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Confesión

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- Sí. Iba siendo hora –mostró la novela-. Tendré más tiempo para leer. - A mí me dieron la anticipada en el banco hace ya años. Se contemplaron. El político lucía su clásico aspecto, descuidadamente atildado. Sus poros transpiraban seguridad y bienestar. El otro vestía un polo con la marca de un refresco. Habían sido compañeros y comilitantes, hacía ya tanto. Mucho antes de que el político cayera en la cuenta de que la prosperidad del país bien entendida empezaba por la prosperidad de uno mismo. Ideologías aparte - Qué desastre –dijo el amigo-. Parece impensable, o lo parecía, tan tremenda derrota electoral. Estás más solo que la una, viejo. - La soledad del éxito –hizo una mueca el derrotado. - O de la traición. De la reiterada traición. - También pudiera ser –admitió él. Pese a su fama de hablador y a su labia proverbial se diría que no estaba por la labor de alegar demasiado aquella mañana. Dio un sorbo al cortado y preguntó: - ¿Quieres saber algo?... Me apetece confesárselo a alguien. Ni siquiera yo voté por mí. El otro puso expresión de incredulidad. - ¿Y por quién votaste? - Por el enemigo. O sea por mi propia memoria. Por quien fui. Por el yo mismo de antes. Por el que lanzaba discursos incendiarios y creía en la posibilidad de cambiar la sociedad. Por el que enardecía a los sindicalistas y (eso me contaban) hacía soñar, a base de dialéctica y gesticulación en los mítines, a las bonitas pibas revolucionarias que han envejecido mucho peor que yo. Por cierto. - ¿Sabes? –el otro fue a pagar, pero el político se lo impidió con un ademán–. No creo en absoluto que vayas a retirarte así como así. - ¿Por qué?... ¿Por aquello de que bicho ruin nunca muere? - No, amigo… Porque, en mi opinión y conociéndote, sé que a bicho ruin le cuesta mucho dejar de hacer ruindades. Fuera, el solajero le hacía una calurosa publicidad al aire acondicionado del local.

José H. Chela

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