarea de exaltar esta fecha con los fastos que merece este primer Instituto de enseñanza pública en la capital grancanaria.

Lo hace, entre otros actos, con un digno ejemplar bibliográfico que compila los pretéritos acontecimientos desde el comienzo de su historia; las disputas burocráticas isleñas, las comisiones en Madrid, presididas por el eximio escritor universal D. Benito Pérez Galdós; y colaborando con el literato, el diputado Leopoldo Matos, ante los estamentos competenciales educativos; influentes personajes en la capital del reino y ante el ministro de Instrucción Pública; y sobremanera, por las continuadas negaciones de la oligarquía tinerfeña en su deseo centralistas acaparador, y en su nombre el Instituto de La Laguna, que llevaba 70 años de actividad como único centro de Bachiller en el Archipiélago.

Lo peor de este comienzo, lo sería la fecha de 1916, año que aún se estaba inmerso en la I Gran Guerra mundial. Estos cuatro años bélicos tuvieron agónicas secuelas y fueron un duro revés para el receso de la economía isleña, especialmente para el puerto de La Luz, de donde partía el cabotaje con las mercancías para Europa y viceversa; y la recepción de pasajeros ingleses (en su mayoría) llegados a la isla. Por estas causas los gravámenes para el Cabildo mermaron considerablemente durante un largo periodo. Ente que valientemente, y en digno servicio a los intereses de la población en su noble demanda educativa, había asumido la integridad de los costes del Instituto en sus primeros años.

Por esas negativas razones aludidas, para las finanzas de la isla, el Cabildo que estaba recién creado (1913) en sus competencias administrativas, por lo que, el primeramente llamado Instituto General y Técnico (hoy IES Pérez Galdós), pasó por diversas vicisitudes económicas en sus primeros años y cursos —hasta que posteriormente asumió las cuantías educativas el Gobierno Central, en su obligación estatal—. Tal fue el extremo de déficit que se pensó en cerrarlo a los pocos años de su singladura educativa. Idea que alarmó a los ciudadanos laspalmense: López Botas, Domingo J. Navarro, etc.; a los políticos representantes en las Cortes, y al preclaro Galdós, que a pesar de las penurias económicas debía continuar en su tarea formativa, sin declinar ante las adversidades. El tesón de aquellos comprometidos políticos y las demandas de las clases menos favorecidas, no dejaron disipar esta oportunidad histórica.

Precisamente, al único Instituto existente de La Laguna, acudían los que se formaban en centros privados de Bachiller de la isla de Gran Canaria, como fuera el caso, de los hermanos Juan y Fernando León y Castillo, Pérez Galdós, Fernando Inglott, etc., quienes habían estudiados en el colegio de San Agustín de Las Palmas. Hay que precisar, con todo respeto, el craso error de la Consejera de Educación y Universidades del Gobierno Autónomo, quien escribe en su texto de prólogo del libro: “[…] el propio Galdós cursó estudios en el Instituto de La Laguna, por falta de un lugar donde hacerlo en su ciudad”. Hay que recordarle, que los mencionados y tantos otros estudiantes pudientes dinerariamente de Las Palmas de Gran Canaria, se formaban en centros privados, como el citado San Agustín y otros, sólo debían examinarse al final del Bachiller para convalidar oficialmente sus estudios en el único centro oficial en Canarias: el Instituto de La Laguna, para la obtención del título de Enseñanzas Medias y proseguir en sus carreras universitarias. El joven Benito, que solo tenía dieciocho años, hizo las pruebas entre el 5 y 9 de septiembre de 1862.

La propuesta y derechos adquiridos de una isla que iba in crescendo en la población, debía tener un Instituto de enseñanza pública y así facilitar el acceso de un derecho inalienable a la educación de tantos jóvenes de clases menos acomodadas, a su íntegra formación en la segunda enseñanza; y posterior especialización en estudios superiores a elegir por el discente. Era, y es, una obligación del Estado y nada ni nadie puede estar en contra por los egocentrismos de una clase dominante y especuladora, en esta obligación.

