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El Condado y los aparceros

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El excelente reportaje de Iván Suárez titulado “Aparceros del conde en el siglo XX; desahuciados por el conde en el XXI”, me ha traído recuerdos incluso emotivos de los años 60 cuando tuve por diversos motivos, turísticos, deportivos y políticos, bastante contacto con Alejandro del Castillo y Bravo de Laguna, octavo Conde de la Vega Grande. El primer conocimiento con reminiscencias y todo fue la iniciación del turismo en el sur de Gran Canaria, concretamente en la playa de San Agustín, en los terrenos comprendidos entre Morro Besudo y la Punta del Tío López. Estaba haciendo mis primeros pinitos en el entrañable “Diario de Las Palmas” cuando Luis García Jiménez, me dijo: “mañana vamos a ir al Sur”. Era sábado, 29 de febrero de 1964. Le pregunté cómo furibundo playero que era si llevaba el bañador, y me contestó escueto como siempre: “Vamos a trabajar”. Al día siguiente me vi en la “Humber” del periódico con Luis y Fernando Hernández Gil, inolvidable fotógrafo, rumbo al sur por la carretera de Telde, y de camino ya me explicaba Luis García a qué diantres íbamos a San Agustín: “El conde de la Vega Grande, Alejandro del Castillo, va a poner la primera piedra en lo que será un futuro cónclave turístico en Gran Canaria, que le va a hacer con el tiempo la competencia a tú querida playa de Las Canteras”.

Mucho antes, en realidad siglos antes, había sido Agustín del Castillo, el cuarto Conde de la Vega Grande, quién introdujo el cultivo del tomate en el sur de la isla, y su iniciativa reconvirtió todas las tierras de Telde de las cañas de azúcar en viñedos, y más tarde en tomateros. Actualmente los trabajos como historiadores de los catedráticos de la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria, Manuel Lobo y Fernando Bruquetas, ilustran en un libro intitulado “El Condado de la Vega Grande de Guadalupe” como la unión de dos familias, los Castillo y los Amoreto, son los originarios y “fundadores” del Condado de la Vega Grande, que explican como fue el desarrollo de la agricultura y la ganadería, la cultura a través de los mecenazgos, el comienzo del turismo, pero primeros y pioneros del cultivo de la caña de azúcar, los cereales, de viñedos, de la cochinilla, de plátanos, y también de la ganadería, y luego los impulsores del turismo en el sur de Gran Canaria.

Pero de repente me veo ese día inolvidable de febrero de 1964 hablando, cambiando impresiones, ¡casi nada!, con Luis García Jiménez, Fernando Hernández Gil, y los compañeros y competidores periodísticos Pedro González Sosa y Felix Urquijo, de “El Eco de Canarias”, en el almuerzo que siguió a  la inauguración de “La Rotonda”, acontecimiento inolvidable en donde se concentraron “la flor y nata” de la sociedad grancanaria, y los invitados fuimos recibidos por el patriarca de la familia Alejandro del Castillo y del Castillo, y por sus jóvenes hijos Alejandro y Pedro del Castillo y Bravo de Laguna, y los artífices de “La Rotonda”, Eduardo Benitez Cabrera y el arquitecto Manuel de la Peña Suárez. Estaban presentes las primeras autoridades de la isla, el presidente del Cabildo Insular de Gran Canaria, Díaz Bertrana, el presidente de la Audiencia Territorial, Campo Llarena, el Delegado de Hacienda, Gustemps Ferrer, el Jefe de la Base Naval de Canarias, López Costa, el Delegado de Trabajo, García Alvarado, Delegado de la Vivienda, Gómez Cantilla, y alcalde de San Bartolomé de Tirajana, Martín López.  

