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Crudo patriotismo

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Cuando la petrolera rusa Lukoil pretendió quedarse con Repsol, Mariano Rajoy ?elquenuncamiente- sacó pecho patriótico y afirmó que "nuestro, petróleo, nuestro gas y nuestra energía no se puede poner en manos de una empresa rusa, porque eso nos convertiría en un país de quinta división". Se olvidaba claramente entonces de las privatizaciones de Aznar, que han puesto nuestra energía en manos de empresas participadas por los estados italianos y alemán, Enel-Endesa y E.On, y se olvida ahora de respetar la libre decisión de un país de gestionar sus recursos "para no ser de quinta".

Ya lo dice Tony Judt (Algo va mal. Taurus): los dueños de las empresas privatizadas, como es el caso de Repsol, pueden correr riesgos, malgastar, hacer uso indebido de los fondos, poner los precios que les convengan a los consumidores y al propio Estado sabedores de que, si algún día tuvieran problemas, el gobierno de turno acudirá a su rescate. No se tuercen un milímetro de lo que predica Mandeville en su Fábula de las abejas: los vicios privados son los que hacen la prosperidad pública.

Es lo que ha sucedido estos días con Repsol y la expropiación del Gobierno argentino de YPF. Para defender a una empresa privada -porque lo es, aunque trabajen para ella Felipe González, el exministro Luis Carlos Croissier o el vasco Josu Jon Imaz- el Gobierno del PP no ha dudado en provocar una tremenda crisis entre los dos países y, lo que es peor, entre sus ciudadanos, a través de una intensa campaña de información a la que se han prestado no pocos medios informativos, muchos de ellos propiedad de entidades que participan en la petrolera. Así hemos visto como se han puesto en marcha maniobras para boicotear la compra de productos argentinos, ataques a comercios de argentinos en España, etc. Como escribió el pasado sábado Carlos Boyero en El País: "ahora se alienta la furia colectiva entre los verdaderos patriotas contra todo lo que desprenda aroma argentino. No sería extraño que en los estadios de fútbol, los ultras se inventaran cánticos y lemas sobre la perversión de ese pueblo. Lo más preocupante es que sus insultos y lemas encontrarían eco y solidaridad entre el público descerebrado. Hay cantidad". Estamos poniendo en riesgo a muchas empresas españolas que operan en Argentina y estamos poniendo en riesgo a muchísimos españoles que han emigrado a ese país buscando el empleo que aquí no encuentran.

Mas allá de la valoración de que la medida pueda ser buena o no para Argentina, de si responde o no a una medida populista, de si pudiera esconder o no intereses espurios, detrás de todo lo que está pasando se trasluce, con meridiana claridad, el enorme poder de una multinacional que mueve ingentes cantidades de dinero y que se juega ingentes cantidades de dinero también para apurar las pocas gotas de petróleo que van quedando en el mundo; que utiliza al Estado, al Gobierno español y a los partidos políticos mayoritarios como títeres y los pone a su servicio cada vez que lo considera necesario para sus intereses. Con la excusa de la Defensa del Derecho Internacional (que se esgrime para salvar los grandes intereses económicos o para invadir países en función de sus necesidades geoestratégicas y nada más) hemos visto en los últimos días las intervenciones y presiones del Rey, de Felipe González (Gas Natural-La Caixa), la UE y hasta de Obama ante la presidenta argentina. Y también las advertencias de Soria de provocar una irresponsable guerra diplomática, con el riesgo de causar perjuicio gravísimo a las empresas españolas que trabajan en ese país: "una reacción hostil contra una empresa española es por tanto en contra de España". Y todo para torpedear el que un país ejerza su pleno derecho a nacionalizar una empresa que no cumple con sus expectativas y obligaciones y haga uso de su soberanía para negociar con los chinos o los americanos la venta de acciones de YPF como parece ser hacía Repsol. Y no es la primera vez que sucede. Ya Moratinos puso la política exterior española al servicio de la petrolera acudiendo como intermediario a negociar con el tirano guineano Obiang, al que recibió con todos los honores en España, o acompañando a Brufau a hacer negocios a algunas de las nada democráticas repúblicas de la antigua Unión Soviética o de África. Y todo con el pretexto de una españolidad absolutamente falsa pues la participación de empresas españolas en su capital no llega al 50% (Sacyr, Caixabank y otros inversores) perteneciendo el resto a México (Pemex), y a fondos de inversiones chinos, americanos y de otros lares. Repsol fue creada por el Gobierno español en 1986, a partir del Instituto Nacional de Hidrocarburos y se privatizó totalmente en 1997 de la mano de Aznar, a precios irrisorios según el Tribunal de Cuentas. A partir de ese momento se ha convertido en una multinacional con prácticas cuestionables en lugares como Nigeria, Sierra Leona, Guinea Ecuatorial, Ecuador, Argentina, Colombia, Venezuela, Bolivia, etc, donde se constatan serios problemas con las comunidades indígenas, con el medio ambiente, con el aumento de la corrupción inducida, etc. Forma parte también de ese 82% de empresas del Ibex que acude a paraísos fiscales creando en 27 países 272 filiales (13 son suyas) ocultas a la Hacienda pública española. Puro patriotismo. Pura españolidad.

Antonio Morales Méndez

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