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Industria cinematográfica

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Hoy, y tal vez ahí esté el gran problema, no somos público, no somos espectadores ni televidentes. Ni siquiera lectores. Somos, básicamente, consumidores. Y ya sabemos todos cómo funciona el consumo. Son cosas de la globalización. Si bien la conversión del mundo en una aldea global tiene enormes ventajas, enormes no dejan de ser también los inconvenientes que genera, porque en la lucha por llegar a todos sitios gana el que más recursos tenga. La Industria del Cine Español, que es como hay que llamarla, no puede competir contra la Industria del Cine Norteamericano. Así de claro. Es como intentar que el Telepaella le haga la competencia a McDonald's. No se puede competir. Lo que hace décadas podía denominarse cultura se nos ha convertido en los últimos tiempos en Industria Cultural, en donde por encima de la calidad, el rigor o la valía está el beneficio económico de las empresas que lanzan un producto. Hoy no se publica un libro, o raramente se hace, si no hay certezas de que vaya a venderse con alegría. Con los discos pasa igual. Y una política como esta va dejando por el camino a multitud de artistas que ven cómo las puertas están cerradas a cal y canto con un candado hecho de euros que no se puede abrir de ninguna manera, salvo que se pelotee, se medre y se hagan favores que al final le permitan a uno entrar en el mundillo.

Pero hay otro factor que está dejando las salas de los multicines peladas como gatos. Hace diez o doce años costaba ver una película entre doscientas y cuatrocientas pesetas. Ayer, sin ir más lejos, pagué 6'90 euros por una entrada, pero me consta que en las grandes capitales españolas el precio es todavía superior, en torno a los 10 euros. Es absolutamente abusivo, y si lo es para un trabajador medio, qué será para los estudiantes universitarios, para los adolescentes o para los mileuristas. El cine tiene una ventaja sobre otros productos culturales. Aunque puedas descargar una película, nunca la verás igual en tu casa que a oscuras en una enorme pantalla, absorto por el sonido y por la imagen. Lamentablemente, muchas personas deben en estos tiempos de crisis pensar fríamente qué película van a ver, puesto que ya no se va al cine porque esté lloviendo, haga frío para estar por ahí en la calle o porque en esta maldita tarde de domingo no se tenga nada que hacer. Vas si te interesa una cinta en concreto. Es demasiado caro. Y no digamos si vas con familia. Eso de ir al cine dos veces por semana ya no es viable.

Si Hollywood está en todas las salas porque tiene más recursos que nadie, por qué no contraatacar con una estrategia de mercado más competitiva. Si la última película de Clint Eastwood (estupenda, valió la pena pagar la entrada) ronda los siete euros, pongan la de Mario Casas a cuatro (parece que es el único actor español que está actualmente trabajando) y aprovechen el tirón del producto nacional. Sería una manera muy sana de reducir el número de descargas, mucho más efectiva que la Ley Sinde, porque el ciudadano de a pie quiere ir al cine, le gusta el cine. Si no, basta mirar las estadísticas. Hace años las entradas valían menos de la mitad y se recaudaba el doble.

José María García Linares

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