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Desempleo masivo en Canarias: el riesgo del colapso

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Canarias ha experimentado uno de los crecimientos más trepidantes de Occidente en las últimas décadas. Las Islas fueron territorio de emigración sistemática hasta hace sólo unas décadas, y las limitaciones de población venían dadas por factores que hoy consideraríamos propios de zonas “subdesarrolladas”: sequías y malas cosechas, enfermedades infecciosas, etc. Pero la extensión del turismo de masas, que es un fenómeno con apenas cincuenta años de existencia, y fruto del nacimiento de la aviación civil moderna, vino a traer a las entonces “desafortunadas” islas, a millones de británicos y alemanes, dos de las economías mayores del mundo, a disfrutar de un sol del que ellos no podían disfrutar en invierno. Las décadas de crecimiento exponencial en Canarias han supuesto que el Archipiélago haya duplicado su población desde los años 60, convirtiéndose además en una verdadera potencia de la inmigración del exterior (8 de cada 10 nuevos canarios, desde 1973, han nacido fuera del Archipiélago) ; esa población ha llegado debido a que hemos generado una gran transformación territorial, con la construcción de prácticamente cuatrocientas mil camas turísticas legales, que no existían hace cuatro décadas. Canarias ha duplicado su número de inmuebles urbanos en 26 años, y tenemos quince veces más inmuebles que hace 55. Hemos multiplicado por siete la producción de derivados del petróleo de la Refinería de Santa Cruz de Tenerife (de unas 930 mil toneladas en 1951 a más de 7 millones en el año 2006), instalación que hoy prácticamente dedica toda su actividad a suministrar a uno de los territorios del mundo que más consume combustible por unidad de superficie: 110.000 barriles de petróleo diarios para 7.447 kilómetros cuadrados, 10 veces más que la media mundial. Canarias ha pasado de tener 13.265 vehículos matriculados en el año 1950 a 1.308.000 en el año 2003, registrando una evolución sideral que ha transformado totalmente nuestra realidad física y nuestros patrones de comportamiento: una de las sociedades del mundo con más vehículos por habitante. En sólo cuatro décadas y media, hemos pasado de ser una sociedad esencialmente agraria, que en buena medida se autoabastecía de alimentos, y que ocupaba a cuatro de cada diez trabajadores en labores agrícolas (39% en 1960), a una sociedad de servicios, en la que apenas el 3% de la población activa se dedica a ese sector, y que importa casi 9 de cada 10 alimentos que consume. La tendencia hoy es seguir manteniendo esa aceleración: se licitan carreteras para duplicar prácticamente el número de vías rápidas, y terminales aeroportuarias para duplicar el número de pasajeros; el gobierno de Canarias habla de incrementar en medio millón los habitantes de las islas para el año 2017; los Planes generales municipales contemplan suelo urbanizable para duplicar o triplicar la población insular; se quieren poner 30.000 camas turísticas nuevas en el mercado en unos años, e internacionalizar una economía ya internacionalizada, y que probablemente ha llegado a los límites de su “globalización”. Una imposible huida, pues, hacia delante, que los límites físicos frustrarán tarde o temprano. Mantener el crecimiento exponencial y la transformación que ésta implica, sin embargo, será imposible. Pero parece muy probable que también sea difícil el mantener un “crecimiento cero”, y congelarnos en el tiempo y en las principales variables socioeconómicas. Probablemente, nos encontramos, bien al contrario, ante una situación típica de colapso y decrecimiento más o menos intenso. ¿Por qué? Básicamente, hemos alcanzado y superado los límites de los recuros naturales del Planeta. No podemos seguir creciendo al ritmo que lo hacemos, porque existe una creciente pugna por los recursos: hay cada vez menos para cada vez más. La población mundial se ha duplicado desde los años 60, mientras que los recursos han menguado de forma exponencial desde las fechas de la posguerra mundial. Las advertencias que formularon desde hace décadas expertos en recursos naturales, y que cobraron fuerza a raiz de la crisis energética de 1973, han devenido amenazantes presagios reales: el crecimiento exponencial supone aceleración, y de forma acelerada hemos superado la capacidad de carga planetaria, aunque esa misma velocidad nos limite la claridad en la percepción del fenómeno. “La incidencia del hombre sobre la faz de la Tierra” ha sido la equivalente a la de un agente geológico que ha removido la litosfera en la búsqueda de crecientes materiales y fuentes de energía. Las ha encontrado y lleva camino de agotar su abundancia. El principal recurso de cualquier sociedad es la energía, su capacidad para hacer trabajo. El filón energético de los combustibles fósiles, que nos ha llevado a que cada español disponga, a sus espaldas, del respaldo de potencia equivalente a 45 esclavos energéticos, ha sido explotado de forma inimaginable, posibilitando disfrutar de casi todo lo que hoy conocemos. Estamos llegando o hemos alcanzado ya la fecha histórica de máxima producción (cenit) de este gran subsidio energético fósil, que no tiene parangón, en términos físicos, con lo que sería accesible por otras fuentes. Comenzaría, pues, el descenso en la disponibilidad de energía por habitante, un fenómeno habitual por otro lado en cualquier estudio de ecología, y con él un punto de inflexión increíble para nuestra civilización. El empleo en Canarias deriva del petróleo barato, y éste tiene los días contados. Su precio se ha triplicado por tres en cuatro años. Las guerras por el petróleo restante serán, si no lo remedian los pueblos del mundo, una tónica triste de nuestros tiempos, porque no existen fantasías tecnológicas mágicas que nos permitan mantener este nivel de crecimiento, y porque para mantenerlo, los más ricos – entre los que nos encontramos – necesitan obtenerlo de donde haya, a costa de lo que sea, para sostener nuestro depredador concepto de “desarrollo”, al que ahora llamamos “desarrollo sostenible”. Al no haber hoy alternativas de suministro energético para el transporte aéreo, la agricultura industrial de la revolución verde, el trasiego mundial de mercancías. La creciente escasez de petróleo y, posteriormente, de gas, garantizan, en palabras del Director de la Agencia Internacional de la Energía, Claude Mandill, un futuro energético “sucio, caro e inseguro”. No hay alternativas sencillas ante este escenario. Pero menos aún si pretendemos seguir “progresando” con la inercia de la aceleración del crecimiento que hemos registrado. Es muy probable que, de seguir la rutina, tengamos episodios de desempleo masivo en Canarias. Es probable que seamos un territorio progresivamente más alejado del continente europeo, con el incremento en el coste de los transportes, alma de la globalización, y esencia del modelo de turismo e importación de bienes que ha alimentado el crecimiento en el empleo en las Islas. Estamos, pues, ante el mayor riesgo socioeconómico y laboral que enfrenta el archipiélago en su historia. Cuanto antes paremos y tomemos en serio los límites físicos del planeta, antes podremos empezar a desandar desarrollos que nos están llevando al abismo. * Secretario de Salud Laboral y Medio Ambiente de CCOO

Juan Jesús Bermúdez*

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