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Coherencia frente a incoherencias

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Puede que sea cosa de la edad, pero, de un tiempo a esta parte, he abandonado todo interés por aquellos objetos y/ o elementos que parecen ser capitales para buena parte de mis conciudadanos, especialmente, la querencia de estos últimos para con el café.

Mis esfuerzos se centran en tratar de ser coherente, por lo menos, en ser lo más coherente que pueda para con mi forma de entender la vida y de relacionarme con aquellas personas con las que interactúo de alguna u otra forma.

Lejos quedan los días en donde trataba, infructuosamente, de caerle bien a casi todo el mundo, ignorante, yo, en esos instantes, de la mezquindad intrínseca que habita en muchos de los cabestros que pululan por el planeta Tierra y de cualquier sexo, todo sea dicho.

No obstante, sé que me queda un largo trecho para lograrlo, trecho que nunca podré recorrer en su totalidad, sabedor de que, para llegar a una coherencia verdadera, se requiere de un nivel de lucidez mucho más amplio del que poseo ahora y en un futuro muy cercano.

En principio, el conocer mi realidad más inmediata debería ser motivo de desazón, pero, por una causa o por otra, el mero reto de lograr un imposible se me antoja mucho más atractivo que la victoria final. En la vida no suele haber victorias, solamente escaramuzas, batallas y más batallas y, entre medias, algunos momentos de tranquilidad, pero victorias, lo que se dice victorias, sólo se citan en los libros de historia militar y en los legajos amontonados en quién sabe qué archivo polvoriento y olvidado.

Sea como fuere, la suma de todos estos elementos -y mi afán por no salirme de un dictado vital bastante estricto- me ha permitido darme cuenta de la falta total de interés que desata entre el común de los mortales lograr esa coherencia que da nombre a esta columna, circunstancia que suele desembocar en el extremo contrario; es decir, la incoherencia más absoluta.

¿Y por qué digo esto? Les pondré algunos ejemplos, basados en la recopilación de datos, artículos, comentarios en los medios de comunicación y en los largos paseos que suelo dar cuando estoy en España.

De todos los ejemplos de incoherencia elevada a la máxima potencia está la revelación que, hace unos días, saltó a los medios de comunicación de masas españoles. En plena crisis, cuando el actual ejecutivo está embarcado en una “guerra contra quienes defraudan a la hacienda pública”, el organismo que debe velar por nuestros impuestos y, de paso, perseguir a quienes defraudan está escaso de personal, razón por la cual, lejos están de poder cumplir con el cometido que se les ha encomendado, por mucho que traten de lograrlo.

Lo lógico sería que, dado que un día sí y otro, también aparece algún vocero oficial lanzando mensajes apocalípticos en cuanto al estado de las arcas públicas se pusiera TODO el interés en lograr recaudar lo más posible, gracias a unos medios acordes para con tal cometido. Sé que he dicho lógico, en vez de deseable, pero da igual el término que utilice siempre y cuando quede claro que los actuales mandatarios, no solamente son unos (añádase el adjetivo que se desee) sino unos incoherentes.

Otro de los ejemplos más claros y dolorosos de la incoherencia que preside nuestro país, por los males que termina por acarrear, está directamente relacionado con la violencia de género y la MALA EDUCACIÓN que todavía, hoy en día, se le sigue dispensando a los varones.

A nadie se le debería escapar el doble rasero con el que, durante años, se educó a los varones y a las hembras dentro de la sociedad española.

A los primeros, salvo muy gloriosas excepciones, se los crió para ser el “macho dominante”, ser supremo de la creación al que se le debe rendir una pleitesía que ni se merece, ni mucho menos se ha ganado. Por el contrario, a las hembras se las educaba para ser sumisas, obedientes, serviciales y agradecidas por tener a un hombre que las protegiera de los males del mundo exterior. Salirse de las normas establecidas por la sacrosanta y retrógrada sociedad de la época solía saldarse con un rosario de recriminaciones, insultos y, por lo general, una sinfonía de golpes.

Los tiempos han cambiado, la sociedad, también, pero todavía quedan demasiados indocumentados que no han aprendido que la igualdad no es un concepto teórico, ni un eslogan de una panda de descerebradas, sino un derecho que tienen ambos sexos por mucho que siga habiendo leyes, religiones y sociedades que se empeñen en predicar lo contrario.

Para colmo de males, al desbarajuste global que se vive en la actualidad -en éste y en otros temas- se han sumado las opiniones de una legión de supuestos periodistas especializados, contertulios varios y los mal llamados “influencers”, los últimos descerebrados que se han añadido a la colección que pontifican sin tener la más mínima idea de lo que están diciendo.

Por todo ello, no es raro que muchos de ellos coloquen en el mismo lado de la balanza conceptos tan antagónicos como machismo y feminismo demostrando, entre otras cosas, una ignorancia que roza lo insultante, además de dañina para nuestra sociedad.

Lo triste del caso es que, en vez de tratar de fomentar la educación y el abandono de los modos y las maneras que llevan a la tumba a decenas de mujeres en nuestra geografía, se empeñan en fomentar los abusos, la insensatez y el desatino entre las nuevas generaciones. Al final, las repetidas encuestas que retratan el sentir de las nuevas generaciones demuestran que son LEGIÓN los jóvenes varones que siguen pensando que está bien “controlar y fiscalizar la vida a su hembra y, llegado el caso, levantarle la mano a su pareja femenina”, y se quedan tan contentos.

Hemos llegado a un momento en donde las audiencias, los niveles de ventas y la promoción de cualquier mamarrachada es más importante que la buena salud, educacionalmente hablando, de nuestra sociedad y de ahí que estemos siendo testigos de tanta insensatez.

Si se fuera un poco más coherente se podrían muchos más medios y recursos para erradicar cualquier síntoma, símbolo o discurso machista de nuestra realidad, sin importar quién fuera el emisor. O, si me lo permiten, menos incoherentes en su respuesta ante las constantes muertes, denuncias y ejemplos de lo enfermo que están muchos de los varones, y algunas hembras -que también las hay-, los cuales se empeñan en llenar los titulares de los medios de comunicación. Lo lógico, otra vez, sería eso, pero NO, y a las pruebas me remito. Se hace lo contrario de lo que se predica y lo peor de todo es que la sociedad se cree las mentiras que se propagan en vez de aceptar que hay muchas cosas que cambiar. Ya está bien de no implicarse en nada que no sea el embrutecimiento del personal.

Socializar está muy bien, pero educar en la igualdad y en el diálogo es mucho mejor, más coherente con el siglo en el que vivimos y, además, no causa muertes innecesarias, ni prematuras. Todo lo demás, por mucho que me lo pretendan vender de la forma que sea es una cuestión baladí y ya es hora de darse cuenta de que hay que cambiar aquellos modos y maneras que socavan nuestra sociedad, día tras día, sin que la mayoría parezca darse cuenta. Tener más bares que el planeta Zalkon, recitar las alineaciones de todos los equipos de balompié de la galaxia, o emborracharse con garrafón de “primera calidad” no le ha acarreado ningún bien a nuestro cacareado país.

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