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Concurso de traslados

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No debemos perder nuestras tradiciones. Hay que proteger el pasado de los envites del olvido, por eso esta Consejería sigue apostando por una red arcaica, lenta, inoperante y apolillada, de esas que sufríamos cuando teníamos tarifa plana, allá por el año 2000, cuando teníamos un correo ole.com. Le dabas a la pestaña y podías ponerte a calar, a jugar a la bola, a tomarte una cerveza, qué suerte vivir aquí. Luego hay que ver a los responsables en los medios de comunicación hablando de las nuevas tecnologías y de la calidad de los servicios. Las bocas llenas, a punto de estallar de orgullo, con ese subidón de gofio digital que lo flipas. Pero si lo tecnológico no funciona por ineptitud o tacañería, lo tradicional, lo de toda la vida, tampoco. En la misma página web se informa al profesorado de que los sobres oficiales para participar en el Concurso se han acabado y que deberá ser el participante el que los aporte. Toma castaña. Menuda convocatoria. Cubiertos hasta las trancas de gloria. Les ha faltado decirnos que nos acerquemos al estanco, mire usted, o al quiosco de la rambla. Como puede suponer el lector de estas líneas, no es por el hecho de comprar un sobre. Es por lo patético de la situación, por la precariedad del servicio.

A todo esto, llames a donde llames, nadie sabe nada, porque desde que el papeleo se hace telemáticamente, como ellos llaman a este desastre, la vida se la tiene que buscar uno, como en los tiempos de nuestros abuelos, que ahora están ustedes acostumbrados a que se les dé todo hecho. En las sociedades contemporáneas, líquidas como las llama Bauman, las instituciones que antaño ofrecían seguridad, solidez, a los ciudadanos, se van deshaciendo, licuando, con la pérdida de responsabilidades que ello supone. De la misma manera, estas formaciones sociales digitalizadas y tecnológicas se caracterizan porque en ellas las fuerzas en lucha, los poderes en otro tiempo bien localizados, ahora parecen haber desaparecido. No es que no haya poderes, sino que no se sabe bien dónde están. La llamada ubilocación. Hacia dónde mirar, cuando se necesita ayuda.

Y así llevamos días perdidos, sofocados, nerviosos, aburridos y desesperados, porque además no es que estemos hablando de Hacienda, del Catastro, de Tráfico, sino de nuestra propia Administración, la educativa, la misma que luego exige que las notas y los informes estén en el día establecido, sin retrasos ni demoras. Estamos llegando a un límite en el que la brutal burocratización de nuestra vida y nuestro trabajo está haciéndoles olvidar a quienes tienen la obligación de no hacerlo que no somos un número, sino trabajadores, personas. Junto a todo ello, esta nueva telematización de la docencia está desviando el trabajo de los administradores hacia los propios docentes, que, por ejemplo, una vez que tenemos impresa la solicitud, debemos escribir en cada documento aportado el número de registro que genera el programa, es decir, como si le diéramos un registro de entrada a un papel en una administración cualquiera. Como modelo laboral no está mal del todo. Podríamos preparar para el próximo curso un temario que explicarían los padres y madres en sus casas, mientras nosotros nos quedamos sentados en la nuestra o tomando desayunos de hora y media y que examinaríamos de vez en cuando. Así trabajaríamos menos y cobraríamos lo mismo. No me digan que no es interesante.

Una tierra única, ya lo dice la página web de la Consejería. Es la guinda del pastel. Alumnos hacinados, aulas prefabricadas, como los mcnuggets de pollo, plan de sustituciones cortas, bajas sin cubrir, arcaicas tecnologías? Una educación de calidad, moderna y vanguardista (no de avanzada, sino de que se lo van guardando?). En fin. Un desastre.

José María García Linares

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