El Instituto fue una página negra más en los capítulos de los egoístas caprichos, de la ya endémica clase imperante y dominadora tinerfecha, sobre la isla de Gran Canaria (y del resto archipielágico) a lo largo de la historia, en su afán monopolizador y de usura. Por este asunto tan trascendental para la educación de los jóvenes grancanarios, de nuevo se avivó el rescoldo del ‘pleito insular’. Incomprensiblemente se les negaba a unos isleños hermanos y en la misma lucha regional, que por población y distancia al centro establecido, único en ese momento, el pan y la sal de la cultura en su formación técnica o humanística al resto de los conciudadanos.

Denodado fue el interés, personalmente suyo y como diputado por Las Palmas (1914), del gran escritor grancanario D. Benito Pérez Galdós, actuaciones políticas y personales a favor de la obtención del Centro educativo fueron encomiables, para hacer realidad el Instituto en su ciudad natal. Honor que constituyó para D. Benito una defensa por la cultura de su tierra; y por las efectivas denuncias que tanto afloró en sus novelas y teatro, apenado por la incultura de todo el territorio nacional. Con ese objetivo se entrevistó con todo político influyente en la Cámara de Diputados; e incluso, comprometió al Rey Alfonso XIII, cuando el monarca presenció una de sus representaciones teatrales en el Teatro Español: el Rey aceptó la preocupada propuesta de Galdós y actuó en su promesa dada. Tuvo también una audiencia con el Ministro de Instrucción Pública, Julio Borrel, en 1916, quien asimismo asumió el proyecto a realizar en su encargo educacional. De dichas mediaciones tenía informado al Ayuntamiento capitalino y Cabildo Insular.

Varias fueron las sedes que tuvo el nuevo centro de bachillerato, pero ninguna de las primeras estaban adecuadas a las necesidades educativas de este nivel. Destacamos el centro de El Toril, en Vegueta, frente al Guiniguada, el mejor dotado de los inmuebles educativos precedentes, hoy sede del rectorado de la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria. El Ayuntamiento capitalino ante la exigente ampliación de la urbe, decide urbanizar la zona agrícola platanera del barrio Arenales, con el nuevo proyecto de Ciudad Escolar, en 1957. En la zona se crearán los centros educativos oficiales de bachillerato de la ciudad e isla (incluso Magisterio). La nueva calle se denominará Paseo de Tomás Morales, en honor al poeta modernista cantor del Atlántico, donde se construirá su plaza e instalará su busto, a él dedicado por el artista Victorio Macho en 1919, siendo trasladado de la anterior ubicación en el parque de San Telmo.

El edificio realizado ex profeso para este centro de bachillerato en la Ciudad Escolar, fue diseñado por el arquitecto Rafael Massanet, en 1959, el cual tuvo muy pocos años de vida por su deficiente construcción (por mor de los depauperados presupuestos oficiales), que hubo que derribarlo en 1969, con tan solo una década de existencia. La urgente necesidad de un nuevo edificio para el ‘Pérez Galdós’, se hizo realidad en los albores del decenio setenta, con el comienzo de un nuevo curso en sus estrenadas instalaciones. Y hasta la fecha. El cual se ilustre en su entrada, de una escultura busto del literato, concebido por el escultor Agustín Bautista, antiguo profesor de este Instituto.

El nombre de bautismo del nuevo Instituto lo tuvieron muy convencido los mentores y defensores y promotores, de llamarse ‘Benito Pérez Galdós’, en pleitesía al eximio literato, afamado mundialmente por la calidad de sus obras y por haber nacido y vivido hasta los 19 años en la ciudad de Las Palmas (tiempo preciso para modelar su personalidad y querencias emocionales en su devenir). Ciudad que tanto amó, muy a pesar de las insidias y calumnias que sus recelosos detractores fabularon febrilmente contra su excelsa obra y persona muy liberal. Denominación de Instituto Pérez Galdós’ que se hizo patente décadas más tarde, después de haber pasado años de no dejar cumplir esta promesa por oscuros imperativos de los mandamases de turno en sus aberradas negativas a esta muy merecida denominación.

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