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Homenaje a Celso Martín de Guzmán por Jerónimo Saavedra

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Hoy rendimos homenaje a Celso Martín de Guzmán, como profesor, investigador, arqueólogo, historiador, gestor político y, por supuesto, amigo. En esta ocasión se me ha encargado que resalte la figura de Celso en su faceta de gestor público, pues como todos saben fui quien le dio la primera oportunidad de ejercer dicha actividad, al nombrarle primer Director General de Patrimonio Histórico en el Gobierno de Canarias que yo presidía. Pero no quiero referirme exclusivamente a ese aspecto profesional, sin antes decir al menos cuáles fueron las razones que me llevaron a contar con él en la gestión pública, así que primero debo glosar su persona y recordar con breves palabras al amigo entrañable y al observador elocuente, que con gran clarividencia atinó a describir el momento histórico que nos ha tocado vivir. Siempre tuve a Celso en alta estima: le consideraba un compañero afectuoso y cordial aliado, de cultura renacentista, generador de un pensamiento lúcido que salpicaba de simpáticas ironías; las cuales intencionadamente vertía en un discurso elaborado con oratoria académica y ademán florido, no exento de estudiada teatralidad. Le gustaba representar el papel de profesor erudito, de impecable atuendo y detalle demodé. Serio en el semblante y risueño en la responsabilidad técnica, capacitado para abordar cualquier compromiso. Estas características le adornaban en la cátedra y la conversación coloquial de tal modo que todos deseaban su compañía, su consejo u opinión por lo que podían aprehender de él.

Tuve el privilegio de conocerle bien, por eso le encargué el primer discurso que se hacía de la interpretación de nuestra historia en el primer Día de Canarias que celebró nuestra Comunidad Autónoma, hace ahora 24 años. Allí dijo cosas importantes, que muchos no sabían y que algunos le criticaron, pero el tiempo ha venido a demostrar que tenía razón.

Junto a los sillares del Castillo de La Luz, a la orilla del mar resonante, la impostada voz de Celso desgranó el devenir de la historia de Canarias ilustrándonos con antecedentes que deben quedar grabados en la memoria de todos. En aquel recorrido breve y apurado, según sus propias palabras, quiso hacer una referencia concreta y utópica, porque la utopía ?decía- es la superación de la realidad y el motor de nuestra historia.

Por él supimos que hace más de dos mil quinientos años el Archipiélago Canario ya conocía la presencia de colectivos humanos de procedencia diversa, y que era un mosaico de razas y culturas, que tuvieron sus propias experiencias en cada una de las islas. Y con él compartimos la idea de que esa diversidad inicial, prehistórica, era relevante para entender la convergencia final, política e histórica en la que abocamos.

"Tenemos poca historia", decía. "Poca, pero importante", y lo resaltaba para que a nadie le cupiera duda sobre cuáles eran sus motivaciones; porque siempre quiso dejar claro que el contexto histórico jamás debe ser ajeno a la explicación teórica. Por eso le parecía muy triste que algunos historiadores, cuando intentaban enjuiciar desde una perspectiva nacionalista la conquista del Archipiélago, desconocieran la realidad exterior del mundo.

En aquella ocasión también nos habló de cada una de las islas, de los héroes canarios y de sus peculiaridades insulares, así como de la singular sintonía que los había hecho célebres tras el Romanticismo decimonónico. Los mismos héroes atlánticos que el pintor Pepe Dámaso había ilustrado para la exposición itinerante que el Gobierno de Canarias (que yo presidía) financió en su periplo por todas las islas y otros archipiélagos. No se olvidó entonces de mencionar que la geografía utópica de nuestro archipiélago tenía un antecedente romántico y lírico en la isla de San Borondón, asimilándola a ese horizonte que el canario debía tener siempre consigo hacia un más allá, mar adentro, más afuera, para buscar nuevas perspectivas y soluciones a los problemas que le acuciaban.

Y nos recordó al héroe civilizador, al héroe ocultado e incomprendido, a quien el Archipiélago debía la forja de la sociedad histórica de la que hoy los canarios de las siete islas somos sus legítimos herederos y trasmisores, gracias a una política auténticamente excepcional. Este hombre que fue rey de una de las islas, concretamente de Gran Canaria, se convirtió en caudillo natural con su compañía de canarios en otras islas. Fue a La Palma y posteriormente a Tenerife, constituyendo el núcleo, el corazón, de esa canariedad de la que hoy tanto se habla y tan poco se hace por ella.

