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Duelo de timplistas

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Reconozco que lo tengo demasiado abandonado y que me doy cuenta cuando veo a mi hijo haciendo el machango rasgando las cuerdas del viejo timple al ritmo de alguna canción rockera. Hablo del timple clásico, no de aquel instrumento que José Antonio Ramos transformó para meterlo con fuerza en orquestas y bandas, como protagonista de músicas universales. Más de una vez hablé con José Antonio del retraso cultural de nuestras autoridades incompetentes. Llevábamos más de una década de nacionalismo institucional y el timple seguía sin ser reconocido como el instrumento nacional canario, como un instrumento mayor de edad con la misma categoría que otros que se enseñan oficialmente en los conservatorios de música que pagamos con dinero público.

José Antonio se nos fue para siempre y miles y miles lloramos. La reacción popular logró arrancar algún comunicado gubernamental de lamentaciones, pero el timple sigue en el mismo rincón. A fecha de hoy el timple no es un instrumento que se enseñe en el conservatorio, frente a los instrumentos tradicionales que sí se enseñan en Euskadi, Galicia o Cataluña. Por eso ahora acudo con tristeza a este espectáculo de timplistas, a Benito Cabrera retirando su villancico de las manos del gobierno y a Totoyo respondiéndole con un timplazo en los besos, echándole en cara al conejero su situación privilegiada como músico de la Corte, como receptor del maná de las perras públicas, como el elegido por el poder para inventar orquestas, componer himnos o felicitarnos las navidades.

Las críticas de Totoyo podrían ser aplaudidas en un debate con el gobierno, pero la frase de "yo estuve esperando dádivas" delata un resentimiento que tira por la borda la crítica necesaria a la política cultural. Totoyo Millares debería ser una institución viva que no dependa de dádivas ni homenajes. Su contribución a la enseñanza del instrumento nacional canario (decenas de miles de estudiantes) no ha sido reconocida con el desprestigiado Premio Canarias, y el viejo músico ahí sigue con una miserable pensión y sin ser convocado a tantas celebraciones con dinero público, a tantos escenarios levantados con dinero de todos para gloria exclusiva de los afines.

El timple está llorando hace años, señores, no sólo por la muerte de Jose Antonio, sino porque sigue sin ser reconocido, porque algunos se creían que lo que necesitaba era un museo. Hay razones para un duelo de timplistas, pero no para el duelo entendido a la vieja usanza, retando un caballero al otro a dispararse facturas, contratos y acuerdos con el poder. Hay razones para un duelo de los de siempre, duelo de pena, para echarse a llorar todos por la situación de la cultura y del timple. Porque el timple es algo más que un elemento para decorar un mitin o un mensaje de patriotismo de salón. Por eso estaría bien que cuando los timplistas salgan al escenario nos emocionen con folias, isas o polkas majoreras.

Pero si los timplistas quieren hablar, que se olviden de sus carteras, de sus cuentas corrientes, de las dádivas, y que cuenten lo que piensan de la cultura, de la identidad canaria, del poder que utiliza la identidad como el lobo se ponía el traje de la abuela de caperucita , para comernos a los inocentes. El día que los culturos hablen con un lenguaje diferente al de los mercaderes, tú me diste, sólo le diste a él, pues anda que lo que se mamó tu productora?el día que se olviden del reparto del antiguo maná (eso sí, después de hacer una auditoría) o de las actuales miserias, el día que todos salgamos a defender la democracia entendida como participación y transparencia, y no como hábito que esconde el clientelismo para familiares, militantes y afines, ese día habremos dado un pasito más en el camino que hay que recorrer para llegar a ser una sociedad culta y desarrollada.

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El autor en twitter: @juanglujan

Juan García Luján

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