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Cobarde

Puede estar borracho o sobrio, saludarle y darle a usted, lector, los buenos días. Cederle el paso en el ascensor o legarle el sitio en el tranvía. Nadie conocerá su secreto salvo ella o quizás sí lo sepan los vecinos pero prefieren no meterse en líos

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Puede estar leyendo el periódico- quizás esta columna- mientras toma un café a su lado. Es una persona aparentemente normal sin signos que denoten un comportamiento sociópata. No es un monstruo ni padece una patología mental grave. Tal vez está en paro o tenga un empleo. Puede ser médico, arquitecto o albañil. Conducir un deportivo o un utilitario. Viste traje y corbata o va en vaqueros. Podría ser canario, chino o australiano Sólo hay una característica que lo define: es un maltratador.

Entiende que las mujeres son meros objetos; posesiones de las que puede disponer a su antojo. Son meros receptáculos de su ira y frustración; dolientes que deben ser sufridas y recibir órdenes además de golpes. La domina, la controla, le pega palizas porque se las merece o porque simplemente es lunes y ha tenido un mal día en la oficina. Le pega porque no tiene agallas de mirarse al espejo y aceptar su condición. La veja, la humilla, la desprecia y la odia porque entiende que es una forma de cariño; porque también su padre y abuelo amaba así con odio hacia su madre y abuela. Porque tras los golpes y cardenales viene la violación. Porque en España se hacen las cosas por cojones y punto; la señala y le molesta. Le incomoda su voz, su ropa, sus preguntas y respuestas. Le alimenta el miedo que despierta la laguna de lágrimas, los gritos y las miradas de sus hijos que se harán eternas en la tristeza. Descarga en ella sus complejos en forma de puño implacable y de tortura psicológica porque sabe que nunca se atreverá a denunciarlo porque ha conseguido el acto más abominable: cosificarla, convertirla en herramienta, en un objeto que sirve para el desahogo. Puede estar borracho o sobrio, saludarle y darle a usted, lector, los buenos días. Cederle el paso en el ascensor o legarle el sitio en el tranvía. Nadie conocerá su secreto salvo ella o quizás sí lo sepan los vecinos pero prefieren no meterse en líos porque “un amigo me contó que fue denunciar a un fulano y al final quien recibió fue él”.

Mientras tanto, todos callan y todos oyen mientras jornada a jornada consume su odio y le marchita la vida hasta que un día la calle se llenará de policías y cintas amarillas. Aparecerán cámaras de televisión y periodistas preguntando al vecindario que si lo conocían y nos comentarán que era un tipo normal, simpático y buen vecino; que tenía tres chiquillos y que nunca pensarían que pasara una cosa así en un barrio tan tranquilo. Habrá nuevos huérfanos, una mujer más muerta por violencia machista y él, si no ha logrado suicidarse con torpeza imbécil, seguirá pareciendo un tipo corriente e incluso simpático. Pero en realidad es un maldito cobarde.

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