"Este rey indígena junto con Juan de Frías es el exponente más moderno y adelantado de la doctrina de Guillermo de Ockan de la Societas Humana, de la paz, de negociar la desventaja, del lenguaje político y diplomático". Frente a la resistencia romántica y bonita de los "Bentejuis" que pretendían salvar el suelo, la tierra y el solar, él lo que pretendió salvar fue al pueblo, la gente, los hijos, los hombres. Y por eso se negocia lo que haya que negociar. La vida es lo que es innegociable. El suelo se puede perder, se puede vender o se puede ganar, la vida no.

Este héroe fue hasta las cortes de Aragón, en el mismo momento en que los reyes más poderosos de la cristiandad estaban haciendo jurar a todos los prelados, ricos homes y comendadores la descendencia legítima del príncipe Juan. Y allí pactó el derecho de libertad de los canarios en un acto que se recoge en un documento que en este día de Canarias cumple 527 años; este es el primer testimonio, y no lo digo yo, lo dijo Wölfell y lo repitió Celso, en el que consta que un reino indígena, el reino de Canaria, negoció por primera vez un tratado internacional con una monarquía europea. Fue un 30 de mayo de 1481, y son las coincidencias históricas, pero rememorando sus palabras, es preferible acertar por coincidencia que no acertar nunca. A partir de aquel momento Canarias, la Comunidad Histórica de Canarias, se incorporó por la puerta grande a la Historia Universal.

Estoy seguro que a Celso Martín de Guzmán le habría gustado escuchar su discurso sobre la importancia de aquel tratado y su protagonista, Tenesor Semidán o Fernando Guanarteme, puestas en mi voz. Lo sé porque éramos amigos y nos debíamos recíproca complicidad. Pero hoy además le recuerdo por el gran amor que sentía por la profesión que desempeñaba con esmero, por la pasión que experimentaba por la Cueva Pintada, casi una verdadera obsesión, así como por su visión global de las cosas del mundo y por mantener frente a criterios adversos una vocación absoluta.

Celso se entregó de lleno a la Cueva. En el año 1989 redactó el anteproyecto del Parque Arqueológico, seguido en 1991 de la elaboración del Plan Espacial, y en 1992 culminó con Javier Feduchi Benlliure el proyecto del Parque Arqueológico de la Cueva Pintada. Es cierto que Celso priorizó la Cueva frente a otros proyectos y yacimientos arqueológicos, lo que le convirtió en un personaje polémico entre sus compañeros de profesión. José Antonio García Déniz, el consejero que lo nombró, primero asesor y luego director general, sabe cómo se debatía entre turbulencias académicas por los 60.000 euros destinados a la Cueva, que se presupuestaron en dos años, y los problemas que había para poder gastarlos, ya que los trabajos iban muy lentos y existía una gran complejidad en los mismos. Entonces todo estaba por hacer y Celso asumía las penurias económicas con resignación. Algunos se quejaban de que aquel presupuesto era excesivo entonces, pero el tiempo volvió a demostrar que no era tanto como se decía y que el proyecto merecía el esfuerzo de las instituciones nacional y autonómica que lo hicieron posible. Celso pudo llevar a cabo sus planes apostando por ellos con decisión y contando siempre con el apoyo de la institución a la que servía. Esta fue una gestión histórica para Celso, que había germinado como idea unos años antes. Ahora evoco al investigador ansioso e ilusionado, metido en aquella tarea de interesar y convencer a los responsables de entonces de que dieran prioridad a su proyecto. Estábamos a principios del año 1986, cuando se puso en marcha el asunto de la Cueva y Solana desempeñaba el cargo de Ministro de Cultura y Felipe Pérez Moreno el de Consejero de Cultura del Gobierno Autónomo. Ambos tuvieron una intervención determinante y concluyente en la gestión del asunto y es grato y obligado reconocerlo hoy aquí.

Pero no todos los proyectos de Celso tuvieron el final feliz de la Cueva Pintada. Recuerdo su frustración por no poder ver realizado uno de los trabajos que le llevó más tiempo y dedicación. Se trataba de la elaboración del Libro Blanco del Patrimonio Histórico de Canarias, que había trabajado con cariño y esmero junto al fotógrafo Tino Armas. Después de dos años de trabajo y cuando estaba la edición ultimada y preparada para salir a la luz, en imprenta, el nuevo gobierno decidió que durmiera el sueño de los justos, hasta el día de hoy. Y hoy como ayer creo que aquella fue una decisión tan injusta como errónea que nunca debió producirse.

No quiero acabar esta breve semblanza de Celso sin referirme a una de las mejores lecciones que nos ha legado, por la que le podemos recordar y aprender, pues para él la arqueología canaria debía estar por encima de las coyunturas políticas y los voluntarismos y regida por su misma categoría de bien social, delegado, más allá de la generación viva. "Pues es una obligación, y una carga añadida, el imperativo moral de estudiarla con rigor, conservarla con decisión y disfrutarla con fruición".

Jerónimo Saavedra

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