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El Espíritu del 9 de julio

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El sistema ha dado una respuesta clara. Por un lado, la derecha ha hecho caso omiso de estas reivindicaciones alegando que lo que tenemos es la democracia real y en algunos casos, ridiculizando a los ciudadanos que han salido a la calle. Normal. Los socialistas, lejos de admitir que el sistema no responde a las expectativas de la población, plantea tímidas reformas que poco van a cambiar el estado de las cosas. Desde luego decir que van a dedicar parte del beneficio de los bancos a crear empleo es una quimera pues este tema se escapa de la política nacional. Decir que nos van a endosar un sistema electoral como el alemán es querer decir que cambian algo para no cambiar nada. Después de la segunda guerra mundial una de las potencias ganadoras, Estados Unidos, impuso la democracia parlamentaria en Europa. Dado que en el parlamentarismo no es el pueblo quién elige a los gobiernos (solo se elige a los parlamentarios), la formación de gobiernos depende de las negociaciones entre partidos y personas. Puede existir una mayoría parlamentaria que no forma gobierno, una mayoría popular que no gobierna. Si añadimos aquella máxima de que toda persona tiene un precio (y en estos niveles se juega con mucho dinero) podemos llegar a la conclusión de que el sistema es fácilmente manipulable. En aquella Europa los partidos comunistas tenían mucho apoyo popular. Un sistema de elección directa del gobierno por parte del pueblo hubiese puesto en el poder a los comunistas al menos en Italia y en Francia. Éstos, en un sistema parlamentarista nunca llegarían al poder pues conformar una mayoría absoluta es muy difícil (y menos con la propaganda en contra). Además, solo hay que poner mucho dinero en múltiples partidos para que el voto se divida y aunque se obtenga mayoría, la suma del resto de los partidos impediría la formación de un gobierno. En el peor de los casos, se puede recurrir a la compra-venta de representantes (toda persona tiene un precio). En un sistema de separación de poderes esto sería más complicado. Por otro lado, los comunistas no querían saber nada de un sistema democrático importado del imperio capitalista, por lo que todos de acuerdo.

Claro, este es el sistema que no se quiere tocar pues, aunque los comunistas sean cosa del pasado, eso de otorgar el poder de decisión a la gente es peligroso para esa aristocracia que vive en los partidos. Ningún sistema se hace el harakiri motu proprio. Me sabe muy mal decirlo pero me recuerda, salvando las distancias, al famoso Espíritu del 12 de febrero cuando una parte del sistema franquista quiso realizar un tímido gesto de apertura permitiendo el asociacionismo político dentro del sistema. Ningún demócrata pensó que aquello pudiera llegar a algo. De la misma forma, los españoles que reivindicamos más democracia pensamos que el problema no está en un pequeño gesto para recuperar el voto perdido y que al final nada cambie. El problema está en un sistema parlamentarista anquilosado, vetusto y demasiadas veces putrefacto. No queda más remedio que ir hacia un proceso constitucional. Cualquier otra maniobra es retrasar la solución.

*Catedrático de Universidad

Santiago Hernández León*

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