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Influencias en el Consistorio

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Sin embargo, al encender el ordenador y ver la primera página de este periódico, mis intenciones cambiaron, amén de arruinarme el ánimo para el resto del día. Cierto es que mi abuela siempre me decía que la ignorancia es muy atrevida, por lo que noticia del cierre de una guardería por causas más que cuestionables, no debería afectarme demasiado. Lo que ocurre es que, cuando a la ignorancia se unen la cerrazón y la prepotencia que tanto daño le hacen a nuestra sociedad, a uno se le quitan las ganas de muchas cosas. Empezaré diciendo que, por mucho que nos empeñemos –algunos, por lo menos- hay cosas en nuestra sociedad que todavía no han cambiado. Y una de ellas es una administración caduca, anquilosada en el pasado y poblada de elementos que mejor se quedaran en su casa. Todo ello sigue propiciando que, si necesitas solucionar un documento, agilizar una tramitación o, simplemente, lograr una firma, debes conocer a muchas personas con influencias. Sé que hay que tener amigos hasta en el infierno, o mejor en un centro oficial, que el infierno no es lo que solía ser. Muy distinto es que, cada cual ''haga de su capa un sayo'' y se crea con el derecho, porque conoce a una determinada persona, de torcer la ley a su antojo. De otra manera no se explica la actitud de unas personas que, a pesar de contar con una formación superior, se comportan como si el mundo debiera girar a su alrededor, sin tener en cuenta los razonamientos de los demás. No me olvido que de todavía hay zonas, tales como el lugar donde estalló la polémica, que continúan siendo reducto de quienes miran con recelo la popularización de nuestra sociedad. Antes, aquel lugar no estaba abierto a cualquiera. No sólo se trataba de tener dinero, sino apellido y pedigrí. Hoy día, muchas de aquellas casas señoriales han terminado convirtiéndose en despachos y, por su privilegiada zona, en centros donde cuidar y enseñar a los más pequeños. Mi primo asistió a una de dichas guarderías antes de pasar al que sería su colegio. No sé lo que les parecerá pero para mí no hay mejor sonido que el escuchar a un montón de infantes, jugando, cantando o simplemente, disfrutando de su aprendizaje al aire libre. Distinto sería que se tratara de colegio de niños mucho mayores. Pero tratándose de niños en edades comprendidas entre los 12 y los 36 meses, no existe mejor sonido en el mundo. Está claro que, tras leer la noticia, muchos no piensan así y que lo que les importa es salirse con la suya, además de presumir de influencias. Después vienen las mismas peregrinas disculpas que se argumentan en estos casos: ''Que mi propiedad se verá afectada por la apertura de una guardería''; ''Mis amigos me dirán que cómo se me ocurre vivir al lado de un lugar lleno de niños, con la de enfermedades que transmiten''; ''Que la zona ya no es lo que era antaño''; ''Que se van a enterar de quién soy yo''. Después sólo queda movilizar a unos cuantos ciudadanos de bien, tan formados como la susodicha persona para que la, hasta entonces, anquilosada burocracia se ponga a funcionar como si se tratara de un motor de fórmula uno. Encima, la secuencia médico-abogado-político que ha dado con el cierre de la mencionada guardería responde a los requerimientos necesarios para este tipo de actuaciones. No conozco ni al médico que desató la ''caza de brujas'' contra la propietaria de la guardería, ni al fiscal que apoyó la iniciativa. De quien si tengo demasiadas referencias es del político –concejal del Ayuntamiento capitalino para señas-, y créanme si le digo que no lo tengo presente en mis oraciones. Más bien diría yo en mis pesadillas, sobre todo por su forma de comportarse, treinta años atrás. El resultado es que gracias a las influencias, coreadas a los cuatro vientos por el demandante, la guardería ha sufrido el acoso, durante los últimos cuatro meses, de una administración que no se significa por su diligencia y capacidad. Es más, se distingue por su nula capacidad de gestión y por infrautilizar sus recursos, en detrimento de la ciudadanía. ¿Cuántas casas están en mal estado y nadie quiere hacer nada? ¿Cuántas reformas no autorizadas se realizan en la ciudad y el Ayuntamiento y sus técnicos ni se dan por enterados? Comportamientos como estos me recuerdan a la anécdota que sucedió en la misma zona. Fue en la época de aquel esperpento que propició tres alcaldes para la ciudad de Las Palmas de Gran Canaria en una sola legislatura. Uno de ellos, vivía en la zona, la cual carecía de la adecuada iluminación. Era un problema que venía arrastrando de lejos y los responsables, como es habitual, no daban ninguna respuesta. Nada más llegar el mentado cargo electo, la calle pasó de ser un oscuro callejón a parecerse al escenario del Carnaval, de un día para otro. ¿Casualidad? ¿Poca vergüenza? Escojan. De todas maneras, en este caso, la administración ha logrado erradicar tan perniciosa guardería al lado de una propiedad cuyos propietarios descienden de la pata derecha del caballo de Cid y que han demostrado para lo que sirven influencias. Sus influencias sirven para derribar las esperanzas de futuro de quienes allí trabajaban. Sirven para que cincuenta familias tengan que buscar, de prisa y corriendo, un lugar donde dejar a sus hijos con el curso escolar a medias y con los trastornos que eso supone. Sirven para terminar con un aprendizaje que, aunque parezcan ignorarlo, cuesta mucho lograr. ¡Qué importan los sentimientos de unos niños pequeños, total, no se enteran de nada!, pensarán en su infinita ignorancia. Y sirven para que una persona como yo sienta náuseas de pertenecer a una sociedad donde, a unos cuantos, les importe más su beneficio personal que el futuro de las nuevas generaciones. Por suerte, siempre que pasan estas cosas me acuerdo de la frase de Groucho Marx en Una noche en la ópera, al requerimiento de un señor muy altanero que le suelta ¿Sabe usted quién soy yo? Ante tal pregunta, Groucho responde No me lo diga, no me lo diga, ¿animal o vegetal?

Eduardo Serradilla Sanchis

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