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Inolvidable Suárez, inolvidable gesta por Lorenzo Olarte Cullen (*)

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A través de múltiples cadenas televisivas penetró en nuestros hogares aquella inconfundible voz de Adolfo, el Adolfo de los primeros años y el de su decrepitud, provisto siempre de un talante irrepetible en parangón con recia personalidad. Inevitablemente todo ello tenía que traer a mi mente viejos recuerdos. Recuerdos imborrables del personaje mas relevante con que contó la Transición española. Una transición que se produciría desde las sombras de la Dictadura franquista a la luminosidad de la nueva España actual, a partir de aquel día, inolvidable para mi también, como para tantos españoles, en que las Cortes Españolas aprobaron el Proyecto de Ley para la Reforma Política. Histórica tarde aquella, en la que los procuradores franquistas, haciéndose el harakiri, pusieron formalmente término al pasado posibilitando de tal suerte que renaciera una nueva España, una España demócrata, en plenitud de juventud y libertad. Al igual que quienes la habitábamos, que de súbditos que habíamos sido hasta entonces, empezábamos a sentirnos ciudadanos, que es lo que hoy somos. Que no es poco... Para que ello sucediera fue precisa la generosidad de todos. Se dejaron a un lado rencores, unos más justificados que otros, olvidando deliberadamente tristes episodios y cruentas acciones acaecidas durante una guerra civil que produjo nada menos que medio millón de muertos tras una confrontación bélica fratricida que había tenido lugar en un país, como el nuestro, cuya demografía raspaba una cifra de tan solo 25 millones de habitantes. A S.M. el Rey Don Juan Carlos I compete la decisión tomada de pulsar aquel botón que pondría en marcha el mecanismo de la transición cuando para dirigir la delicada gobernabilidad del Estado designó a Adolfo Suárez, eligiéndolo de entre los que integraban la terna que al efecto le fue presentada por Torcuato Fernández Miranda. Preceptor que había sido del Rey y hombre ejemplar cuyo nombre ha sido injustamente silenciado a lo largo de estos años como uno de los artífices de la Reforma Política. Siempre recordaré su certera actuación presidencial durante la celebración de aquel Pleno antes referido, cuando numerosos Procuradores en Cortes alzaron sus voces en mi contra, protestando por un atrevimiento juvenil: utilizar simplemente el vocablo "democracia". Así estaban de difíciles las cosas. Al igual que es preciso recordar el trabajo, callado y silencioso, como es su talante, de José Manuel Otero Novas, conseguidor de numerosas adhesiones fundamentales de relevantes personalidades franquistas cuyo apoyo a aquel proyecto de Ley era absolutamente imprescindible para iniciar la ilusionante Reforma. Gestiones, las de Otero, de las que en buena parte fui testigo directísimo y gracias a las cuales –quiero insistir en ello- resultó aprobado tal Proyecto de Ley en el que tuve el alto honor de ser ponente. Nunca pagaré tanto a Suárez como a Fernández Miranda la confianza con que me distinguieron, previo conocimiento por parte de S.M. el Rey de tal decisión. Don Juan Carlos señaló a Suárez. Fue una decisión verdaderamente trascendental. Pero Adolfo en honor a la verdad fue el gran artífice de la gesta. Gesta compartida por muchos, sí, pero dirigida por el duque. Hoy, un tanto tardíamente, por tanto, le ha sido otorgado, en un acto que también honra a quien lo decidió, el Toisón de Oro. Porque Adolfo Suárez, sin la menor duda, en un reparto pluripersonal, fue el autor principal de lo que parecía un milagro. Sí. Un verdadero milagro. He dicho en alguna ocasión que Padre Dios encomendó a un grupo de mortales que bajo la dirección de Adolfo hicieran, por delegación divina, el milagro de la Transición. Y se hizo la Transición. ¿Cree usted, amable lector, que con lo que hoy se despacha en botica los líderes de la España actual en presencia serían capaces de repetir aquella obra? ¿Verdad que el propio Señor hoy tendría que bajar personalmente a la tierra para hacerlo? Adolfo, obviamente, supo presidir y presidió magistralmente, con autoridad e irrepetible talante, los trabajos que culminaron en los Pactos de la Moncloa, tan fundamentales para el progreso social, político y económico de España. Quienes allí se sentaron, en torno a una mesa integrada por personajes variopintos, jamás se descalificaron entre si. Jamás se ofendieron unos