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Doña Soledad Báez Socorro y La Giralda

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Dejaba caer su fortaleza y autoridad al menor descuido y no dudaba en reprender aquello que no consideraba conveniente de una manera tierna y maternal.

De edad madura no tardía, fue poseedora durante años de los miles de dolores que aquejan al ser humano y que no se pueden meter más que en un cajón de sastre.

Buscaba afanosamente la respuesta a la pregunta capital del ser humano, y la vi confiada en el Supergenio para la respuesta. Quién soy, que hago aquí y cual es la nueva dimensión.

Querida doña Soledad, a veces, los médicos somos pequeños consuelos cuando por conocimientos podemos intuir el camino por el que ha de pasar un paciente. Usted sufrió el desasosiego de las inquietantes preguntas, pero supo con sus años de veterana experiencia afrontar los pasos finales con valentía.

Es molesto el insomnio pero ya está en la nueva dimensión, abrazado a la respuesta de miles de preguntas y de ansiedades y sobre todo, libre del sufrimiento a que estamos sometidos en las coordenadas del espacio y tiempo y por nuestra condición biológica.

No puedo menos que tener para usted estas palabras y saber que no hay que llorar por usted sino por nosotros mismos. Serán sus hijos los que lo hagan y tantos familiares y alumnos.

Usted transita por la nueva dimensión; se acabó el dolor, la inquietud, los aislamientos dolorosos, la pregunta de difícil respuesta, y el sufrimiento. Por ello y miles de cosas más, lloro por mí porque me he quedado sin usted. Me he quedado sin su conversación de maestra ejerciente, de mirada llena de autoridad que conferían sus ojos y la aceptación de una realidad, a escondidas en la soledad de su nombre y en la de la noche.

El Supergenio alivia siempre nuestros sufrimientos y nos libera de la condición biológica poniendo fin a esta mezcla de elementos que son el fundamento del ser humano.

Tierra a la tierra; pero la energía acumulada en la batería de su vida no se destruye, se transforma.

Un abrazo entrañable a Carlos. Nos toca llorar por él y por ese dolor tan humano de la partida de una madre que sólo conocemos los que lo hemos vivido.

Me quedo con el último beso lleno de respeto y afecto que nos dimos y con sus recuerdos para la Giralda. Sus memorias fueron depositadas a los pies de tan esbelta torre, vigía estática del devenir del tiempo y su beso, también.

Como usted, la Giralda fue creciendo en el tiempo y simultáneamente daba seguridad, avisos y sabiduría a quienes la contemplaron. Son los privilegios de tan alta valía. Usted, como la Giralda, giró alrededor del eje de la vida, impulsada por los vientos de la sabiduría, señalando la dirección de los mejores caminos.

No hay despedida porque hay reencuentro.

Carlos Juma

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