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La Inmaculada Concepción

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La Inmaculada Concepción adquirida hacia 1870 en el Hotel Drouot de París y expuesta en 1990 en la Galeria Picard-Tajan, figuró con prudencia como anónimo del entorno de Diego Velázquez. Se consideró como una interesante pintura, sin pensar que poco tiempo después daría pie a un cúmulo de controvertidas opiniones.

Tuve ocasión de ver su reproducción en color en el catálogo citado. La calidad podía presentirse a través de la misma, pero la acumulación de excrecencias y barnices oxidados difícilmente permitía su correcta valoración. No obstante era suficiente para suscitar su interés. Fue en 1994 cuando se expuso como obra de Velázquez en la Galería Sotheby´s de Londres. Avaló su atribución un estudio con referencias estilísticas, técnicas y radiográficas consistentes, a mi modo de ver. Se comparaba con la Inmaculada Concepción de la National Gallery de Londres, sobradamente conocida y fechada hacia 1619.

La Inmaculada que nos ocupa es también obra juvenil del artista. Las precisiones técnicas y estilísticas fueron acogidas por los especialistas españoles y extranjeros con distinto criterio.

Su exposición en la sede de Sotheby´s en Madrid antes de la subasta en 1994 nos brindó la posibilidad de conocer la pintura de forma directa. El juicio del profesor Pérez Sánchez fue negativo, considerándola obra juvenil de Alonso Cano, discípulo de Pacheco (1616) y condiscípulo de Velázquez, a quien debe algo el granadino de su formación estilística, y con quién mantuvo una fiel amistad a lo largo de toda su vida. Pérez Sánchez apuntó diferencias en el esquema de la silueta y la expresión, con el original de la National Gallery de Londres: "No veo motivos suficientes para aceptar la autoría de Alonso Cano".

Los plegados de las telas de Alonso Cano son angulosos y espaciados, distintos a los arrugados y ondulados de Velázquez que recuerda los de Fidias y Montañés. No encuentro el idealismo ensoñador de los rostros de Alonso Cano, ni la suave transición del modelado. La verticalidad es algo que Velázquez impone en todas sus obras. Esto lo acentúan fórmulas convencionales del grabado y la escultura. Este imperativo está en la médula de su estética: un equilibrio y aplomo de las formas. A pesar de la esencia divina, la imagen pesa y se aferra a la tierra, adherida la luna como una escultura. El dibujo de la luna es similar a las Inmaculadas de Pacheco. Alonso Cano prefiere espacios etéreos de luz, con reflejos efectistas en la cabeza y compañía de angelitos como Murillo. El amarillo saturado del fondo es igual en las dos Inmaculadas.

El cotejo de la radiografía de este lienzo con la de la Adoración de los Reyes revela la misma impronta caligrafía y distribución de sombras y luces. Hay arrepentimientos visibles en las placas de rayos X y utilización del mismo material en los contornos de la luna, horizonte y cabeza de la Virgen. Idéntico proceder repite en la Adoración de los Reyes y retratos de Sor Jerónima de la Fuente del período sevillano. Recientemente he visto el reconocimiento de la Inmaculada como Velázquez en la monografía de Maurizio Marini.

(*) Matías Díaz Padrón (El Hierro, 1935) es conservador del Museo del Prado y Premio Canarias 2008 de Investigación y Patrimonio Histórico.

Matías Díaz Padrón (*)

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