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Estrafalario Aznar

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Ocurrió durante un acto que incluía una conferencia de Aznar en Pozuelo (Madrid), en el marco de las “Relecturas con los ex presidentes de Gobierno”. Le tocó responder a la pregunta inevitable. Las armas de destrucción masiva de Sadam Husein, cuya segura existencia juró mil veces. Única forma de justificar entonces su presencia junto a otros guerreros fotografiados en Azores. Y una manera de defender el ataque definido como ilegal por la ONU, según la comunidad internacional y sus leyes. Cuatro años después del inicio de la guerra, el presidente de honor del PP reconoce por vez primera que Sadam Husein carecía de armas de destrucción masiva. “Todo el mundo pensaba que las había y no las había. Yo lo sé ahora”. Extravagante afirmación. Será que en el imaginario de Aznar todo el mundo queda reducido al eje fallido Washington, Londres y Madrid, con los mejores servicios de espionaje del planeta a su servicio y la ayuda del casi infalible Mosad israelí. La verdad, este eje del mal sabía que Irak carecía de aquellas armas temibles, pero necesitaba una coartada que escondiera el fuerte olor a petróleo que desprendía el lúcido hermano de Bush durante su visita al presidente de la República española. ¿Se está disculpando Aznar ante los ciudadanos, solicita el fin de la guerra a Bush aunque sea apelando al fiasco militar? La mayoría de los gringos lo pide. Aznar desconoce errores ni le afecta las víctimas de la decisión compartida con Bush y Blair. El problema del presidente de honor del PP carece de relación moral con cientos de miles de vidas segadas en Irak. Semejante pequeñez no le quita el sueño. Su dificultad consiste en otra cosa. “Tengo el problema de no haber sido tan listo de haberlo sabido antes”. Cínico sin matices. “Cuando yo no lo sabía, nadie lo sabía”. ¿Supone que también los ciudadanos olvidaron el diagnóstico de los expertos enviados por la ONU a Irak? Ateniéndome a su estilo, cuesta creer que este ex presidente crea que los demás vamos a creernos que es posible creerse lo que no se cree ni él. Antes de bajar el telón de este esperpento, Aznar se colocó a sí mismo un clavel en el ojal de la chaqueta azul como premio a la virtud: “Las decisiones hay que tomarlas no a toro pasado, sino cuando está el toro sobre el terreno, y es ahí cuando hay que torearlo”. Supongamos que se refiere a la decisión de participar o no en la guerra. A falta de argumentos para la agresión, bastaría con haberle dicho al presidente de Estados Unidos algo así como “mire usted, señor Bush, carezco de motivos para la guerra, así que no participaré en ella aunque me gustaría echarle una mano”. ¡Buen pase, torero! Y, ya para nota o dos orejas y rabo, podría estoquear, denunciando a Bush por crímenes contra la humanidad. Pero no lo hizo, así que vaya usted a saber. Quizá le guarden un lugar junto a Bush en el banquillo de los acusados por haber toreado a los españoles y usado el estoque contra el pueblo iraquí. Lo merece.

Rafael Morales

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