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Humillar a Sadam Husein

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Ningún tribunal hubiera tenido agallas para dictar la sentencia de muerte y presumir de imparcialidad, salvo uno iraquí sometido a las órdenes del ejército de ocupación. Cambios de jueces según las circunstancias; imposibilidad para la defensa de presentar testigos; cuatro abogados asesinados; difusión televisiva manipulada a todas luces; negativa a llevar el juicio ante un tribunal internacional, dadas las denuncias de los organismos de derechos humanos sobre la absoluta dependencia de los jueces y las violaciones de las normas. Y así hasta el infinito. La penúltima prueba de la supeditación de estos cipayos a las órdenes de Bush, por si faltaba alguna, fue que Washington informó sobre la sentencia días antes de que el tribunal hiciera pública la decisión. La última payasada: el presidente Talabani tenía que firmar la sentencia para hacerla efectiva, pero como se negó por razones de principio, dicen, alguien cambió la norma sobre la marcha. Bastó la rúbrica de alguno de los dos vicepresidentes. Poner oídos de mercader ante la opinión pública mundial que reclama ahora la no aplicación de la pena de muerte forma parte, supongo, de una penosa prueba de fuerza. Estados Unidos quiere mostrar quién manda aquí y el destino que aguarda a quienes presentan resistencia a sus planes. Los rumores semioficiales apuntan al próximo día 2 de enero como fecha para el ahorcamiento en algún lugar bien custodiado y tras decretar el estado de emergencia en Bagdad. Conviene señalar algunos detalles más antes de llegar al día siniestro. ¿Por qué impidieron a Sadam Husein leer su respuesta escrita a la sentencia de muerte ante el tribunal el pasado 5 de noviembre, cuando el juez había comunicado que podía hacerlo? Hablaba de su “martirio” y la necesaria “unidad del pueblo iraquí”. Después añadió lo siguiente: “Pero ese tribunal y su titular no nos dieron la oportunidad de decir una palabra, emitieron su veredicto sin una explicación y leyeron la sentencia, impuesta por los invasores, sin presentar evidencias”. A la venganza le faltaba la humillación personal. Sadam Husein solicitó que si debía morir prefería el pelotón de fusilamiento a la horca, teniendo en cuenta su condición de militar. ¿Tampoco vale en la nueva legislación democrática iraquí el respeto a la última voluntad de quien va a ser ejecutado? Quienes iniciaron la agresión militar contra Irak, fundaron la prisión de Guantánamo e inventaron conceptos como el de “combatiente enemigo” (a quien no corresponde derecho alguno) carecen de aprecio por la larga carrera de la humanidad que lucha por establecer su dignidad. Nadie, ni razón de Estado alguna, pueden atribuirse el derecho de humillar a otro, ni siquiera en los casos de asesinos como George Walker Bush o Sadam Husein. El pueblo árabe jamás olvidará esta afrenta gratuita y cruel. La venganza tiene billete de vuelta. Bush sigue empeñado en el papel de bombero pirómano. Cada vez que toma una decisión multiplica el número de terroristas. La suerte prevista de Sadam Husein cosechará idénticas consecuencias.

Rafael Morales

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