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Maestro del consenso

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La palabra maestro encierra en su significado más que instructor, más que profesor. No es sólo el que transmite unos conocimientos sino el que demuestra ser ejemplar en su manera de ser, estar y comportarse en la vida con una ética profesional y humana que trasciende más allá de él mismo. No es meramente un instructor que se limita a enseñar una disciplina, es alguien que influye en la actitud ante la vida de aquellos a los que aconseja, guía y dirige.

Juan Carlos Alemán lo era. De profesión y de alma. Lo sabemos quienes hemos compartido junto a él los últimos 30 años de la historia de Canarias. Da igual en qué lado de la trinchera uno se encontrara, se sabía siempre que Alemán estaría ahí para escuchar, teniendo a mano un consejo, un análisis, una transmisión de ideas que compartir para que las piezas del complicado puzzle que es el Archipiélago pudieran encajar.

Un demócrata convencido que sabía que solo se puede avanzar con diálogo para poder sumar, nunca restar. Respetaba tanto a sus amigos como a sus adversarios más que a sí mismo y por ello nunca ningún puente quedó totalmente roto cuando los mismos parecían haberse derrumbado. 

Una persona que conocía y practicaba que nadie es nada por sí solo. Que para transitar por la vida y la política hay que saber rodearse de buenos compañeros de viaje y óptimos equipos, que el todo es mucho más importante que solo una parte y que cuando toca dar un paso al lado por el bien común (o por el partido), hay que hacerlo con serena lealtad, sin pensar en 'vendettas' mezquinas y ayudando a empujar el carro en vez de poner palos en los ejes de las ruedas que lo sustentan.

Quizás por eso nunca el PSOE (el de Tenerife y el de Canarias) estuvo tan unido y fue una máquina tan eficaz como cuando este maestro del consenso tuvo sus riendas.

Como en un ajedrez, confeccionaba en su mente todas las jugadas posibles, para siempre tener una alternativa rápida a cualquier movimiento que se hiciera en el tablero porque consideraba que perder el tiempo era un lujo que Canarias no se podía permitir

Pese a sus grises, que todo ser humano lleva en sus alforjas, sus luces brillan más. 

Hasta el último de sus días, este maestro estuvo operativo. Y se hace difícil ser consciente de que ha emprendido un viaje en el cual ya no se le podrá contactar.

El consuelo para los que quedamos es que el alumno puede perder de vista a su maestro, pero nunca olvidarlo.

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