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Empezaré diciendo que no se me ocurre nada peor que te acusen de algo que no es cierto, sobre todo porque en nuestra sociedad no impera el que uno es inocente hasta que se demuestre lo contrario. Puede que en el ámbito legal sí, pero en la sociedad de a pie, uno es culpable hasta que se demuestre lo contrario y, después, cuesta mucho volver a la normalidad. Por eso, siempre he defendido la presunción de inocencia como uno de los bienes del estado de derecho, frente a los atropellos que se cometen en los regímenes dictatoriales. Dicho esto, deberían ser mucho más cuidadosos cuando se nombra un concepto como el de la imagen, ignorado, despreciado y desvirtuado en un país como el nuestro. Si algo tienen que aprender buena parte de las empresas, los organismos públicos y una cantidad similar de profesionales es a cuidar su propia imagen. Se da por supuesto el desastre que está intrínsecamente unido a un centro oficial, dando con ello la impresión de que a nadie le importa lo que se piense de ellos. Las empresas públicas y privadas, sobre todo aquellas que han mantenido una situación de privilegio y/o monopolio, responden a las críticas con insultos o subiendo las tarifas. Les importa muy poco la imagen que el usuario tenga de ellas, olvidando que es ese mismo usuario quien se gasta sus dineros en ellas. En cuanto a los profesionales liberales y representantes públicos, el disparate abarca desde su nula capacidad para aparecer con una imagen acorde con su personalidad ante el público –piensen en las horribles corbatas que lucen buena parte de los cargos electos de nuestras islas, además, con un nudo pésimamente hecho- o sus gestos, totalmente fuera de tono por la falta de naturalidad que llevan aparejados. Sin embargo, yo voy más allá. Ahora, cuando las cosas y la ciega justicia parecen querer tomar cartas en el asunto ante sucesos que ya no se sostienen tras las bambalinas del poder, su único interés es salvar la cara, olvidando que la imagen que han prometido defender lleva, en entredicho, demasiados años. Hace unos días me desperté con la imagen de un señor portando una pancarta ante la sede de los juzgados de Santa Cruz de Tenerife. La mentada pancarta estaba motivada por el contencioso desarrollado entre los vecinos de algunas zonas de la capital tinerfeña, hartos de que una panda de descerebrados, borrachos y sin una brizna de civismo, les privara de su sagrado derecho a descansar por las noches. En un primer lugar lograron parar unas fiestas que hace tiempo perdieron su verdadero sentido. Pero al final, el tribunal decidió suspender el auto de suspensión del carnaval, dado que ya se había fallado en contra el año anterior. Volviendo al mentado señor, su pancarta decía, textualmente Srs. Demandantes, si no les gusta el carnaval de Santa Cruz de Tenerife ¡Jódanse! Dicha lapidaria frase, digna del apóstol Santiago, estaba escrita en dos idiomas más –inglés y francés- además del español. Con tal iniciativa el señor, además de demostrar su catadura moral, dejaba claro que cuantos más habitantes del planeta se enteraran de su proclama, mejor para él. Como anécdota puede tener su gracia, pero ahora ¿alguien me podría explicar que bien le aporta tal imagen, en una época en las que ya no existen las barreras físicas –vivo a más de 5.000 kilómetros de las islas y he visto la foto- a la isla de Tenerife? Quien la pueda leer le quedará muy claro que una fiesta está por encima del derecho a una persona a descansar después de una jornada de trabajo. Sé que somos el país de las fiestas, los puentes y las argollas –mejor de charanga y pandereta, tal y como decía Antonio Machado- pero en el resto del mundo, las cosas no funcionan así. Un turista disfruta una semana del desmadre insular, pero después está deseando volver a su ordenada vida antes que depender de los caprichos de quienes piensan que su diversión está por encima de los demás. Lo mejor es que nadie piensa que eso le supondrá mala imagen al archipiélago. Como tampoco piensan que da mala imagen anunciar una determinada playa utilizando una foto de otra, totalmente distinta –y no me vengan con que eso es un invento, yo he sido testigo de ver carteles con imágenes de Fuerteventura anunciado playas de otras islas-. De igual maneras, qué se puede esperar de quienes ofrecen una oferta de calidad, turísticamente hablando, y llevan décadas sin cambiar los enseres de los apartamentos que regentan, llenos de vajillas incompletas, muebles en mal estado y saneamientos que recuerdan a los que se usaban en la Edad Media. Eso no da mala imagen. Seguro que no. Y por seguir en la línea turística, qué bien le aporta a nuestra comunidad que en una terraza, de la zona sur de cualquiera de nuestras islas, entiendan que se pueden cobrar tres o cuatro euros por un simple café. Claro, como todos los turistas son ricos, estúpidos y no se enteran de nada… Después se quejan de que otros destinos nos están “robando” el turismo. Ahí es nada. Está claro que uno sólo se acuerda de Santa Bárbara cuando truena. De todas maneras, y terminando donde empecé, ¿no les resulta curioso que se mente el tema de la imagen y el daño que se le puede hacer, justo cuando las cosas les van mal? ¿No sería más lógico cuidarla durante todo el tiempo y evitar, así, sofocos de última hora? ¿Ustedes qué piensan?

Eduardo Serradilla Sanchis

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