La comida, que resultó espléndida, tuvo el siguiente menú: consomé “Rotonda”; suprema de lubina “Maspalomas”; tournedó “San Agustín”, “biscuit glace” y “taza de moka”, todo ello servido por alumnos de la Escuela de Hostelería del Cabildo Insular de Gran Canaria, a las órdenes de su director Manuel Moret Díaz. La carta del menú tenía portada y contraportada con un diseño del artista Santiago Santana, representando una silueta de “La Rotonda” con la costa de Maspaloma y las Dunas, y el faro como fondo. Los primeros núcleos turísticos de San Agustín fueron los bungalows “Nueva Suecia” y “Los Caracoles” , que fueron construidos también por el arquitecto Manuel de la Peña muy cerca de “La Rotonda”, mirando al mar hacia la izquierda, y el primer hotel fue el “Folías”, que constituyó un gran avance en la tecnología turística que se empezaba a desarrollar. Y fueron llegando “charters” llenos de suecos y suecas, que trajeron la moda de los bikinis, al principio con gran asombro de los aparcer@s y de los canarios que empezábamos aventurarnos a ir al Sur, para huir un poco de la panza de burro de Las Canteras. Para mí fue, y lo es todavía, poder decirle a los amigos en plan abuelo “cebolleta” que vi nacer el turismo en el Sur de Gran Canaria. Mucho más tarde se creó la revista “Costa Canaria”, que inicialmente dirigió Carlos Yrisarri, y más tarde el buen amigo Pedro González Sosa.

Pero mi segundo contacto con el Alejandro del Castillo y del Castillo fue deportivo, cuando Luis García me mandó a cubrir ese mismo año de 1964 la carrera ciclista “Condado de la Vega Grande”, que había nacido en 1953 con el patrocinio del conde, y gracias al impulso de uno de sus empleados, Francisco Hernández, que más tarde sería presidente de la Federación Canaria de Ciclismo. La carrera ciclista tuvo una gran importancia incluso a nivel nacional, pues participaron en diversas ocasiones corredores como Perico Delgado, Antonio Gómez del Moral, Vicente López Carril, y otros de gran categoría, y el tinerfeño Esteban González Quintero, sin duda el mejor corredor canario de todos los tiempos y que ganó la prueba cinco veces. Salía la gran caravana multicolor del Parque de San Telmo, y siguiendo por Vegueta subía hasta Tafira y luego continuaba hacia San Mateo, Teror, y vuelta a Tafira, en donde se cogía la antigua carretera del Sur hasta Arguineguín, y por la tarde vuelta hacia Las Palmas de Gran Canaria subiendo por Las Crucitas, en donde normalmente se decidía la competencia entre los escaladores de la prueba.

Y por último el contacto con el Conde de la Vega Grande a nivel político creo recordar fue por esos años, cuando un buen día Tony Gallardo me dijo que le acompañara a las cuarterías del Sur. Estaba militando en el PCE y además era miembro de Latitud 28, un grupo cultural/político que nos movíamos en el Club Victoria, cuando un domingo me vi con Tony Gallardo, su esposa Mela Campos, el poeta y gran  amigo Manolo González Barrera, el teldense Juan Rodríguez Betancor, y otros miembros del Partido Comunista, dándoles unas charlas a unos cincuenta aparcer@s en las cuarterías de Juan Grande, y de repente se presentaron cuatro guardias civiles y sin pensármelo mucho me dirigí al sargento que los mandaba y le enseñé mi carnet de colaborador del “Diario”, explicándole que estábamos haciendo una obra de teatro y que hacía la información, a lo que el sargento me dijo en tono militar: “Tú lo que eres un cara, voy a hablar con tu director a ver si es verdad”, y se fueron con sus tricornios y sus “máusers” que la verdad daban miedo.

Ahora releyendo en reportaje de Iván Suárez en el cual relata que los aparceros del Conde del siglo XIX, pueden ser aparceros desahuciados de sus casas en el siglo XXI, me vienen a la memoria todos estos recuerdos, y espero que el actual Conde de la Vega Grande no ejecute esos desahucios que dejarían en la calle a unas personas que viven en esas cuarterías desde hace más de medio siglo, y que creo tienen derecho moral y ético a seguir viviéndolas. Para no extenderme en las virtudes del reportaje les recomiendo su lectura que es muy ilustrativa. Pero vamos a ver si ahora, en el siglo XXI, la familia del Castillo aplica el lema de toda su estirpe: “Ensalza siempre la vida, la honra si no se olvida”. Alejandro del Castillo y Bravo de Laguna debería ser consecuente y aplicarlo a estas familias descendientes de aparcer@s. Y a mucha honra.

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