a otros ni en público ni en privado. Ni filtraron al exterior agriamente, como hoy ocurre, sus críticas o discrepancias, que haberlas las había, lógicamente. De suerte que en cualquier sesión el diálogo sincero, abierto y leal constituía constructiva continuación de la sesión precedente. Porque no en balde allí se reunieron personajes entrañables de la España franquista, reformista y rupturista, bajo el denominador común de su coincidencia en relación con el objetivo por todos pretendido: nada más y nada menos que la consecución de la Democracia. Estos días, lógicamente, se ha recordado también aquel 23 de febrero de 1981 en que, después de que el golpista Tejero secuestrara la voluntad popular, el General Gutiérrez Mellado, en un alarde de valor castrense forcejeó aquel para evitar ser derribado. Santiago Carrillo, con quien las cámaras cometieron la injusticia mecánica de no estarle enfocando cuando Tejero penetró en el hemiciclo, tampoco se tiró al suelo pese a la conminación de éste adornada con la música macabra del tiroteo. Los demás, todos, nos fuimos al suelo. Porque no había subsuelo. Salvo Suárez, cuya gallardía brilló con luz propia al permanecer impertérrito, sentado en su escaño mientras quien le habría de suceder en el cargo y cuya investidura se estaba votando, mordía, como uno más, el polvo de la moqueta. Suárez incluso abandonó su escaño para ayudar a Gutiérrez Mellado, cuando era zarandeado. Y recordaba, mientras tanto, en unos segundos, con voz alta y firme, que "seguía siendo el Presidente del Gobierno constitucional de España". Cosa que reiteraría minutos después, cuando fuera del hemiciclo, aislado de todos y custodiado por dos guardias civiles en una dependencia del Palacio del Congreso, al entrar Tejero en tal recinto poniéndole su pistolón en la sien, no sólo no se amilanó sino que ordenó al golpista que se cuadrara: "¡Cuádrese! –le dijo- ¡Soy el Presidente del Gobierno Español!" Nosotros, los suaristas, en las Elecciones que se producirían mas tarde, ya dentro del CDS, después del abandono por parte de Adolfo, debido las puñaladas traperas recibidas de sus propios compañeros, del proyecto político de la UCD que amorosamente creara, no podíamos recordar al electorado su gesto y su gesta. El propio presidente nos lo había prohibido expresamente y con la mayor energía. Nos estaba vedado mencionar en los mítines su nombre y su gallardía durante aquel 23-F, pese a constituir positiva valoración por parte de un pueblo, como el nuestro, que tanto valora las hombradas. "¡Aquella fue una fecha para olvidar", nos decía siempre. "Para avergonzarnos". "No toleraré la pretensión de obtener un solo voto, por mucho que lo necesitemos, merced al recuerdo de algo que debe avergonzar a toda España!". Ese era Suárez... Hoy, irreversiblemente ausente de todo y de todos por una cruel enfermedad, como es de todos conocido, acaso tenga la fortuna de no darse cuenta de lo que ocurre en esa España que tanto amó. Acaso deba entenderse como una bendición de Dios. Hasta ahora no había pensado en ello. Porque a la vista de la cruenta división producida y existente en su España y de lo que viene ocurriendo en el país, tengo muchas dudas... Lo cierto es que no debiera haber un solo pueblo en todo el Estado donde no existiera un mínimo recuerdo de la gesta de Suárez, con su efigie o un par de frases debidamente esculpidas que sirvieran para recordar permanentemente a esta España tan olvidadiza e ingrata, lo que significó Adolfo y la Transición que dirigió. Pero este país es así. Y hay que aceptar las cosas como son. Un proverbio chino asegura que las cosas mas importantes del mundo muchas veces no pueden comprarse con el vil metal por elevada que sea su cuantía. Con el dinero se puede comprar incluso una posición social –expresa el proverbio asiático- pero no el respeto. Por eso mismo hoy, en el 30 aniversario de la feliz conmemoración, puedo afirmar que en España no hay dinero suficiente para poder comprar un respeto como el que Adolfo Suárez González, que ya está en la Historia, se ganó a pulso y por méritos propios. Un respeto y una gratitud que por supuesto merece le sea tributado permanentemente por parte de ese mundo civilizado en el que nos integramos los demócratas de verdad. Así de claro. Lorenzo Olarte Cullén fue ponente de la Ley para la Reforma Política y Consejero del Presidente Suárez durante la Transición.

Lorenzo Olarte Cullen (*)

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