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Esperando el marisco

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Hace meses que se volvió a hablar en los medios de este asunto y de las grandes posibilidades de negocio y de trabajo y de recuperación modernizada de la casi extinta flota pesquera isleña que podría generar esa fuente de recursos que tenemos por ahí abajo, en las aguas que nos rodean. Las cofradías de pescadores colaboran ya con los científicos, convencidas de que se trata de una opción válida y no un utópico delirio. Lo que se hace preciso es contar con ayudas –fáciles de lograr en Europa al parecer- para encarar la renovación tecnológica que permita a los barcos realizar capturas (y localizarlas) a tamaña hondura y modificar algunas normativas en cuanto a aparejos, artes y prácticas de pesca. Y con media docena de buques por isla contaríamos, ya digo, con un auténtico tesoro de primor, al que habría que cuidar, claro, para no extinguirlo a las primeras de cambio. Preguntaba yo, el otro día, a una autoridad en la materia cómo iban estas iniciativas y me dijo –como ven no le hice caso, lo siento- que mejor no menear la cuestión de momento. Y es que nos equivocamos cuando nos referimos a las aguas entre las islas como “nuestros mares isleños”. En tanto no cambien las cosas, ese mar continúa sin pertenecernos y, como es internacional, cualquiera puede venir y aprovecharse sin necesidad de permiso alguno, de esa riqueza que les cuento. Ése es un problema que, al margen de ideologías y gobiernos, hay que arreglar de una puñetera vez en esta legislatura.

José H. Chela

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